Buscar
Cerrar

Descarga AQUÍ el texto completo.


Jesús, esta noche vengo a acompañarte. Gracias por estar aquí.

Vuelvo al Sagrario en este momento del año en el que, según dónde esté, quizá empiece algo nuevo o quizá simplemente continúe con la vida de siempre. Haga frío o calor, empiece las clases, retome el trabajo o siga estudiando en medio de la misma rutina, lo primero que se me ocurre decirte es gracias por esperarme.

Porque tú has estado aquí, en este Sagrario o en tantos otros, mientras yo estaba en otra parte: de viaje, estudiando, trabajando, distraído, ocupado en la rutina de siempre o simplemente lejos de Ti sin darme cuenta. Quizá también en días de descanso, en una piscina, en un festival, en casa de mis abuelos o durmiendo hasta tarde. Y aunque yo haya estado lejos de Ti muchos ratos —o muchos días—, Tú me has acompañado.

Quería empezar por pedirte perdón. Perdón por las mañanas en que no me acordé de ti, por las noches en que caí rendido sin darte las buenas noches, por los días enteros en los que no te dediqué un solo pensamiento. Perdón, sobre todo, por haber vivido parte de los meses anteriores como si Tú fueras algo prescindible; algo que ya retomaría «cuando vuelva la rutina», «cuando tenga más tiempo» o «cuando esté un poco más centrado». Perdón por tratarte, tantas veces, como una tarea pendiente que siempre puedo recuperar después.

Y, sin embargo, aquí estás. Gracias por seguir esperándome, independientemente de lo que te doy o de cómo te trato.

Como cada mes, quiero aprovechar este rato para pedirte por el Papa. Por su salud, por sus preocupaciones, por todas las intenciones que lleva en el corazón y, de manera especial, por su viaje apostólico a Francia a finales de este mes. Acompáñalo en esos días y haz que sus palabras y encuentros acerquen a muchas personas a Ti.

Y ahora, Jesús, quiero presentarte estos meses que tengo por delante.

Quizá hoy empiece algo nuevo. Quizá lleve ya tiempo en medio de esta etapa. Tal vez estrene agenda y carpeta, o tal vez siga escribiendo en la misma libreta de siempre. Puede que tenga ilusión por lo que viene, o que simplemente esté intentando no perder el ritmo de lo que ya había empezado.

Y siento cosas mezcladas.

Tengo ganas de hacerlo bien, de aprovechar el tiempo, de crecer, de cuidar más mi vida Contigo. Pero también sé cómo funciona esto: me lleno de planes, llegan el cansancio y las prisas, y aquella versión de mí que iba a levantarse temprano, estudiar cada día, rezar con calma, cuidar a los demás y tener todo bajo control empieza poco a poco a desdibujarse.

Y me hace gracia darme cuenta de una cosa, Jesús. Muchas veces vivo esperando una especie de frontera mágica.

«Cuando empiece esta nueva etapa, retomo esto».
«Cuando tenga menos trabajo, me pongo con aquello».
«Cuando pase esta semana, vuelvo a rezar mejor».
«Cuando esté más tranquilo, llamaré a esa persona».
«Cuando tenga tiempo, ayudaré más».

Como si un cambio de fecha pudiera convertirme, por arte de magia, en otra persona.

Pero sigo siendo yo. Con los mismos defectos, las mismas ganas y los mismos miedos. Una agenda nueva no cambia el corazón. Tampoco lo hace pasar una página del calendario.

(Piénsalo un momento. ¿Qué te gustaría cambiar o cuidar mejor durante estos meses? ¿Qué llevas tiempo posponiendo? Preséntaselo a Jesús con honestidad.)

Y quizá esta es la primera cosa que quiero pedirte esta noche: que me libres de la ilusión de que existe un momento futuro en el que todo será más fácil.

Cuando terminen los exámenes. Cuando cambie de casa. Cuando encuentre a la persona adecuada. Cuando tenga menos trabajo. Cuando pase esta racha. Cuando tenga más tiempo.

Siempre hay un «cuando» en el que puedo aplazar lo importante.

Pero tú no me esperas en el futuro. Tú me esperas hoy. Aquí. En este banco. En esta hora. En las circunstancias concretas que tengo ahora mismo entre manos.

Y me acuerdo de aquello que decía san Josemaría, y que quizá he leído mil veces sin dejar que me cale a fondo: «Ahora comienzo».

No una vez, sino muchas. En una mañana gris. En una semana especialmente pesada. En un examen que no sale como esperaba. En un día de trabajo que se hace eterno. En una discusión en casa. En el cansancio acumulado. En cualquiera de esos momentos en los que parece que todo cuesta un poco más.

Jesús, ¿por qué se me hace tan fácil imaginar la persona que quiero llegar a ser y tan difícil empezar a serlo hoy?

Quiero ser constante, pero prefiero la novedad. Quiero rezar cada día, pero espero a «encontrar el momento». Quiero cuidar a los que tengo cerca, pero me distraigo con los que están lejos. Quiero ser fiel en lo pequeño, pero solo me motivan las cosas grandes.

Y hay algo que me impresiona cuando lo pienso despacio.

Tú no quisiste salvar al mundo únicamente a través de acontecimientos extraordinarios. Podías haberlo hecho de otra manera: bajar del cielo, deslumbrar, resolverlo todo en un instante. Y, sin embargo, elegiste treinta años de vida corriente en Nazaret.

Treinta años de taller, de comidas en familia, de caminos polvorientos, de trabajo escondido. Treinta años en los que —humanamente hablando— parecía que no pasaba nada. Y ahí, precisamente ahí, estabas salvando el mundo.

(Piensa en la semana que tienes delante. ¿Qué «vida corriente» te espera? Clases, trabajo, estudio, comidas con tu familia, deporte, conversaciones con amigos, tareas que nadie ve, trayectos repetidos, el mismo pasillo de siempre. Preséntale a Jesús ese calendario ordinario como el lugar concreto donde quiere encontrarte.)

Y entonces, Jesús, estos meses cambian de sentido.

Porque no vive igual quien contempla sus días como una lista de cosas que tiene que sacar adelante que quien descubre en ellos el lugar concreto donde Tú le estás esperando.

No me estás pidiendo una etapa impecable. Me estás pidiendo una vida vivida Contigo. Vivida Contigo cuando llegue tarde porque haya quedado atrapado en el tráfico. Vivida Contigo cuando un examen o un trabajo no salga bien y me tiente pensar que no valgo. Vivida Contigo en la conversación con ese compañero al que nadie mira. Vivida Contigo cuando me dé pereza mantener un propósito y, aun así, decida intentarlo. Y vivida Contigo también cuando falle —porque alguna vez fallaré— y decida volver a empezar sin dramatizar.

Pero tampoco quiero, Jesús, que estos meses giren solamente alrededor de mí. Que mis preocupaciones no se reduzcan a mis resultados, mis planes, mi futuro o mis problemas. Ayúdame a mirar alrededor.

Hay personas cerca de mí que quizá necesitan tiempo, compañía o una conversación. Hay necesidades que no puedo resolver yo solo, pero ante las que tampoco quiero acostumbrarme a pasar de largo. Hay gente sola, familias que atraviesan dificultades, personas mayores, inmigrantes, enfermos, compañeros a los que nadie integra, iniciativas de voluntariado que necesitan manos.

Enséñame a preguntarme alguna vez no solo «¿qué tengo que hacer hoy?», sino también «¿a quién puedo ayudar hoy?».

Que no espere a tener muchísimo tiempo para servir. Que aprenda a descubrir las necesidades pequeñas y concretas que tengo al alcance de la mano. Que entienda que cambiar el mundo empieza muchas veces por mirar de verdad a la persona que tengo delante.

Y por eso hoy quiero pedirte que me ayudes a alzar la mirada.

Que no reduzca estos meses a obtener buenos resultados, cumplir expectativas, llegar a todo o no defraudar a nadie. Que aprenda a mirar por encima de lo urgente para no perder lo importante. Que sepa levantar los ojos —del teléfono, de los apuntes, de la pantalla, del espejo, de mis propias preocupaciones— para encontrarte a ti y para descubrir también a los demás. Porque cuando alzo la mirada te veo. Y cuando te veo, todo lo demás encuentra su sitio.

Te pido también por quienes empiezan o retoman esta etapa conmigo. Por mis compañeros, los que me caen bien y los que me cuesta más comprender. Por mis profesores y por las personas con las que trabajo. Por quienes llegan nuevos a un colegio, una universidad, una ciudad o un empleo y todavía no conocen a nadie. Por quienes comienzan algo importante con miedo. Por los que estos meses se sienten solos. Por quienes están lejos de casa por primera vez.

Por quienes han pasado últimamente por algo difícil y continúan con su vida como si nada hubiera ocurrido, aunque por dentro todo haya cambiado. Ayúdame a mirar a los que tengo al lado como los miras Tú.

Y, por último, Jesús, te presento mis miedos concretos. Ese examen que sé que será difícil. Ese trabajo que me preocupa. Esa asignatura o responsabilidad que se me hace cuesta arriba. Esa amistad que no sé cómo va a evolucionar. Ese propósito íntimo que solo Tú y yo conocemos y que me parece enorme. Esa cosa que no acabo de saber nombrar y que, sin embargo, Tú conoces mejor que yo.

No me sueltes la mano. Recuérdame, cuando llegue el primer momento de desánimo —porque llegará—, que la santidad no consiste en no caer nunca, sino en volver a levantarme y volver a ti una y otra vez. Que estos meses no se juegan en un único momento decisivo, sino en la suma silenciosa de muchos días corrientes vividos contigo. Empiece algo nuevo o continúe lo que ya tenía entre manos, quiero vivirlo contigo, Jesús.

Y si a lo largo de estos meses me olvido de Ti, Tú no te olvides de mí.

Quédate conmigo esta noche. Y mañana. Y pasado. Y en cada uno de los días que vienen.


Descarga AQUÍ el texto completo.