San Josemaría y la Virgen de Montserrat

San Josemaría y la Virgen de Montserrat

San Josemaría fue un gran devoto de la Virgen de Montserrat. Hay constancia de una intensa relación con el santuario durante los años 40, especialmente a finales de 1946, año en que se trasladó a vivir establemente a Roma. El cariño por esta advocación, no obstante, continuó para siempre. Fue precisamente en la fiesta de la Virgen de Montserrat de 1954 cuando fue curado de la diabetes, después de un ataque fortísimo en el que estuvo a punto de morir.

San Josemaría y los Ángeles Custodios

San Josemaría y los Ángeles Custodios

Mons. Alvaro del Portillo, primer sucesor del fundador del Opus Dei, recuerda en la entrevista realizada por Cesare Cavalleri, cómo era la devoción de san Josemaría a los Àngeles Custodios, en cuya fiesta Dios le hizo ver el Opus Dei.

El matrimonio, un sacramento, un ideal y una vocación

El matrimonio, un sacramento, un ideal y una vocación

El Fundador del Opus Dei difundió por el mundo amor a la familia. En unos tiempos en que la santidad parecía más bien cosa reservada a religiosos y sacerdotes, Dios se sirvió de él, para hacer ver a muchos matrimonios que la vida conyugal es un verdadero camino de santidad en la tierra.

Villa Tevere: La historia de diez años entre andamios y albañiles

Villa Tevere: La historia de diez años entre andamios y albañiles

San Josemaría viajó a Roma por primera vez en 1946. Poco después decidió establecer la sede central del Opus Dei en la capital italiana. En "El hombre de Villa Tevere" Pilar Urbano sigue los pasos de san Josemaría en la búsqueda del inmueble adecuado para este fin, y las ‘aventuras’ de la construcción de la sede definitiva.

San Josemaría a la Virgen del Pilar: «¡Señora, que sea!»

San Josemaría a la Virgen del Pilar: «¡Señora, que sea!»

«A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!: Señora, que sea de mí lo que Dios quiere que sea». San Josemaría.