El evangelio está lleno de preguntas a Jesús. Como piedras arrojadas en una laguna, generan una onda que capta nuestra atención: ¿hasta dónde llegará? Queremos escuchar cómo Dios responde a las inquietudes humanas. «¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4,38); «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?» (Jn 3,4); «¿Cómo es que tú dices: “Os haréis libres”?» (Jn 8,33); «¿Eres tú el que va a venir o esperamos a otro?» (Lc 7,19).
Entre esos interrogantes se encuentra el que plantea un sabio conocedor de la ley: «¿Qué puedo hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10,25). Se trata posiblemente de la pregunta más importante de cada vida, porque eso es lo que más queremos: estar para siempre en el bien, en la verdad y en la alegría de Dios. La pregunta promete una respuesta existencial, reveladora, una especie de fórmula secreta de la felicidad. Sin embargo, Jesús no responde directamente: lanza un proceso de reflexión. Apela a lo que su interlocutor, como doctor de la ley, aparentemente ya sabe: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?» (Lc 10,26). El Señor nos devuelve dos preguntas.
Quedémonos con la segunda: ¿Qué lees tú? Se trata de una pregunta sencilla, frecuente entre amigos; o también entre personas que apenas se conocen, para romper el hielo, o para situar mejor al interlocutor. ¿Qué estás leyendo? ¿Qué te gusta leer? ¿Qué has leído? Nos la podemos formular también en primera persona: ¿Qué leo yo? «Dime qué lees y te diré quién eres», tituló un célebre poeta español su discurso de inauguración de una biblioteca[1]. Porque así es: todos vamos dando forma a nuestra manera de ver la vida, el mundo y las personas, a partir de lo que leemos, de lo que oímos y de lo que vemos. Pensando también en esa responsabilidad de cultivar nuestro mundo interior, de decidir qué es lo que nos habita, escribió san Josemaría: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[2].
En la literatura leemos nuestra propia vida
«La literatura tiene que ver, de un modo u otro, con lo que cada uno de nosotros busca en la vida, ya que entra en íntima relación con nuestra existencia concreta, con sus tensiones esenciales, su deseos y significados»[3]. Así presentaba el Papa Francisco, en su Carta sobre el papel de la literatura en la formación, el valor siempre actual de la lectura. Son palabras que rigen para cualquier persona, pero aún más para quienes acompañan procesos de formación. La misión de una persona que acompaña espiritualmente a otros es, en palabras de san Josemaría, «abrir horizontes, ayudar a la formación del criterio, señalar los obstáculos, indicar los medios adecuados para vencerlos, corregir las deformaciones o desviaciones de la marcha, animar siempre»[4]. Desde este prisma, la lectura resulta esencial tanto para quien acompaña como para quien es acompañado. La lectura educa el corazón porque nos permite entrar en contacto con otras vidas, generando un lugar en el que podemos enriquecernos con muchos puntos de vista. Si vivimos a fondo este proceso, podemos llegar a ser más comprensivos y empáticos: la lectura amplía nuestra mirada hacia el mundo, hacia nosotros mismos, hacia los demás.
La literatura es un vector de maduración personal: a través de ese contraste con las vidas y pensamientos de otros podemos reflexionar sobre nuestra propia vida; podemos reconocer, delinear mejor o afianzar nuestro mundo interior: «Llorando por el destino de los personajes —escribe el Papa Francisco—, lloramos en el fondo por nosotros mismos y nuestro propio vacío, nuestras propias carencias, nuestra propia soledad»[5]. A la vez, sucede que, consciente o inconscientemente, al leer una historia «damos consejos a los personajes que después nos servirán a nosotros mismos»[6]. Se genera así un valioso diálogo interior que se enriquece todavía más cuando se vuelca en un diálogo exterior con otros lectores. De hecho, la resonancia que tiene una lectura es diferente en cada persona: se trata del encuentro entre la obra y un mundo interior distinto en cada caso. «Cuento mi vida pero lees la tuya»[7], anota un poeta.
Esto sucede constantemente en los grandes clásicos de la literatura. Por ejemplo, en Los miserables, nos confrontamos con el rigorismo moral de Javert, que es duro consigo mismo y con los demás; mientras, por otro lado, somos testigos de la conversión de Jean Valjean a partir de una experiencia de misericordia. En El conde de Montecristo, Edmond Dantès se deja envenenar por el odio hasta convertir la venganza en el único objetivo de su vida; o, de manera similar, en Anna Karénina vemos cómo la protagonista somete su vida afectiva y social a una pasión que terminará aislándola hasta destruirla. Se podrían dar infinidad de ejemplos de historias en las que, ya sea por atracción o por contraste con el bien, vamos comprendiendo la complejidad de los dinamismos interiores que tejen las decisiones de los personajes, y empatizamos con su suerte o con su desgracia. Comprendemos así aspectos del ser humano a los que no se puede acceder sin entrar de algún modo en contacto con la historia de una vida. «La cualidad de sumergirse en el lugar del otro y bucear en aguas distantes no solo enriquece nuestra intimidad, sino nuestra vida privada, la convivencia cotidiana, las habilidades sociales que desplegamos»[8].
Jesús, contador de historias, formador de lectores
Jesús era un gran contador de historias. Hoy podríamos decir que era un experto en storytelling. Los evangelios nos exponen cómo, con frecuencia, la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar sus relatos y discursos. A lo largo de las páginas del Nuevo Testamento encontramos cuarenta y tres parábolas que el Señor utiliza para transmitir sus enseñanzas. De entre todas las posibilidades que tenía para revelarse a los hombres, es lógico que nos preguntemos por qué eligió esta forma de expresión. «El mismo Jesús hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma»[9]. Sin embargo, esa transformación que puede generar una buena historia depende, en gran medida, de quien lee. C. S. Lewis, al hablar sobre literatura, no diferenciaba entre buenos libros o malos libros, sino entre buenos lectores y malos lectores[10]. Aprender a leer, a sacar toda la riqueza que nos ofrece esa experiencia, es un camino de humildad que no se da automáticamente, ni de un día para otro.
Entre los relatos de Jesús existen algunos de lectura más sencilla, aunque escondan a la vez profundas enseñanzas, como el relato del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32) o el de la oveja perdida (cfr. Lc 15,3-7). Ambos son retratos muy gráficos de la misericordia de Dios que fácilmente se quedan grabados en la memoria y en el corazón. Sin embargo, sería una lástima quedarse con una primera interpretación —buena, quizá, aunque un tanto superficial— porque en el fondo Dios nos revela verdades siempre más hondas e interesantes. En estas parábolas resulta más sencillo identificarse con los personajes presentados, sobre todo al pensar en los momentos en los que hemos caído, que lanzarse a reflexionar sobre lo que el texto nos dice acerca de cómo es Dios. Sin embargo, quizá las parábolas más importantes de Jesús versan precisamente sobre esto: sobre el reino de Dios, sobre cómo es la lógica de la vida con él ya en esta tierra.
El sentido de las parábolas no es siempre evidente. Muchas veces los discípulos que escuchan a Jesús necesitan una explicación más profunda, como sucede en la parábola del sembrador (cfr. Mt 13,18-23). Lo interesante de las parábolas es que exigen del oyente una actitud activa, una interpretación, entrar en el juego de las palabras de Jesús[11]. Si uno acepta dejarse llevar inteligentemente por el relato, no es raro que surjan perplejidades, preguntas, desconciertos, que abren un espacio en nosotros para madurar, poco a poco, nuestra comprensión de Dios y de sus caminos. Y, al final, ser un buen lector de las parábolas nos puede ayudar a ser también un buen lector de cualquier tipo de literatura. Fijarnos con mayor detenimiento en uno de aquellos relatos del Señor nos puede dar algunas luces.
Un entrenamiento para nuestra mirada
Habíamos dejado al doctor de la ley frente a las dos preguntas de Jesús. San Lucas nos cuenta que responde acertadamente, apelando al mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Sin embargo, por querer justificarse, añade aún otra pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29).Este hombre sabe teóricamente que debe amar al prójimo, pero no lo reconoce en los rostros que tiene a su alrededor; no ha descubierto todavía el amor radical de Dios por los hombres y, con lecturas superficiales, se ha quedado en caricaturas de ese amor. Es entonces cuando Jesús introduce, otra vez, un relato, esperando de quien le escuchaba entonces —y de quienes le leemos ahora— una disposición a dejarse envolver por sus palabras e imágenes.
La parábola comienza así: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto» (Lc 10,30). Pasan entonces, ante los ojos del oyente-lector, un sacerdote, un levita y un samaritano, que encuentran, atravesado en su camino, a aquel hombre agonizante. Quizá por nuestra tendencia a encasillar personas y situaciones de manera simplista, juzgamos a cada uno de esos personajes con las características que corresponden a unos estereotipos bien arraigados. Sin embargo, conforme se va desarrollando el relato, se tambalean nuestros imaginarios. Al final, el verdadero amor al prójimo proviene de quien menos se podía esperar: un samaritano bueno.
La literatura nos permite navegar de forma mucho más profunda, más verdadera y menos caricaturesca, en los corazones de personajes muy diversos; nos ayuda a comprender la complejidad de las decisiones humanas. Cuando esto sucede, leer se convierte en «un gimnasio en el que se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio»[12]. Abandonamos así la seguridad de nuestros esquemas mentales, y aprendemos a acoger a las personas y la realidad de una manera mucho más abierta, mucho más misericordiosa. Como dice el Papa Francisco, «la literatura educa la mirada a la lentitud de la comprensión, a la humildad de la no simplificación y a la mansedumbre de no pretender controlar la realidad y la condición humana a través del juicio»[13].
Pensando en la lectura espiritual como alimento para la oración, san Josemaría recoge un fragmento de su correspondencia: «En la lectura —me escribes— formo el depósito de combustible. —Parece un montón inerte, pero es de allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente material»[14]. En realidad, esto rige también para toda nuestra vida: el valor de nuestras conversaciones, el espesor de nuestro pensamiento y la hondura de nuestra comprensión del mundo pueden alimentarse de ese depósito de combustible que entra por nuestros ojos hasta llegar a nuestra mente y a nuestro corazón.
La lectura, camino de contemplación
En un mundo en el que todo va rápido, en el que navegamos a través de imágenes y videos a toda velocidad, en el que perseguimos resultados, metas cumplidas y propósitos realizados, es fuerte el riesgo de caer en «un eficientismo que banaliza el discernimiento, empobrece la sensibilidad y reduce la complejidad»[15]. En ese contexto, leer se convierte en un ejercicio de resistencia, de respiración interior; en una oportunidad de mirar la vida humana a cámara lenta; en una ocasión de detenernos en gestos, palabras, motivaciones. Esa mirada atenta nos permite desarrollar una actitud reflexiva frente a las experiencias de la vida: nos da una visión sapiencial de la existencia, empezando por la nuestra propia. Por eso, «es necesario y urgente contrarrestar esta inevitable aceleración y simplificación de nuestra vida cotidiana, aprendiendo a tomar distancia de lo inmediato, a desacelerar, a contemplar y a escuchar»[16]. Esta es una posibilidad que nos ofrece la literatura, y se vuelve quizá más necesaria en nuestro tiempo.
Muchas veces una buena lectura nos ayuda a «encontrar la quietud del alma», a «abrir en nosotros nuevos espacios de interiorización que eviten que nos encerremos», a «sanar y enriquecer nuestra sensibilidad»[17]. Cada uno de nosotros podrá encontrar aquellos libros que se conviertan en compañeros de viaje. Eso dependerá de nuestra situación vital, de nuestros intereses, de nuestra apertura a lo distinto. Por ello, «debemos seleccionar nuestras lecturas con disponibilidad, sorpresa, flexibilidad, dejándonos aconsejar, pero también con sinceridad, tratando de encontrar lo que necesitamos en cada momento de nuestra vida»[18].
En lo que respecta al ámbito del acompañamiento espiritual —aunque esto es aplicable también a cualquier tipo de amistad—, un buen lector podrá quizá ser más abierto, más sensible, más capaz de escuchar. Al haber trabajado más detenidamente en su conocimiento propio, podrá acoger más fácilmente al otro en su individualidad, con los rasgos únicos que tejen su historia; sabrá ver su pasado y proyectar su futuro con perspectiva, como a través de un telescopio, porque cada vida es una historia que solo se puede comprender en su conjunto[19].
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Aquel doctor de la ley creía no saber quién era su prójimo. ¿Qué fue de él tras la respuesta «narrativa» de Jesús, y el desafío —Anda, y haz tú lo mismo (Lc 10,37)— con el que coronó el intercambio? Quizá, podemos esperar, empezó a leer la Escritura y el mundo de otro modo; quizá recibió en ese momento el impulso que estaba necesitando para desarrollar una mirada más limpia, con menos prejuicios, abierta a dejarse sorprender por cada persona. Una mirada, al fin, contemplativa: la que requiere el misterio de la vida, del mundo, de cada persona.
[1] F. García Lorca, discurso pronunciado en septiembre de 1931, al inaugurar la biblioteca pública de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en la provincia de Granada.
[2] San Josemaría, Camino, n. 184.
[3] Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, n. 6.
[4] San Josemaría, Carta 26, n. 37.
[5] Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, n. 7.
[6] Ibíd., n. 17.
[7] E. García-Máiquez, «El lector es un fingidor», en Casa propia, Renacimiento, 2004.
[8] I. Vallejo, Manifiesto por la lectura, Siruela, Madrid, 2020, p. 23.
[9] Francisco, Mensaje para la 54.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24-I-2020.
[10] Cfr. C. S. Lewis, La experiencia de leer, Alba, Barcelona, 2000.
[11] Cfr., p. ej., C. Jódar, «Más allá de la trama», en opusdei.org.
[12] Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, n. 32.
[13] Ibíd., n. 39.
[14] Camino, n. 117.
[15] Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, n. 31
[16] Ibíd.
[17] Ibíd., nn. 2, 31.
[18] Ibíd., n. 7.
[19] Cfr. Ibíd., n. 30.
