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A veces te cansan los demás. Sus egoísmos. Sus incoherencias. Sus manías. Te desgasta ver sus equivocaciones, te decepcionan o reciben cariño sin parecer merecerlo. Jesús conocía muy bien ese corazón. Por eso contó una parábola sobre dos hermanos y un padre que nunca deja de salir al encuentro de sus hijos. Y quizá, sin darte cuenta, esa historia también habla de ti.

Un hermano que se queda

Hay días en que no te reconoces en el hijo pequeño: aquel que reuniendo toda su herencia, se marchó de casa y malgastó su fortuna viviendo con desenfreno. Tú, en cambio, no has pedido la herencia. No te has ido lejos. No has malgastado nada. Más bien te pareces al otro. Te has quedado. Has cumplido. Has hecho lo que tocaba. Has estado cuando había que estar.

Pero sin darte mucha cuenta, has empezado a mirar la vida como quien lleva una cuenta exacta de todo lo que da.

Eso le pasa al hermano mayor de la parábola. Vuelve del campo. Cansado. Quizá sudando todavía. Y oye música. Risas. Gente entrando y saliendo de casa. Pregunta qué ocurre y la respuesta le golpea como una piedra: «Tu hermano ha vuelto».

Tu hermano. No «el perdido». No «el desastre». No «el que arruinó la familia». Tu hermano.

Y entonces algo se rompe por dentro. O quizá algo que llevaba roto mucho tiempo sale por fin a la superficie. Porque el problema no empieza cuando el hermano pequeño vuelve. Empieza mucho antes.

Empieza cuando te acostumbras a vivir cerca de un amigo sin vivir realmente con él. Cenan juntos pero cada uno con el móvil. Se cruzan en el pasillo y se saludan sin apenas alzar la cabeza. Y cuando el pequeño se va, el mayor no hace nada para que se quede. Le deja marchar. Quizá lo deseaba. Un problema menos. Una carga menos.

Tal vez te ha pasado. ¿Cuántas veces has pasado una tarde entera con alguien —en la biblioteca, en casa, en un viaje— y en el fondo estabas llevando la cuenta de todo lo que dabas y no recibías? ¿Alguna vez te has encontrado ayudando solo para que alguien lo note?

Miras alrededor. Comparas. Mides quién recibe más atención; quién decepciona y aun así cae bien; quién llega tarde y parece encontrar siempre la puerta abierta.

Y así, poco a poco, tu corazón se ha llenado de pequeños rencores, de miradas frías, de conversaciones banales, de críticas. Y percibes en todo ello, una tristeza de fondo.

El encuentro con el padre

El hermano mayor se enfadó y no entró a la fiesta porque piensa que es injusta. Y quizá tiene parte de razón. Hay algo escandaloso en el amor del padre. Algo desproporcionado. Algo que no encaja en la lógica del mérito.

Eso irrita. Sobre todo, cuando llevas tiempo intentando ser correcto. A veces piensas que la cercanía a Dios debería darte cierta tranquilidad. Una especie de recompensa silenciosa. Pero no siempre ocurre. A veces lo que aparece es cansancio. O dureza. O una forma elegante de resentimiento.

El hermano mayor dice una frase muy reveladora: «Hace tantos años que te sirvo y nunca dejé de cumplir una orden tuya». Te sirvo. No dice: «Hace tantos años que estoy contigo». Ni siquiera: «Hace tantos años que soy tu hijo». Habla como un empleado.

Ese hijo no solo ha perdido a su hermano, también ha perdido a su padre. Todo ha ido sucediendo poco a poco. Distanciándose de los dos. Sin querer entrar de verdad en lo que cada uno tenía en su corazón.

El hermano mayor ha centrado su vida en el hacer, en el cumplir. El primero en llegar, el último en irse. Sin quejarse. Y aun así se habrá preguntado lo que tú quizás también: ¿es suficiente con lo que soy, o necesito ser el preferido?

Hay personas que se alejan haciendo ruido. Y otras que se alejan cumpliendo perfectamente. Quizá por eso esta parábola incomoda tanto. Porque el hermano mayor tiene algo muy reconocible. Deja de mirar personas y empieza a mirar balances.

Pero el padre no habla de cálculos. Habla de fraternidad. «Ese hermano tuyo estaba muerto y ha revivido». No dice: «Mi hijo». Dice: «Tu hermano». Como si intentara levantarle la mirada. Sacarlo de sí mismo.

Porque el hermano mayor lleva años mirándose a sí mismo. Sus méritos. Su cansancio. Su fidelidad. Su enfado. Y mientras mira eso, deja de ver lo más importante: alguien ha vuelto a casa.

A veces haces eso sin darte cuenta. Te acostumbras tanto a analizar tu lugar, tu esfuerzo, lo que recibes o no recibes, que ya no celebras nada. Ni que un amigo haya dado un giro en su vida. Ni que alguien de tu grupo esté pasando por un buen momento. Ni siquiera tu propia cercanía a Dios. Todo se vuelve obligación, carga, lastre.

La mesa está servida: la fiesta de la Eucaristía

El padre escucha todo eso sin enfadarse. Y sale a buscarlo, igual que antes había salido corriendo hacia el pequeño. Eso también impresiona. Porque el padre no solo sale hacia el que se pierde lejos. También sale hacia el que se pierde cerca. Hacia el que anda con la cabeza baja sin imaginar la acogida que le espera.

Y le invita a que entre y sea posible un reencuentro con hermano, aunque le cueste.

Pero el hermano mayor parece que no se atreve a compartir con su hermano el «pan de la fraternidad». No quiere convertir esa fiesta en una verdadera comunión. Porque piensa que su hermano no lo merece.

Pero la mesa del padre no funciona así. Ha salido corriendo. Lo ha abrazado y llenado de besos. Lo ha vestido, le ha puesto el anillo y las sandalias. Ha vuelto su hijo y quiere celebrarlo. Te ha perdonado y apenas te diste cuenta.

Igual que en la Eucaristía. Dios Padre no espera que seas impecable. Sale a buscarte y tiene preparado un puesto para ti. No porque te lo merezcas, sino porque tienes hambre —y él lo sabe antes de que tú lo digas. Te llama porque lo necesitas.

El hermano mayor parece incapaz de entrar porque, en el fondo, cree que la casa funciona como un premio. Y el padre intenta explicarle otra lógica: «Todo lo mío es tuyo». No tienes que competir por su amor. No hace falta ganarse un sitio. Qué descanso sería creer esto de verdad.

Dios no espera que seas impecable. Sale a buscarte y tiene preparado un puesto para ti.

A veces miras a un compañero que es más popular o tiene mejores notas que tú como a un rival, incluso sin darte cuenta. ¿Cuántas veces tu primera reacción ante alguien que te cae mal es buscar un defecto que justifique lo que ya sientes, tu rivalidad o tu antipatía?

La parábola termina de forma extraña. No sabemos si entra o no entra. Y quizá precisamente por eso sigue abierta. Porque la pregunta pasa a ser tuya.

Si hoy el padre saliera a buscarte fuera de la fiesta, ¿qué le dirías?

Quizá todavía te cuesta entrar. Pero el padre sigue fuera, hablando contigo. Mirándote. Esperando que entres, alces la mirada y te dejes vencer por la fuerza de su amor.