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Jesús, esta noche vengo a acompañarte. Gracias por estar aquí.

Quería empezar por pedirte perdón por todas las veces en que no he sabido acompañarte este mes. El estudio y los exámenes han sido muy exigentes, los planes con la gente, mi pereza... y soy consciente de que podría haberte cuidado más. Gracias por seguir aquí esperándonos, independientemente de lo que te damos o de cómo te tratamos.

Como otras veces quiero aprovechar este rato contigo para pedirte por el Papa. Por su salud, su viaje a España ahora y al norte de Italia a finales de mes, y por todas sus intenciones. Y este mes nos pide rezar para que el deporte sea un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones, y para que promueva valores como el respeto, la solidaridad y la superación personal.

La verdad, Jesús, es que esta intención me parece original.

He pensado en la cantidad de tiempo que dedico al deporte, aunque muchas veces sea desde el sofá. Soy capaz de seguir una carrera de Fórmula 1 y saber perfectamente cómo le ha ido a Antonelli el fin de semana, de alegrarme cuando Alcaraz avanza rondas en un torneo y dentro de poco seguramente estaré pendiente del Mundial, mirando resultados, horarios, clasificaciones, el álbum y comentando partidos con los amigos.

Y mientras pensaba en todo esto me daba cuenta de algo que nunca me había planteado demasiado. Sé muchas cosas sobre algunos deportistas, pero casi nunca me acuerdo de que son personas. Conozco sus estadísticas, pero no sus historias, sus preocupaciones, sus ilusiones.

Hoy quiero pedirte por ellos. Por los que llenan estadios, revistas y noticias. Por los que entrenan lejos de los focos, por los que nadie entrevista. Por los que están lesionados, por los que atraviesan momentos difíciles y por tantos jóvenes que dedican horas y esfuerzo a algo que les apasiona.

Te pido que les ayudes a descubrir que su valor no depende de una medalla, de una clasificación o de un resultado. Que cuando ganen no se crean más importantes por ello y que cuando pierdan no piensen que valen menos. Que encuentren personas que les quieran por quienes son y no solo por lo que consiguen.

(Piensa en algún deportista que admires especialmente o que sigas con frecuencia. Reza un momento por él. Pide por su familia, por sus preocupaciones y por su relación con Dios.)

Y mientras rezo por ellos me doy cuenta de que, cuando pienso en los deportistas que más admiro, en realidad no admiro solamente lo que consiguen, sino todo el esfuerzo que hay detrás y que no sale en redes ni en la televisión.

Me impresiona que alguien sea capaz de entrenar durante años para un momento que quizá dure unos segundos. Me impresiona la constancia de quien vuelve a empezar después de una derrota. Me impresiona la disciplina de quien sigue trabajando cuando todavía no llegan los resultados.

Y me impresiona algo más, Jesús. Ese deportista entrena sin saber si el momento llegará. Y yo muchas veces hago lo contrario: solo me esfuerzo cuando noto que algo cambia. En cuanto el camino se pone largo y oscuro, empiezo a preguntarme si merece la pena.

Pero tú sí ves lo que yo no puedo ver todavía. Ves el proceso aunque yo no lo sienta. Ves lo que está cambiando aunque yo no lo vea del todo.

Jesús, ¿por qué me gusta tanto la meta y tan poco el camino?

Quiero ser paciente, pero no me gusta esperar. Quiero aprender a perdonar, pero no me gusta que me hagan daño. Quiero confiar más en ti, pero no me gusta la incertidumbre. Y entonces me acuerdo de aquello que dijo el Papa Francisco a los jóvenes en la JMJ de Lisboa:

«A veces no tenemos ganas de caminar, no tenemos ganas de hacer esfuerzos, nos copiamos en los exámenes porque no queremos estudiar y no llegamos al éxito. (...) Detrás de un gol, ¿qué hay? Mucho entrenamiento. Detrás de un éxito, ¿qué hay? Mucho entrenamiento. Y en la vida, no siempre uno puede hacer lo que quiere, sino aquello que la vocación que tengo dentro —cada uno tiene su vocación— nos lleva a hacer. Caminar; si me caigo, levantarme o que me ayuden a levantarme; no permanecer caído; y entrenarme, entrenarme en el camino».

Señor, creo que muchas veces espero que cambies el resultado cuando tú estás trabajando en el proceso. Y quizá por eso me frustro tantas veces.

Pero hay algo que necesito reconocer con más honestidad. A veces no dejo de intentarlo porque estoy cansado de verdad. Lo dejo porque quiero evitar la incomodidad. Y eso es distinto.

Hay un cansancio honesto: el de quien ha dado lo que tenía y necesita parar. Tú lo entiendes. También tú te retiraste a descansar, también tú necesitaste silencio. Pero hay otro cansancio que en realidad es huida. Es el momento en que las cosas se ponen incómodas y yo decido que ya he hecho suficiente. Que esta vez no, mañana.

Y lo más difícil, Jesús, es que desde dentro los dos se parecen mucho. Los dos tienen la misma cara. Y muchas veces solo lo sé cuando ya ha pasado.

(Piensa ahora en alguna lucha concreta que estés viviendo. Algo que te esté costando especialmente. Preséntaselo a Jesús y pregúntale qué te quiere enseñar a través de ello.)

Y quizá debería haberlo entendido antes, Jesús, porque tú mismo elegiste enseñárnoslo así. Podías haber salvado el mundo de mil maneras distintas. Podías haber evitado el sufrimiento, la incomprensión, el cansancio y la Cruz. Sin embargo, no te saltaste el camino.

Pasaste treinta años de vida corriente antes de empezar tu vida pública. Aprendiste un oficio. Tuviste amigos. Caminaste por caminos polvorientos. Te cansaste. Lloraste. Fuiste incomprendido. Esperaste. Y cuando llegó el momento decisivo tampoco elegiste el atajo. Aceptaste la Cruz. Enséñame a recibirla de tus manos.

Señor, quizá muchas veces yo quiero llegar a la Resurrección sin pasar por el Viernes Santo. Quiero crecer sin esfuerzo, cambiar sin luchar y aprender a amar sin que me cueste nada. Pero tú pareces trabajar de otra manera. Tú aprovechas las circunstancias normales de cada día. Conversaciones corrientes, dificultades pequeñas, esfuerzos escondidos y oportunidades aparentemente insignificantes para ir transformando el corazón poco a poco.

Y por eso hoy quiero pedirte que me ayudes a alzar la mirada.

Que aprenda a valorar el camino tanto como valoro la meta. Que aprenda a ver los esfuerzos cotidianos no como molestias, sino como el lugar exacto donde me estás enseñando a amar.

Ayúdame a distinguir cuando estoy cansado de verdad y cuándo simplemente quiero ceder a la comodidad. Cuando sea lo primero, ayúdame a descansar sin culpa.

Porque muchas veces me desanimo cuando vuelvo a tropezar con los mismos defectos. Enséñame a descubrir que la santidad no consiste en no caer nunca, sino en volver a levantarse —y volver a ti— una y otra vez.

Y eso me da esperanza, Jesús.

No me sueltes la mano. Recuérdame, cuando me obsesione con la meta, que tú nunca desperdicias ningún esfuerzo hecho por amor. Que muchas veces lo que yo llamo simplemente entrenamiento es el lugar exacto donde me estás enseñando a ser hijo tuyo.

Porque mientras no te suelte la mano, siempre estaré avanzando.

Quédate conmigo esta noche.


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