Descarga AQUÍ el documento.
En un conversatorio entre un agnóstico y un obispo, en el que se debatía sobre la existencia de Dios, ambos expusieron sus argumentos y, al final, se abrió un espacio para preguntas.
Un hombre levantó la mano y dijo: «Ustedes han hablado de razones a favor y en contra de la existencia de Dios. Todo eso me parece bien, pero yo tengo mis propias razones. Yo tuve un vicio durante muchos años e hice todo lo posible por romper con esa adicción: luché espiritualmente, hice promesas a Dios, recé, fui al psicólogo, busqué acompañamiento, hice terapias… y no lo conseguía. Al final perdí la esperanza y dejé de pedir. Un año fui a la Vigilia Pascual y entré en la iglesia tal como estaba. No se me ocurrió pedir nada; simplemente le dije a Dios: “Aquí me tienes, Señor, mira cómo estoy”. Y al salir de esa Vigilia Pascual, de repente, sin haber hecho nada más, esa adicción desapareció. Llevo años libre. Yo solo sé que antes era adicto y ahora soy libre. Esta es la razón que yo tengo para creer en Dios».
Esta anécdota nos ayuda a comprender que la mayor manifestación de la acción de Cristo es su poder liberador. Dios puede liberarnos de forma milagrosa, como lo hizo con este hombre. Pero lo ordinario es que esa liberación se dé en medio de una batalla interior larga y exigente. Es muy posible que, si este hombre no hubiera luchado durante tantos años, si no hubiera perseverado en esa batalla que parecía un fracaso, no hubiera recibido el milagro de su liberación. Ese milagro fue también proporcional a su lucha, a su esfuerzo constante por ejercitarse en la virtud de la templanza, aun cuando todo parecía inútil. Te ofrecemos aquí unas preguntas que pueden ayudarte a revisar algunos aspectos de tu vida delante de Jesús. Ojalá tú también quieras decirle como el hombre de la anécdota: “aquí me tienes Señor, mira como estoy”.






