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¡Mira a la estrella, llama a María!
San Bernardo

Retroceder mil años no es poco. Bueno, para ser más exactos, casi mil años.

Quizá te suena el famoso consejo que tiene casi mil años de San Bernardo, un francés de corazón inmenso y de talento asombroso: “¡mira a la estrella, llama a María!”. Como si fuéramos navegantes que necesitan orientarse. Navegantes que desafían oleajes y vientos. Gente que ha emprendido una aventura y le hace falta fuerza, esperanza, seguridad, ánimo.

Es un sermón vibrante, que te recomiendo rastrear en los mares de internet y leer con calma. Se le suele conocer como “el Sermón del Acueducto” y dirige el pensamiento hacia la Madre de Jesús: María de Nazaret, la Virgen Santísima.

Retrocedamos más todavía.

Desde el primer momento, los cristianos centraron su atención y su cariño en nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Mesías enviado por Dios. En un famoso texto paulino, por ejemplo, leemos que “Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos” (1 Timoteo 2).

Así se entendió siempre, desde hace dos mil años. Así seguía clarísimo hace mil (o casi mil años), y así sigue hoy. De hecho, la imagen que usa San Bernardo apunta justamente en esa dirección: tenemos sed y necesidad absoluta del agua que es Jesucristo (y sólo de Él). Pero, ojo: tenemos acceso al agua gracias a la existencia del acueducto. Es famoso el acueducto de Segovia, y con razón. María Santísima más, y con razón.

La salvación, la gracia, el ser hijos de Dios, lo hemos recibido por Jesús. Sin embargo, el aporte central de su Madre estuvo en primer plano desde siempre y se recogió también en los textos que se fueron escribiendo y agregando a las Sagradas Escrituras.

Echemos una mirada rapidísima. San Mateo consigna que los magos que venían desde Oriente buscando a Jesús lo encontraron en Belén, “con María, su madre”. San Lucas es muy similar, relatando que los pastores se acercaron al establo y hallaron al Mesías recostado en el pesebre, donde María lo había puesto con inmenso cariño. San Juan detalla todo lo de las Bodas de Caná y cómo esa intervención maternal fue central para que Jesús hiciera el primer signo milagroso, que hizo brotar la fe en sus discípulos.

El Emmanuel (“Dios con nosotros”) es uno solo: Jesús; anunciado por Isaías, testificado siglos después por San Mateo. Gracias a María tenemos al Señor, Luz del mundo. Ella dio a luz a la Luz, como anota San Pablo en la carta que escribió a los gálatas: “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gálatas 4).

Surgió muy naturalmente estar siempre en torno a María para así estar en comunión con Jesús. Lo vemos en el minuto cero de la Iglesia. Se recoge en los Hechos de los Apóstoles, cuando cuenta cómo se reunían y perseveraban unánimes en la oración, luego de la Ascensión de Jesucristo, en la espera del Espíritu Santo.

“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón.
San Bernardo

El mismo Señor lo había dispuesto así para un discípulo muy especial: Juan. Desde la Cruz le encargó el muchacho a su propia Madre, y le pidió también a ese discípulo tan fiel que cuidara de Ella. Más todavía: lo dejó dicho como algo que ya era una realidad. Les dejó claro que María era a partir de entonces madre para Juan (“Mujer, ahí tienes a tu hijo”), y él verdaderamente su hijo (“Ahí tienes a tu madre”). Una maternidad y una filiación de índole espiritual, por cierto. Pero maternidad y filiación verdaderas, firmes, maravillosas.

Por eso, entre un millón de testimonios de la piedad de los cristianos, hace casi mil años, San Bernardo animaba “en los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón”.

Poco tiempo después cuajó el rezo del Rosario.

Jesús era el Salvador prometido por Dios a Israel. El prometido a través de los profetas, a los patriarcas del Antiguo Testamento e incluso a Adán y Eva en el paraíso en aquel famosísimo diálogo que vino después del pecado original. Él y solamente Él. Solo Jesús es el Hijo de Dios. Sin embargo, quiso el Señor que los que lo recibieran y creyeran en su nombre pudieran llegar a ser hijos de Dios también ellos, por la gracia. Es lo que dice San Juan en el prólogo de su evangelio. Por eso, (sí: hace casi mil años) San Bernardo en el sermón del Acueducto habla del agua que es Cristo… y de cómo es gracias a María (y no sin Ella) que recibimos aquella agua ardientemente deseada.

Si volvemos a las palabras de San Pablo a los gálatas nos encontramos la conexión entre el hacerse hijo de María el Hijo de Dios cuando se encarnó y el podernos hacer hijos de Dios nosotros también cuando creemos en Él. Lo dice así: envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, “para que recibiéramos la adopción filial”.

Cada día iba a visitar a la Virgen del Pilar un jovencísimo Josemaría Escrivá, haciendo un recorrido que le requería cierto esfuerzo y que denotaba una fe grande en su intercesión maternal. Años después, cada vez que entraba o salía de su casa se acercaba a dar un beso a una imagen de María, una pequeña talla de madera a la que llamaba su Virgen de los besos. Tantos rosarios, rezados con cariño contemplativo. Tantas visitas más adelante a ermitas y santuarios marianos, por medio planeta. Y Torreciudad, una locura de amor agradecido, hacia el final de su vida.

Cuando Karol Wojtyla fue llamado por Dios para ser el Papa, se lanzó con un sí valiente. En enero de 1979 escribió que “el día 16 de octubre del año pasado, cuando después de la elección canónica, me fue hecha la pregunta: «¿Aceptas?». Respondí entonces: «En obediencia de fe a Cristo, mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades, acepto». Quiero hacer conocer públicamente esta mi respuesta a todos sin excepción, para poner así de manifiesto que con esa verdad primordial y fundamental de la Encarnación, ya recordada, está vinculado el ministerio, que con la aceptación de la elección a Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro, se ha convertido en mi deber específico en su misma Cátedra”. Diseñó también un escudo pontificio en que el centro era Jesús en la Cruz y María junto a Él, con un lema (totus Tuus) que mostraba su total confianza en la Virgen Santísima. Ella jamás le falló. Jamás. Tampoco el 13 de mayo de 1981.

Nunca ha fallado, a ninguno que haya acudido a su intercesión. También es de San Bernardo una oración con ese mismo ADN: el “Acordaos”. Por eso, ¡mira a la estrella, llama a María! Es un consejo práctico y eficaz. Un consejo sólidamente apoyado en la realidad de su mediación materna.