¿Cuándo fue la última vez que te quedaste ensimismado? Ese momento en que te descubres mirando al techo o por la ventana, desconectado, con la mirada clavada en un punto fijo. Como perdido en el infinito.
Pasa mucho: después de un rato intenso de estudio o trabajo, cuando el cerebro ya no da para más, levantas la vista y te vas mentalmente a otro lugar. Piensas en el próximo plan con amigos, en algo que te preocupa, en una idea que acaba de aparecer de la nada. El cuerpo sigue aquí, pero la cabeza ya se ha ido lejos.
Vivimos rodeados de esas miradas perdidas. Miramos… pero sin mirar realmente, porque por dentro estamos en otra parte. Y, sin embargo, nuestros ojos interiores sí están puestos en algo. La pregunta es: ¿somos conscientes de qué ocupa nuestra atención en esos momentos?
A veces nos quedamos ensimismados porque estamos demasiado pendientes de lo que otros piensan de nosotros. O porque nos da vértigo enfrentarnos a lo que tenemos delante. Otras veces es el agobio, la inseguridad o el miedo: si lo estaré haciendo bien, si esa persona se acordará de mí, si voy tarde en la vida. También puede ser simple aburrimiento, esa necesidad de escapar mentalmente hacia algo más estimulante. Entonces merece la pena preguntarse: ¿qué es lo que me lleva a desconectarme?
A los apóstoles, según cuenta el libro de los Hechos, lo que les dejó «mirando atentamente al cielo» fue la ascensión de Jesús. Y no era para menos. Después de todo lo vivido —la cruz, la resurrección, las dudas, la fe tambaleante— vuelven a encontrarse con él. Jesús les habla por última vez y les lanza una misión inmensa: ser sus testigos «hasta los confines de la tierra».
Y justo cuando todavía están intentando procesar esas palabras, Jesús asciende y «una nube lo ocultó a sus ojos». Los discípulos se quedan en shock, mirando al cielo, intentando entender qué acaba de pasar. Hasta que aparecen dos ángeles y les despiertan de ese desconcierto: «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?».
Porque la Ascensión no es un final. Es un envío.
Quizá Pedro y los demás sintieron que Jesús los dejaba solos otra vez. Pero en realidad estaba comenzando algo nuevo. Y ese envío también es para ti y para mí.
Es como si Jesús hoy nos dijera: deja de quedarte atrapado en tu cabeza. Baja la mirada a tu realidad. A lo concreto. A lo que tienes delante ahora mismo: esa asignatura complicada, esa conversación pendiente, ese compromiso que te cuesta sostener, esa persona que necesita atención.
«¿Qué haces mirando al cielo?». Es una pregunta muy actual. Porque muchas veces vivimos distraídos pensando en “lo mío”, mientras se nos escapa el presente. Y es precisamente ahí, en lo ordinario, donde Dios nos espera.
San Josemaría lo resumía de forma muy sencilla en Camino: «¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces».
Eso hicieron los apóstoles. Después de aquella sacudida, dejaron de quedarse quietos mirando al cielo y se pusieron en marcha. Durante la Pascua leemos en Misa cómo Pedro, Pablo y los primeros cristianos comenzaron a transformar el mundo desde lo cotidiano, sin aplazar la llamada de Dios.
La Ascensión inaugura precisamente eso: una Iglesia que no vive paralizada, sino enviada.
Y entonces surge una pregunta importante: ¿en qué necesito ponerme yo en marcha? ¿Qué llevo demasiado tiempo retrasando?
Una pista concreta: tus responsabilidades de hoy. Lo que sabes, en el fondo, que Dios te pide. Como hijo, amigo, estudiante, trabajador, novio, hermano. Y sí, quizá la palabra “obligación” suena poco inspiradora. Pero la santidad casi siempre empieza ahí: en vivir bien el presente.
San Josemaría lo decía con fuerza: «¡No me seas comodón! No esperes el año nuevo para tomar resoluciones: todos los días son buenos para las decisiones buenas. «Hodie, nunc!» —¡Hoy, ahora!».
Porque quien siempre espera “el momento perfecto”, normalmente no empieza nunca.
Y quien dice “año nuevo”, puede decir también: mañana, el lunes, después de exámenes, cuando tenga más ganas, cuando esté mejor. Pero Dios pasa por el ahora.
La Virgen es el mejor ejemplo. Después del anuncio del ángel, podría haberse quedado paralizada pensando en todo lo que se le venía encima: cómo explicárselo a José, cómo prepararlo todo, cómo cambiaría su vida. Pero el Evangelio dice algo muy distinto: «María se levantó y marchó deprisa».
Ahí está la clave.
No quedarse atrapado en pensamientos eternos. No vivir suspendido en la nube. No mirar al cielo indefinidamente.
Alzar la mirada al cielo, pero no para quedarnos embobados, sino para bajarla a la tierra transformada. Y así, abrazar la realidad. Y actuar.
«Alzar la mirada con Jesús» es una serie de cinco capítulos. Cada viernes, un texto nuevo para acompañar tu oración.
