50 años del “embajador” de Dios en Santo Domingo

Un desperfecto en el avión de regreso a Europa en el que viajaba San Josemaría Escrivá tras su romería en México ante la Virgen de Guadalupe, lo llevó a aterrizar y pernoctar en Santo Domingo. Una dominicana cuenta la alegría que el fundador de la Obra guardaba en su corazón por haber tocado tierra antillana. Ahora se celebran 50 años de ese día, cuando sembró muchas plegarias por la labor en República Dominicana.


En junio de 1972 viajé a Roma con mi mamá, quien deseaba conocer a San Josemaría. El Padre, como le llamábamos, nos recibió en Villa Sacchetti, la Administración que atiende Villa Tevere, su lugar de residencia.

Enseguida mi madre le preguntó cuándo se comenzaría la labor apostólica en República Dominicana y el fundador del Opus Dei contestó que en ese momento el país no estaba en condiciones, dadas las dificultades surgidas tras la revolución de 1965. A raíz de esto, nos contó su breve estancia del 23 y 24 de junio en nuestro país, de la que ahora conmemoramos los 50 años.

Hay un sencillo documento que recoge esas horas en la isla del Caribe. Es una carta que el Padre escribió en el Hotel El Embajador, en Santo Domingo, el 24 de junio de 1970, al día siguiente de haber salido de México, en la que dice: “…con muchos recuerdos entrañables dejé ayer esa bendita tierra de Santa María de Guadalupe”. En ese mismo folio, don Álvaro del Portillo deja constancia del motivo: “...por una avería en el motor, que perdía aceite, tenemos que estar un día aquí…”.

Carta que San Josemaría envió desde República Dominicana a sus hijos de México.

San Josemaría comentó que había rezado mucho por esta tierra en esas breves horas y había podido celebrar Misa en la habitación del hotel, porque tenía permiso para hacerlo.

En varias ocasiones, don Javier Echevarría hizo alusión a esa escala. En concreto, el 1° de mayo de 2001, contó en una tertulia en Roma la gran alegría de San Josemaría al recibir en México, por parte de una Supernumeraria mexicana que colaboró generosamente en los comienzos, el regalo de una imagen de la Virgen con el Niño. La pieza es de marfil y tiene la peculiaridad de que la parte baja puede abrirse a modo de tríptico: en el interior hay un bajorrelieve de la Ascensión del Señor.

“Le gustó tanto a nuestro Padre que, en el viaje de vuelta, quiso llevarla en su propia maleta. En aquel entonces, las facturábamos todas; utilizábamos algún bolso de mano, pero nuestro Padre no quiso soltar el que contenía a la Virgen. Era una manifestación evidente del diálogo que estaba manteniendo con nuestra Señora, con la seguridad de que Ella no nos deja si le confiamos nuestros problemas”.

Imagen de la Virgen que le regalaron a San Josemaría en México y llevó consigo a Roma.

Aquel vuelo –siguió relatando don Javier– lo recordaban también por un percance: el avión en que viajaban sufrió una avería y, de hecho, vieron desde la ventanilla la humareda del motor. Gracias a Dios pudieron aterrizar en Santo Domingo sin dificultades, y pasaron un día allí esperando otra combinación para proseguir el viaje.

“Cuando estábamos en el hotel, nuestro Fundador me indicó: ‘Ve a buscar un candado para que no puedan abrir la bolsa en ningún sitio y tengamos la seguridad de que no nos roban la imagen’. Don Álvaro que administraba muy bien el dinero, me dio un dólar: lo suficiente para el taxi y para comprar el candado. Me encontré con un dominicano muy amable, que prometió llevarme a un sitio donde los vendían; pero lo encontramos cerrado. ¿Cómo hacemos ahora?, le pregunté, porque no tengo más que un dólar. Y él me contestó: le he dicho que le llevaba por ese preció y lo haré. Y así fue”, recordaba don Javier.

Cuando se celebraron los 50 años del Hotel El Embajador, hicieron una exposición fotográfica de personajes relevantes que se habían hospedado allí; uno de ellos era San Josemaría Escrivá: en la foto expuesta, que aún continúa en la galería del hotel, junto con otros personajes, aparece en el extremo inferior de la instantánea aquella imagen de la Virgen que traía desde México.

En 1992, tuve la alegría de volver a Roma con mi mamá y mi sobrino desde República Dominicana, donde comenzó la labor estable de la sección de mujeres en 1989. El “embajador” de Dios ya estaba viendo los frutos de sus buenos oficios en aquel paso por Santo Domingo. También queríamos esta vez volver a ver a Josemaría Escrivá, pero ahora subiendo a los altares el día de su beatificación.

Fernanda Mallorga Ethien.