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Sala de estudio, primera hora de la mañana. Los madrugadores encuentran la mesa limpia y el silencio intacto. Abren los apuntes. Empiezan. Van a estar aquí todo el día.

Al mediodía entran otros. Se sientan y se ponen a estudiar. A media tarde, unos cuantos más. Y casi al cierre, llega un último grupo: los que han tenido otras cosas, o simplemente han tardado en arrancar.

Los que llevan allí desde el amanecer los miran de reojo. Han aguantado el peso del día. Y estos acaban de aparecer.

¿Te suena esa sensación: la de quien lleva mucho tiempo trabajando y ve que otros llegan al mismo lugar con la mitad del esfuerzo?

Jesús contó esta misma escena con una viña y unos jornaleros. Y al final del día, el dueño pagó a todos igual.

Pero eso es el final. Volvamos al principio. A ti y tus estudios. Conforme se acerca el final de año académico, en periodos de estudio intenso y, sobre todo, la temporada de exámenes acapara buena parte de tus preocupaciones cotidianas. Incluso podría decirse que, a estas alturas del año, llegan a adquirir un protagonismo desmedido en tu vida.

Los exámenes cuentan, sin duda, pero nunca serán lo más importante.

Quizás te haya pasado que, en el periodo de exámenes, no consigues pensar en nada más. Tu vida y tu estado de ánimo empiezan a girar en torno a tus calificaciones. Te cuesta pensar en otras personas y dedicar tiempo a la oración.

Y así, las horas de estudio y los exámenes, en lugar de impulsarte a levantar la mirada hacia algo más grande, pueden llevarte más bien a vivir con la cabeza baja y el corazón absorbido por algo que no solo no te llena, sino que además puede conducirte a afrontar la vida con grandes dosis de agobio y estrés.

No hace mucho me encontré con una persona que afrontaba la primera semana de los exámenes finales de la universidad.

—¿Estás agobiado? —le pregunté.

—No —me respondió con mucha seguridad—. Estoy muy tranquilo. Sé poner las cosas en su sitio.

Los exámenes cuentan, sin duda, pero nunca serán lo más importante. Y cierto agobio también es normal. Significa que te importan.

Lo que puede cambiar es el sentido con el que lo llevas: levantar la vista de los apuntes, del escritorio, del suelo de la biblioteca, y recordar que hay algo más grande que una nota detrás de todo ese esfuerzo. Dios no promete quitarte el peso de estas semanas, pero sí algo quizás más valioso: acompañarte en ellas y ayudarte a descubrir para qué valen de verdad.

Para responder a esta pregunta quizá convenga hacerte antes otra pregunta: ¿por qué estudias? ¿Qué es lo que te mueve a estudiar?

Si estudiaras únicamente por todo eso en el centro solo estarías tú mismo. Tu atención estaría puesta exclusivamente en lo tuyo, en tu recompensa, y no en aquello que verdaderamente da sentido a lo que haces.

Dios no promete quitarte ese peso, pero sí acompañarte y ayudarte a descubrir su valor.

Cuando al final del día el dueño pagó a todos igual, los de primera hora protestaron: «A estos últimos, que han trabajado solo una hora, los has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor» (Mt 20, 12).

¿Cuál es tu primera reacción al leer esto? Probablemente la misma de siempre: parece injusto. Los que llegaron tarde cobran igual que tú. Humanamente, no hay quien lo entienda.

Y quizá ahí está la pista: la lógica de Dios no es la nuestra. Para Él, lo más importante no es la tierra, los campos, los libros. Para Él, lo más importante no es únicamente el resultado, la recompensa o las calificaciones finales. Lo importante es trabajar en la viña, cuidar de ella y hacerla fructificar. Lo importante es el amor con el que se trabaja.

Da la impresión de que quienes llegaron a última hora no esperaban una gran recompensa y, aun así, fueron. Para ellos ya era una suerte poder trabajar en aquella viña. En cambio, los otros habían terminado centrando toda su atención en el pago, hasta el punto de olvidar el privilegio de haber trabajado allí.

¿Ofreces tus horas de estudio por intenciones grandes, capaces de llenar de sentido todo tu esfuerzo?

Jesús no pone el foco en la recompensa, sino en el amor con que se trabaja. Y eso lo cambia todo: una jornada ordinaria, vivida así, ya tiene un valor eterno, aunque nadie lo vea ni te lo reconozca.

Por eso, cuando estudias solo pensando en la nota acabas fácilmente agobiado y encerrado en tí mismo. En cambio, cuando estudias por amor, por servir, por crecer y agradar a Dios vives de otra manera: vives con el corazón ensanchado y la mirada cambia.

Porque, al final, lo decisivo no es cuánto tiempo has trabajado, sino el amor con el que lo has hecho.

¿Y si, en lugar de estudiar únicamente para obtener buenos resultados, intentaras estudiar también para aprender, formarte bien y poder servir mejor, el día de mañana, a tantas personas con las que compartirás este mundo, esta viña del Señor?

¿Piensas alguna vez en todas las personas a las que podrás ayudar con tu trabajo?

¿Ofreces tus horas de estudio por intenciones grandes, capaces de llenar de sentido todo tu esfuerzo?

Entonces incluso el tiempo de exámenes los vives de otra manera: con más paz, más libertad y, muchas veces, también con mejores resultados. Entonces los exámenes dejan de ser una carga asfixiante y se convierten en una oportunidad para amar, crecer y servir mejor.