- Aceptar la invitación del Señor.
«EL REINO de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas, pero estos no querían acudir» (Mt 22,2-3). Con esta parábola, Jesús evoca la historia de la salvación: Dios había preparado su alianza en primer lugar para Israel y le había enviado repetidamente a los profetas, pero esa invitación encontró muchas veces indiferencia o rechazo. Sin embargo, el banquete no queda vacío: el Señor abre sus puertas a todos los pueblos. Y también hoy, al cabo de veinte siglos, Dios sigue llamándonos para que participemos en las bodas de su Hijo con la humanidad entera.
El Señor nos busca para hacernos partícipes de la alegría de vivir en comunión con él. No obstante, como les sucede a los invitados de la parábola, también nosotros podemos quedar absorbidos por nuestras ocupaciones, preocupaciones o proyectos. No necesariamente porque queramos rechazar a Dios, sino porque a veces vivimos tan inmersos en nuestras obligaciones que no contemplamos que nada interrumpa lo que teníamos previsto. Y quizá pensamos que más adelante ya llegarán momentos más tranquilos. Como consecuencia, «a menudo percibimos que el hecho de hacer demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia»[1].
Esa inquietud revela que nuestro corazón no se conforma con cualquier cosa. Su destino más profundo no está en la acumulación de bienes, tareas o actividades más o menos relevantes, sino en el amor de Dios. Y ese amor no nos aparta de la vida concreta: nos enseña a reconocer al Señor en las personas que pone a nuestro lado. «Este tesoro –comenta León XIV– solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección»[2]. Cuando en el día a día nos detenemos y servimos a las personas que están a nuestro alrededor, estamos aceptando la invitación del Señor a participar de su banquete.
«LA SALA del banquete se llenó de comensales» (Mt 22,10). Con frecuencia, en la Sagrada Escritura, el don de la vida eterna se expresa con la imagen de un banquete. No es una comparación casual: parte de una experiencia profundamente humana, la alegría de sentarse a la mesa con otros, para hablar de la comunión con Dios y con nuestros hermanos en el cielo. Comer no es solo satisfacer una necesidad biológica. En todas las culturas, compartir los alimentos posee una riqueza que va mucho más allá de la simple subsistencia: los alimentos son dones de Dios, reflejo de su sabiduría y de su bondad; preparar una mesa con cuidado manifiesta un cariño lleno de delicadeza hacia los demás; y compartir la comida y la conversación es signo de acogida y de comunión.
Los tiempos que pasamos con otras personas pueden convertirse en algo más que momentos transcurridos en común: pueden ser ocasiones reales de comunión. A veces bastará con estar atentos a lo que los demás puedan necesitar, escuchar sin prisa, sacar un tema que ayude a todos a participar o incorporar con naturalidad a quien ha quedado más al margen. Son gestos sencillos, casi imperceptibles, que permiten que una comida o un rato entre amigos se conviertan en un espacio donde cada uno se siente acogido, como un pequeño anticipo de la felicidad que nos espera en el cielo.
«La fraternidad no es un hermoso sueño imposible, no es un deseo de unos pocos ilusos (…). La palabra ‘hermano’ deriva de una raíz muy antigua, que significa cuidar, preocuparse, apoyar y sustentar. Aplicada a cada persona humana se convierte en un llamamiento, una invitación»[3]. La comunión con el Señor y con los demás será perfecta en el cielo. Hasta entonces, es un don que ya podemos pregustar y, al mismo tiempo, una tarea confiada a cada uno de nosotros: con su luz y su fuerza, Jesús nos ayuda a ser cada vez más capaces de construir vínculos auténticos con las personas que nos rodean.
«CUANDO el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”» (Mt 26,11-12). Junto al del banquete, el Señor usa en esta parábola el símbolo del vestido. En las grandes fiestas, ayer como hoy, los invitados se presentaban con un traje de gala. En el Israel de los tiempos de Jesús, además, cuando llegaban a casa del anfitrión, les lavaban los pies, les perfumaban la cabeza con bálsamo y eran recibidos con un beso como saludo de bienvenida.
El rey había hecho convocar a todos, «malos y buenos» (Mt 26,10). La salvación no es elitista, no está reservada a unos pocos: «A todos llama el Señor, de todos espera amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión u oficio»[4]. Pero responder a la llamada de Dios significa dejarse transformar por la gracia. El Evangelio no es un parche cosido superficialmente sobre el traje de nuestro viejo vestido, sino que es una renovación profunda de todo nuestro ser. «No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría»[5].
El traje de fiesta, por tanto, expresa el deseo de entrar en el banquete de Dios con una vida renovada, dejando que su gracia transforme nuestros afectos y nuestras obras. Quien se viste para una boda reconoce la grandeza de lo que celebra; del mismo modo, quien entra en el banquete de Dios está llamado a revestirse de Cristo y de su modo de amar. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a acoger las invitaciones de su Hijo y a dejarnos transformar por él.
[1] León XIV, Audiencia, 17-XII-2025.
[2] Ibíd.
[3] León XIV, Audiencia, 12-XI-2025.
[4] San Josemaría, Carta 2, n. 2.
[5] Francisco, Ángelus, 11-X-2020.
