Tenemos muchas fotos de Einstein junto a una pizarra, explicando cosas. Se le ve pensando, mientras comunica con la mirada, con palabras y con trazos de tiza. Siempre pensando, siempre preguntándose cosas.
Pero, ¿no que sabía muchísimo de Física y de un montón de otros temas? Eso, seguro. El punto es que las cosas son así: el que sabe mucho, sabe mucho. Y “sabe que sabe” de lo que sabe… y también sabe “que le faltan por saber quizá cuántas cosas”. Como los montañistas, siempre sedientos de nuevas aventuras y paisajes. Igual los astrónomos apasionados, los arqueólogos de infinita curiosidad, los amantes de la Literatura tras la pista de nuevos versos y novelas imposibles de soltar.
Las cosas son así en lo humano… ¡y con más motivo en lo divino! El que sabe del buen samaritano, del hijo pródigo, de los cuchillos de Herodes intentando acabar con el Niño, de miles y miles alimentados a partir de cinco panes y dos peces… el que sabe de la oración confiada y de la valentía de Jesús en el Huerto de los Olivos, de aquella conversación con la samaritana y de esa otra con Nicodemo en un día que terminaba… El que sabe de Jesucristo sabe que sabe lo que sabe… y que le faltan por saber quizá cuántas cosas. Son “misterios”: al mismo tiempo conocidos y tan profundos que siempre hay nuevos tesoros por descubrir.
Por eso, uno toma los evangelios y los repasa; uno toma las cartas y demás textos del Nuevo Testamento y los revisa; uno escucha buenas explicaciones de los Padres de la Iglesia (al más puro estilo Newman) y uno aprende viendo el Evangelio hecho carne en la vida de los santos. A la luz del Espíritu Santo, claro. Si no, captamos poco y “más o menos”.
Los Misterios de la vida de Jesús comienzan con la Anunciación a María, que ocurrió en Nazaret. Lo relata solamente el evangelio según San Lucas, aunque también la versión de Mateo aporta buenos datos. Con ellos, uno se asoma a un misterio inmenso y bellísimo: Dios, sin dejar de serlo, se hace también Hombre. Y uno se asoma de la mano de María y de José. Apasionante.
Siempre hay más para saber y asombrarse. Es lo que le ocurrió a la prima de la Virgen: Isabel se sorprende de su visita y de cómo reacciona Juan dentro de ella al llegar los de Nazaret. Es un misterio esto de la Madre del Mesías recorriendo kilómetros para ponerse a servir, humilde y chispeante. Y, más misterio todavía, el Hijo de Dios hecho un Niño aún no nacido.
Según el cuadro del Greco en El Prado, el Misterio de la Navidad deja a los hombres pasmados y a los ángeles cantando; incluso alguno de cabeza, asombrado. El para qué de venir Jesús al mundo ya lo había dicho el ángel: para salvar de los pecados. Pero ver la pobreza y fragilidad con que quiso nacer, junto a la llamada a los pastores y a lejanos personajes de oriente, invita a pensar más. Averiguar más, contemplar más.
Pocos días después, Jesús es presentado en el Templo y su Madre realiza los ritos de purificación mandados por la Ley de Israel. San José colabora organizando las cosas para que el Hijo de Dios, nacido de mujer y nacido bajo la Ley según dice después San Pablo, abra el camino para que podamos ser también nosotros hijos de Dios.
Jesucristo fue creciendo día a día en sabiduría, en gracia y en edad. Un tiempo en Egipto y luego muchos años en Nazaret, viviendo la vida familiar, cursando estudios, acudiendo los sábados a la sinagoga y haciendo amigos como todos. Eso sí, lo que ocurrió cuando tenía doce años quedó señaladamente registrado por Lucas: tres días ausente de sus padres en Jerusalén, obediente a su Padre del Cielo; fue un gozo encontrarlo, sin duda. Y un tesoro de esos que María iba guardando en su corazón, profundizando y aprendiendo. Ella sabía que sabía lo que sabía, pero también que le faltaban por saber quizá cuántas cosas. Misterios gozosos y misterios luminosos de la vida de su Jesús.
Años después, hubo un nuevo encuentro con Juan. Junto al río Jordán, donde el Señor llega para ser bautizado y donde se muestra toda al unísono la Santísima Trinidad… ¡no es poco misterio! Comenzó así la “vida pública” del Ungido de Dios, que se retiró al desierto y allí fue tentado tal como lo somos nosotros y como lo fueron Adán y Eva en su minuto.
Gracias a María ocurrió la Encarnación y gracias a María el Salvador hizo el primero de sus signos milagrosos. Fue en Caná de Galilea y la historia es bien conocida. Bueno, la verdad es que no del todo: es un misterio, aun siendo tan luminoso. Ocurre así también con el anuncio del Reino de Dios y la llamada a la conversión que fue haciendo Jesús. Muchas conversaciones, muchas miradas cariñosas, muchas sanaciones de corazones y de dolencias físicas; decenas de parábolas y de milagros de tantos tipos. Un signo especial lo hizo solo en presencia de sus tres apóstoles más cercanos: su Transfiguración.
Toda la vida de Jesucristo fue servir (y no ser servido); darnos vida y dárnosla en abundancia; ir muriendo a Sí mismo para dar mucho fruto en nosotros. Sin embargo, el último de sus jueves nos amó hasta el extremo al instituir la Santísima Eucaristía y encargarle a sus Doce que hicieran todo eso en memoria suya. Todo Él (su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad), verdadera, real y sustancialmente presente. Un Misterio luminoso capaz de hacer presente los misterios de dolor que ocurrieron más tarde: su Pasión y Muerte por nosotros y por nuestra salvación, como decimos en el Credo.
Cuentan de San Juan Pablo II cómo contemplaba cada viernes el Via Crucis. Hoy cualquiera de nosotros puede hacer otro tanto abriendo el librito de San Josemaría y profundizar un poco más en el dolor y en el amor de Jesús. Vale la pena contemplar los misterios de aquel viernes único. Y el silencio del sábado, de la mano de la Virgen esperanzada.
Quizá no solo leer los evangelios en los relatos del domingo: tal vez hace falta ir al triángulo del play y subir el volumen para escuchar el Aleluya de Haendel a buen volumen. Tenemos algunos registros de los días siguientes, con Jesús mostrándose vivo y victorioso a los testigos de su Resurrección. Testigos también del misterio glorioso de su Ascensión y testigos valientes gracias a la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés.
¿Es buena idea contemplar (incluso cada día) los misterios de la vida de Cristo de la mano de María, yendo a través de los misterios del Santo Rosario? Sí. Es muy buena idea. Además, como algunos buenos discos, nos regala un par de bonus tracks: la glorificación de la Virgen en su Asunción y en su Coronación como Reina y Señora de todo lo creado.






