Evangelio del miércoles: la ternura detrás de la ira

Comentario del miércoles de la 2° semana del tiempo ordinario. "Entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre: Extiende la mano. La extendió, y su mano quedó curada". La mirada airada de Cristo manifiesta al mismo tiempo su ternura, porque lo que le duele es que se rechace su misericordia. Podemos alegrar el corazón del Señor acudiendo a su misericordia y tratando a los demás de la misma manera.

Opus Dei - Evangelio del miércoles: la ternura detrás de la ira

Evangelio (Mc 3,1-6)

De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle. Y le dice al hombre que tenía la mano seca:

— Ponte de pie en medio.

Y les dice:

— ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela?

Ellos permanecían callados. Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre:

— Extiende la mano.

La extendió, y su mano quedó curada.

Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.


Comentario

Son contadas las ocasiones en las que los evangelistas dejan ver alguna reacción de enojo de Jesucristo. Él, que es todo pureza y santidad, acogía sin ningún reparo a los pecadores que se le acercaban, sin dar muestras de acritud o dureza. Sin embargo, parece que Jesús simplemente perdía la paciencia con aquellos fariseos que miraban con lupa todo lo que hacía para encontrar algún indicio de que estuviera rompiendo la ley.

¿Qué tenía el pecado de estos fariseos para provocar la ira de Jesús? Dice el Evangelio que al Señor le dolía “la ceguera de sus corazones”. Es el endurecimiento, la obstinación de no querer aceptar las explicaciones sobre el sentido auténtico de la ley, lo que tanto duele a Cristo. Se trata de una ceguera ante la acción de la misericordia de Dios, que desborda los límites que los fariseos le querían imponer a través de una regulación excesiva de la práctica religiosa.

Esa ira de Cristo manifestaba al mismo tiempo su ternura: Él sufría al ver que se rechazaba el maravilloso don de la misericordia. Por eso, no es una reacción que haga menos amable la figura de Jesús sino, al contrario, la hace aún más atractiva. Si Cristo se siente herido ante el rechazo del regalo de su misericordia, ¡cuánta mayor alegría le daremos si sabemos acogerla con agradecimiento! Una alegría que se multiplica cuando el Señor ve que nosotros aprendemos a mirar también con compasión a los demás, sin poner condiciones a la acción de su misericordia.