De cómo viví con una santa sin saberlo

La dominicana Fernanda Mallorga repasa sus encuentros con Guadalupe Ortiz de Landázuri en los años sesenta, especialmente cuando la nueva beata impartía formación especializada en el Centro de Investigación de Ciencias Domésticas (Ceicid)

Opus Dei - De cómo viví con una santa sin saberlo

Este mes de mayo sube a los altares Guadalupe Ortiz de Landázuri. Siempre sorprende conocer la vida de los santos, pero ahora me sorprende más saber que están tan cerca de uno, como aquel día de 1960 cuando la conocí en Pamplona con ocasión de la visita de San Josemaría Escrivá a la Universidad de Navarra. Entre santos me encontraba.

Pero no fue la única vez. Dios me daba la posibilidad de aprender de cerca de una mujer de una pieza. En 1962 coincidimos por varias semanas en un curso en Pamplona en el colegio mayor Goimendi. Recibí varias clases que nos dictó y me impresionó cómo nos transmitía el cariño y la seguridad en su vocación al Opus Dei.

Estuve fuera de España por varios años y regresé en 1968. En el comienzo del Centro de Investigación de Ciencias Domésticas (CEICID), volví a compartir con Guadalupe. Se trataba de un proyecto totalmente nuevo, orientado a la formación de personas que se dedican a los trabajos del hogar y allí estaba Guadalupe, haciéndose santa aunque yo no lo supiera, trabajando con entusiasmo y seguridad. Era doctora en Ciencias Químicas y aplicaba sus conocimientos en tratamiento de textiles, productos químicos, etc. Su vocación de investigadora nata la ayudaba a profundizar y mejorar en las técnicas que se manejaban en esa época en el área de los trabajos domésticos. ¿Un ejemplo? Ella sabía que la ropa se blanqueaba y desinfectaba con los rayos ultravioleta del sol, por lo que pensaba que quizá las lavadoras se podrían dotar de esos rayos en su interior para optimizar el tratamiento de las telas.

Recuerdo su ilusión al preparar un curso sobre la Teoría del Lavado, nos contó que hasta soñaba con el contenido que les daría a las alumnas y los cuadros que colocaría. Nos dijo, caminando por un pasillo: “¡Y hasta en tecnicolor lo he soñado!”.

Una vez le conté a Guadalupe, después de un viaje a mi país, República Dominicana, que me sorprendió ver las montañas de cascarillas de arroz que se amontonaban en los molinos del grano y que había mucha dificultad para desecharlo. Daba la casualidad que su tesis doctoral era sobre refractarios y aislantes, investigación que plasmó en la fabricación de un ladrillo de cascarilla de arroz. Cuando regresé a Santo Domingo, me entregó la tesis y también un ladrillo para que se los mostrara a mi padre, a quien le pareció interesantísima la propuesta.

Particularmente me llamaba la atención su alegría y serenidad, una serenidad sobrenatural, basada en su confianza en Dios y en San Josemaría, con quien tuvo mucho trato, por ser ella una de las primeras mujeres del Opus Dei. Esa misma serenidad se notaba cada vez que al finalizar el año académico viajaba a hacerse los chequeos médicos por su enfermedad cardíaca. Guadalupe al despedirse nos solía decir: “Está todo al día, en orden, por si no vuelvo”.

En el verano, durante su estancia en la clínica, seguía su investigación con los textiles y los nuevos productos que salían al mercado para el tratamiento de la ropa. Probaba los nuevos suavizantes en los textiles modernos para ver cuánto modificaban la absorción del agua.

Mientras repaso todas estas cosas domésticas no deja de sorprenderme que hoy pueda decir: “Pues, sí, he conocido y compartido con una santa”. Lo más bonito e impresionante es palpar cómo una persona corriente, universitaria, investigadora, apasionada por la vida, amando su trabajo, esmerándose en su atención a los demás viviendo el espíritu del Opus Dei, está en los altares. ¿Es fácil? ¿Difícil? Es vivir, pero vivir haciendo la voluntad de Dios. Eso fue lo que vi en Guadalupe: una tranquilidad apoyada en la confianza en que Dios saca las cosas adelante.

Y lo que más me alegra ante la beatificación de esta mujer, químico de profesión, buena hermana, buena hija, buena amiga, buena profesora, atenta y cordial, es poder pedirle lo mismo que le pedíamos cuando estaba entre nosotros, con la confianza de que nos va a contestar con la misma seguridad y serenidad con que lo hacía cuando estaba en la tierra.

Fernanda Mallorga