Cincuenta y cinco enfermeras procedentes de Argentina, Austria, Brasil, Colombia, Congo, España, Italia, México, Portugal y Puerto Rico se reunieron durante cuatro días en las cercanías de Castel Gandolfo, a unos 25 kilómetros al sureste de Roma, para participar en el Workshop «Ser enfermera hoy»: un espacio de reflexión sobre el valor del cuidado, la dignidad de la persona y una profesión que une competencia científica, responsabilidad ética y pasión humana.
La iniciativa, promovida por la Fundación Oikia con el patrocinio de laFacultad de Filosofía de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, ofreció un itinerario de formación con expertos, directivas y enfermeras de asistencia directa, y abordó la identidad y responsabilidad profesional, el liderazgo, la humanización de la asistencia, la inteligencia artificial, la ética del cuidado, el bienestar de quienes cuidan, la conciliación entre trabajo y familia y la inteligencia emocional.

Un diálogo nacido de la experiencia internacional
«Todo comenzó con una conversación entre enfermeras de varios países sobre los sueños, los retos y las necesidades de nuestra profesión, también a la luz del espíritu del Opus Dei —explica Anna De Benedictis, PhD investigadora en Ciencias de la Enfermería de la Universidad Campus Bio-Medico de Roma y miembro del comité organizador—. Junto con Consuelo Diez, del Hospital Austral de Buenos Aires, redactamos el borrador de un proyecto muy sencillo que, en pocos meses, gracias a la ayuda de muchas personas, se hizo realidad. ¡Y la realidad ha superado nuestros sueños!».

Ser enfermera hoy, en Italia como en el Congo
La enfermería vive hoy profundos cambios: nuevas necesidades de salud, una población cada vez más envejecida, avances tecnológicos e inteligencia artificial. Más que preguntarse qué hace una enfermera, hay que entender en qué consiste realmente cuidar y qué necesita quien cuida para poder seguir haciéndolo bien.
«Ser enfermera hoy requiere estudio, competencia y actualización para responder a las nuevas necesidades de salud de la población,explica Anna De Benedictis. Al mismo tiempo, requiere equilibrio y un crecimiento integral en las virtudes humanas y personales, para encontrar siempre la fuerza de hacer lo que se hace con un sentido y una motivación renovados día a día. Creo que esto es posible gracias a la oración y al deseo de ver a Dios en todas las cosas y en todas las personas».
El encuentro permitió comparar realidades muy distintas, también en cuanto al reconocimiento de la profesión. «En el Congo la enfermería sigue teniendo poco prestigio —cuenta Candela Varela, enfermera del hospital Monkole de Kinshasa—. Por eso, en nuestra escuela cuidamos mucho la formación de las alumnas, para que crezcan como profesionales y como personas y puedan atender cada vez mejor a los pacientes.
He vivido cosas que me han marcado mucho. Ayudé a que dos niños congoleños muy graves viajaran a España para recibir tratamiento: uno se curó de un tumor y pudo volver a casa; el otro murió durante el viaje de vuelta. Pero lo más especial que me ha pasado fue cuando enfermé de malaria y fueron mis alumnas quienes me cuidaron. A veces, por el dolor, les pedía que no me tocaran, y ellas me decían: “Tú nos enseñaste a hacer esto. Déjanos cuidarte a ti”».

Inteligencia artificial y filosofía del cuidado
En una época marcada por el avance tecnológico es fundamental que el cuidado siga siendo auténticamente humano. Partiendo de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, el workshop reflexionó sobre cómo la IA está entrando en el trabajo clínico, poniendo en el centro la dignidad de la persona, la relación, la responsabilidad y el sentido del servicio en la profesión enfermera.
«La inteligencia artificial es una herramienta valiosa al servicio de las personas —subraya Anna De Benedictis—, pero solo es realmente útil si favorece el florecimiento de lo humano. ¿Puede sustituir a la enfermera? Absolutamente no: la enfermería es una profesión de cuidado y de relación. Un robot podrá realizar algunas prestaciones, pero nunca un verdadero trabajo de cuidado».
«Las enfermeras debemos seguir el ritmo de los tiempos y aprovechar al máximo las oportunidades que ofrece el progreso tecnológico», añade Giulia Piccoli.
La reflexión de fondo corrió a cargo de Elena Colombetti, catedrática de Ética de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, que se detuvo en la dimensión antropológica de la profesión: «El cuidado no es una condición excepcional del ser humano, sino que pertenece a su propia estructura. El modo en que el ser humano está en el mundo es el del cuidado: lo recibe y lo ofrece a los demás. Por eso las profesiones sanitarias se sitúan en el corazón de un rasgo constitutivo de las relaciones humanas. Y en el cuidado importa no solo el resultado, sino el propio proceso; si no, corremos el riesgo de perder de vista a la persona que tenemos delante, aquí y ahora».
Mons. Luis Romera, ex rector y catedrático de Metafísica de la misma universidad, partió de la experiencia sacerdotal de san Josemaría junto a los enfermos para mostrar la riqueza humana y espiritual de la profesión. Desde la unidad de vida, la magnanimidad y la formación continua, planteó que el compromiso profesional y la vida interior se alimentan mutuamente. Así, hasta los gestos más ordinarios de la asistencia adquieren un sentido más profundo: el cuidado de la persona se convierte en expresión concreta de una dedicación que une competencia y espíritu de servicio, acción y contemplación.

Conciliar vida profesional y familiar
Conciliar la vida familiar y la profesional es un gran reto para toda mujer, pero adquiere rasgos particulares en el caso de las enfermeras. La prof.ª Paola Binetti, catedrática de Historia de la Medicina y neuropsiquiatra infantil, lo explicó así: «La enfermera lleva consigo una riqueza de competencias y una especial sensibilidad hacia el cuidado, que la convierten a menudo en un punto de referencia también en su familia, sobre todo cuando alguien enferma. Esto la expone al riesgo de quedarse sin tiempo propio: el tiempo para sí misma acaba siendo tiempo a disposición de todos los demás.
A menudo el mundo exterior, aun mostrando estima y admiración por su trabajo, le pide una disponibilidad y una entrega de sí que van más allá de lo razonable. Debemos reconocer el valor de su trabajo, sin olvidar que es ante todo una persona, con derecho a cuidar su salud, cultivar sus intereses y dedicar tiempo a sí misma. Ser enfermera es una parte importantísima de su vida, pero no agota todo lo que es».
Un ejemplo concreto lo dio Giulia Piccoli: «Soy enfermera en una planta de hospitalización y madre de dos niños. Conciliar trabajo y familia, sobre todo con los turnos de noche, no es fácil. Cuando mis hijos están tristes porque tengo que ir al hospital, les explico que mamá va a cuidar de los enfermos. Una noche me llenó de alegría oír a mi hijo de cuatro años decirme: “Mamá, mientras tú estás en el trabajo, yo rezo por todos tus pacientes”. Un día, una paciente estaba muy desanimada y, para animarla, le dije: “Mi hijo está rezando por ti en casa”. Ser madre me ayuda a cuidar a los pacientes con más atención y esmero, y espero transmitir a mis hijos el valor del trabajo y la importancia de hacerlo bien».
El workshop fue una ocasión para detenerse y redescubrir el valor de la profesión enfermera en sus dimensiones científica y profesional, humana y cultural, internacional y vocacional: un trabajo que puede ser también camino de santificación en la vida cotidiana.
Como recordó la enfermera Elisabet Argemi, del Hospital Clínic de Barcelona, citando a san Josemaría: «Niño. Enfermo. Al escribir estas palabras, ¿no sientes la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él» (Amigos de Dios, 419).
