Con la expresión «contemplativos en medio del mundo», san Josemaría resumía uno de los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei, afirmando que el cristiano corriente, llamado a santificarse en medio del mundo, puede alcanzar la plenitud de la contemplación sin necesidad de apartarse de su condición secular, sino precisamente en y a través de las realidades temporales.
Esta doctrina no es fruto de una reflexión abstracta, sino consecuencia de algo que san Josemaría había encarnado en su propia existencia, como se lee en el Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes: «Los rasgos más característicos de su personalidad no hay que buscarlos tanto en sus egregias cualidades para la acción como en su vida de oración, y en la asidua experiencia unitiva que hizo verdaderamente de él un contemplativo itinerante» (CONGREGACION, 1990, p. 24).
San Josemaría proclamó abiertamente la contemplación en medio del mundo: «La contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas con conocimientos elementales de religión piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas, con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales» (citado en BELDA, 1998, p. 331).
Según san Josemaría, el cristiano corriente debe ser contemplativo precisamente –como ya decíamos– en y a través de su vida ordinaria, ya que la contemplación no se ha de limitar a unos momentos concretos durante el día: ratos dedicados expresamente a la oración personal y litúrgica, participación en la santa Misa, etc., sino que ha de abarcar toda la jornada, hasta llegar a ser una oración continua, donde el alma «se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas» (AD, 307). Por eso afirma: «Quisiera que hoy (...) nos persuadiésemos definitivamente de la necesidad de disponernos a ser almas contemplativas, en medio de la calle, del trabajo, con una conversación continua con nuestro Dios, que no debe decaer a lo largo del día. Si pretendemos seguir lealmente los pasos del Maestro, ése es el único camino» (AD, 238).
En su enseñanza, la posibilidad de alcanzar la plenitud de la contemplación en medio del mundo está unida a una realidad que constituye el núcleo de su mensaje espiritual: la santificación del trabajo y de las actividades ordinarias, pues la clave para ser contemplativos en medio del mundo consiste en transformar el trabajo en oración: «Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración» (S, 497); y también: «Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega un momento en que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia» (citado en RODRIGUEZ, 1986, p. 212). En estos textos se apunta la idea de que el trabajo puede transformarse no sólo en oración, sino además en oración contemplativa.
Afirma así san Josemaría que es posible alcanzar la contemplación «en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son –al contrario– vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios» (AD, 310). Es más, cuanto más inmerso esté un cristiano corriente en las realidades temporales, más hondamente ha de sentir la necesidad de crecer en presencia de Dios, pues de otro modo no podría santificar esas realidades. «Nuestra condición de hijos de Dios nos llevará –insisto– a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas –luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional–, haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios» (F, 740).
Siguiendo la tradición espiritual cristiana, considera que la contemplación consiste esencialmente en «un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio» (AD, 296), y a la vez enseña que Dios concede su gracia para que pueda alcanzarse también en una existencia secular y laical: «Nunca compartiré la opinión –aunque la respeto– de los que separan la oración de la vida activa, como si fueran incompatibles. Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura» (F, 738). El cristiano corriente puede reconocer a Dios en su trabajo cotidiano: «El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo» (ECP, 48). La actitud contemplativa está unida a una revalorización con sentido teologal de la actividad diaria: «Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (...). Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid –insisto– ese algo divino que en los detalles se encierra» (CONV, 114 y 121).
La enseñanza de san Josemaría puede sintetizarse con estas palabras: «“Contemplativos en medio del mundo”, unidos a Dios y reconociendo su realidad en y a través de las variadas ocupaciones y situaciones del mundo, éste es, en suma, el ideal que Mons. Escrivá propone como meta de la vida de oración» (ILLANES, «Iglesia en el mundo: la secularidad de los miembros del Opus Dei», en OIG, pp. 269-270). Con la expresión «contemplativos en medio del mundo», san Josemaría plantea a los cristianos corrientes que crezcan con su vida de oración, llegando a esa meta que es la contemplación. La segunda parte de la expresión, «en medio del mundo», debe, pues, entenderse en un pleno sentido teológico-espiritual, presuponiendo que el mundo es no sólo un ámbito sociológico, sino también el medio o instrumento para poder santificarse y alcanzar la plenitud de la comunión con Dios. En definitiva, la afirmación de la contemplación en medio del mundo lleva a sus últimas consecuencias la valoración, a la vez, de la oración contemplativa y de la vida secular que caracteriza la enseñanza de san Josemaría.
