Hay veces en las que la vida no cambia en una iglesia llena, ni en una gran conferencia, ni en un momento épico con música de fondo. A veces cambia en un almacén refrigerado a tres grados, moviendo cajas de leche de doce kilos mientras alguien te grita en un idioma que apenas entiendes.

Todo empezó cuando aterrizó en Inglaterra pensando que iba a trabajar en Manchester. Pero nada más llegar, la empresa le llamó: «No, que no te vas a Manchester, te vas a Northampton». Acabó en una casa «cochambrosa», abierta por «dos rumanos gigantes de dos por dos con un machete en la puerta». Y ahí, entre polacos, españoles, rumanos y búlgaros que trabajaban para sacar adelante a sus familias, empezó a darse cuenta de algo incómodo: él había recibido muchísimo.

Mientras otros sobrevivían, él estaba allí «por vivir la experiencia». Y aquello le golpeó por dentro.

«Después de otro día duro de perderme en Inglaterra, sentí que Dios me decía: "Yo estoy contigo"»

Los días eran duros. Autobuses perdidos. Madrugones imposibles. Cruces de parques nevados a las seis de la mañana para llegar a la fábrica. Pero en medio de ese caos empezó a sentir algo inesperado. «Yo estoy contigo.» Esa frase se le repetía una y otra vez. Perdido en medio de Inglaterra, sintió que Dios no aparecía solo en lo extraordinario, sino también en el cansancio, el frío y la incertidumbre.

Volvió a España distinto. Con una sensación clara: «He recibido mucho, tengo que dar mucho». Empezó entonces una lucha interior más complicada que cualquier turno en la fábrica. Tenía novia, estaba enamorado y comenzaba su vida profesional. Pero aquella voz seguía insistiendo. Sintió que Dios le pedía algo más grande: una vida de entrega en el celibato.

Cuando se lo contó a ella, llegó una de las escenas que más recuerda. «Le dolía, pero se alegraba porque estaba siendo valiente». Después de acompañarla a casa, esperó a que entrara en el portal. Y entonces se rompió. «Me pongo a llorar en mitad de la calle como una magdalena».

Pero, extrañamente, junto al dolor apareció una paz inmensa.

Hoy habla del celibato como «amar como amaba Jesucristo», como vivir para muchos, acompañar adolescentes, escuchar, ayudar y «tratar de ser luz en medio del mundo». Porque después de todo, entre fábricas heladas, despedidas y dudas, hay una idea que se le quedó grabada para siempre: «Merece la pena dar la vida por los demás».