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Unos jóvenes se retan en una plaza: alguien hace un gesto, otro lo graba, y empieza la competición por ver quién tiene más aura. Tener aura es demostrar que dominas el código, que no eres un NPC —un personaje gris, sin autonomía—, que sabes moverte. Puedes farmear +1000… o perderla toda en un segundo.

Visto de fuera parece un juego nuevo, pero por debajo late algo viejísimo: el deseo de ser reconocidos, de que el grupo nos valore, de importar, de que alguien note lo que hacemos. El aura solo le ha puesto un nombre nuevo a un deseo de siempre. Pero cuando se pierden los puntos, ¿qué queda? ¿Hay algo que dure más que el aura?

Las redes están llenas de gente que sabe captar atención, y es un talento real. El problema empieza cuando confundimos atención con valor. La atención se gana rápido, casi de un día para otro, y por eso mismo es fácil que se disfrace de valor sin serlo. Pero tú vales infinitamente más que cualquier atención que puedas generar en una pantalla.

Una luz prestada

Piensa en los cuadros antiguos. Durante siglos, los pintores rodeaban de oro la cabeza de ciertas personas con una aureola. No porque esas personas brillaran por sí mismas, sino para hacer visible algo que se percibía al estar cerca de ellas: una luz que no les pertenecía.

Aquel brillo no era mérito suyo, solo lo reflejaba. El cuadro lo decía con pocos trazos: todo lo grande que ves aquí no ha salido de esta persona, le ha sido regalado.

Esa luz tiene un nombre: la gracia. Es Dios compartiendo su vida contigo. Y cuando lo dejas obrar, los talentos que te ha dado empiezan a dar fruto: creces tú y mejora el trozo de mundo que tienes entre manos. Seguro que has conocido a alguien así: alguien que reza en serio, que trata a Dios como a un amigo, y de cuya compañía sales distinto —más ligero, con ganas de ser mejor— sin que haya hecho nada espectacular. No te ganó con una pose. Llevaba a Dios dentro, y se le notaba.

Son los santos de la puerta de al lado, los de la vida normal. La inmensa mayoría no tendrá jamás una fecha en el calendario, pero algunos sí llevan ya un buen trecho camino de los altares, y no son estampas antiguas: la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, química; los venerables Isidoro Zorzano, ingeniero, y Montse Grases, que murió con 17 años; Pedro Ballester, estudiante de ingeniería, que falleció de cáncer a los 21 en Mánchester; Marcelinho Câmara, un fiscal brasileño que se fue a los 28. Gente corriente.

Nadie los contaba ni les daba puntos, pero dejaron una huella profunda en su familia, en sus amigos, en muchísimas vidas. Hay gente que acumula millones de visualizaciones y desaparece al cabo de unos meses. Ellos, en cambio, siguen iluminando vidas décadas después.

Los cuatro del tejado

Esto de atreverse a hacer el bien sin buscar reconocimiento tiene una escena en el Evangelio.

Cafarnaúm. Una casa a rebosar, imposible entrar por la puerta, gente hasta en la calle. Cuatro personas cargan una camilla con un amigo enfermo que no puede moverse. Podrían haberse dado la vuelta al ver la multitud. En vez de eso, suben al tejado, lo destapan y descuelgan al amigo con cuerdas, delante de todos, hasta dejarlo a los pies de Jesús.

No lo hicieron para figurar —el Evangelio ni guarda sus nombres—, pero tampoco se escondieron: subieron a ese tejado a la vista de todos, sin que les importara hacer el ridículo. Una fe que se atreve, que da la cara. Y funciona: «al ver Jesús la fe de ellos», perdona y cura al amigo.

¿Y tú? ¿Por quién estarías dispuesto a hacer algo semejante? A lo mejor es ese amigo que lo está pasando mal y al que todos esquivan. A lo mejor es atreverte a que se te note que crees, en un grupo donde eso resta puntos. Llevar a alguien hasta Jesús casi siempre exige pasar un poco de vergüenza.

Hoy quizá no te pidan subir a un tejado. Quizá solo te pidan bendecir la mesa antes de comer con amigos, defender a quien todos critican, o admitir que vas a Misa. Cosas pequeñas que, en ciertos ambientes, te podrían hacer perder aura. Pero justo ahí, empieza la libertad.

Mientras tanto, están los que más saben de religión: los que se conocen la Ley de memoria, los maestros a quienes todos respetan. Y lo único que hacen es calcular y juzgar. Están tan acostumbrados a mirar solo las apariencias que se pierden lo único que de verdad está pasando: que ahí delante alguien está cambiando por dentro.

Y fíjate en lo primero que Jesús le dice al enfermo. No es «levántate». Es «hijo». Antes de curarle el cuerpo, le recuerda que tiene un Padre en el cielo que vela por él.

Hijo

Ese «hijo» de Cafarnaúm también va dirigido a ti. Es tu identidad más íntima: hijo de Dios. Tu valor ya está dado, no depende de la opinión de los demás.

Eso, bien entendido, es humildad: no achicarte ni creer que no vales, sino saber quién eres y saber que lo mejor que tienes es regalado. Quien intenta ser humilde no necesita competir para demostrar su valor, porque ya lo tiene. Por eso puede gastarse por otros sin pedir nada a cambio.

Y no es apocarse: es lo contrario, esa actitud te lanza. Un hijo de Dios puede mirar la vida de frente —los exámenes, las decisiones grandes, el futuro que asusta— sin necesitar el aplauso ajeno. San Josemaría lo pedía sin rodeos: nada de «almas de vía estrecha», al contrario, almas de grandes horizontes. Y lo resumía en dos palabras: «¡Dios y audacia!» (Surco, 96).

Querer que se note lo bueno que haces no está mal en sí mismo. Hasta puede empujarte a hacerlo mejor. Lo que lo cambia todo es hacerlo con Dios: entonces la mirada de los demás deja de ser lo que te sostiene.

Porque el bien de verdad se juega en cosas pequeñas y sin público: hacer bien la parte ingrata de un trabajo que nadie te va a agradecer, recoger los platos que ensució otro sin llevar la cuenta, ponerte del lado de aquel del que todos se ríen aunque eso te reste aura. Ninguna de esas cosas se ven ni se virailiza, y quizá por eso valgan tanto. Como explicaba san Josemaría: «la perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (Camino, 813), aunque no sean tendencia.

¿Y de dónde saco esa audacia, esa fortaleza?

Todo esto suena bien, pero ¿de dónde sale la fuerza para vivirlo? No se farmea, no es algo que se fabrique uno mismo. Se recibe de rodillas, en la oración de cada día, ese rato a solas en que hablas y escuchas a Jesús. Se recibe en la Confesión, que te deja limpio y nuevo. Y se recibe, sobre todo, cuando comulgas en la Eucaristía. En esos encuentros es donde se farmea la única aura que dura.

San Josemaría lo veía en Juan el Bautista: lo tenía todo para ser el protagonista —la gente lo seguía— y, sin embargo, al llegar Jesús, se hizo a un lado: «es preciso que Él crezca y yo disminuya» (Juan 3,30). «Ocultarse y desaparecer, que solo Jesús se luzca», decía. Como la levadura, que transforma la masa entera precisamente porque desaparece dentro de ella.

Farmea aura para Dios

Así que, si quieres, sigue farmeando aura. Pero apunta más alto: ser muy hijo de Dios y dejar que sea Él quien brille. Que cuando alguien pase un rato contigo no se lleve solo tu pose, sino un poco de la luz de Dios.

Esa es la única luz que no se apaga. Pídesela hoy, a solas, a Jesús, porque el aura de las redes dura horas, y la de los santos, siglos.