Meditaciones: miércoles de la 11a semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el miércoles de la undécima semana de tiempo ordinario. Los temas propuestos son: muchos santos nos acompañan; el recuerdo de quienes conocieron a san Josemaría; cada uno tiene su propio camino de santidad.

«EL SEÑOR iba a arrebatar a Elías a los cielos en un torbellino» (2 Re 2,1). Era cosa sabida, y allá donde iban, todos decían a Eliseo, que acompañaba al profeta: «¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?» (2 Re 2,3.5). «También yo lo sé. Guardad silencio» (ibid), respondía Eliseo, que no se separaba de su maestro. Un día que marcharon ellos dos solos, «se detuvieron junto al Jordán. Elías se quitó el manto, lo dobló y golpeó las aguas, que se separaron a un lado y a otro; y los dos pasaron por tierra seca. Cuando hubieron pasado dijo Elías a Eliseo: “Pide qué he de hacer por ti antes de que sea arrebatado de tu lado”» (2 Re 7-9).

La separación es inminente. Ahora que Eliseo sabe que el profeta está para marcharse, expresa humildemente el deseo de que aquella presencia no lo abandone completamente: «Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu» (2 Re 2,9). No se atreve a pedirlo todo. Eliseo no pretende ser como su maestro, pero no quiere dejar de contar con aquella fuerza de Dios. Se está bien al lado de los santos, porque de alguna manera nos hacen al Señor más cercano. «Toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida han sido faros para muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado»1.

«No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios (...). Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante (...). La santidad es el rostro más bello de la Iglesia»2.


«HAS PEDIDO algo muy difícil –respondió Elías a la petición de Eliseo–. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá» (2 Re 2,10). Continuaron «andando y hablando y, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ambos, y Elías fue arrebatado a los cielos en un torbellino. Eliseo lo veía y gritaba: “¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!”. Y ya no lo vio más. Entonces agarró sus propias vestiduras y las rasgó en dos pedazos» (2 Re 2,11).

La sensación que experimentó Eliseo quizás fue similar a la que experimentaron los discípulos cuando Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, y, salvando las distancias, a la de quienes han vivido junto a personas santas y las han visto partir. Conmueve ver cómo, por ejemplo, quienes conocieron a san Josemaría, han mantenido siempre vivo el dolor de la separación y el recuerdo agradecido de los momentos compartidos. El beato Álvaro, que convivió estrechamente con él tanto años, lo explicaba así: «Nuestro Padre nos había engendrado a la vida sobrenatural de la vocación divina, nos había alimentado con su espíritu, nos formó y nos confirmó en la fe, nos sostuvo con seguridad cuando todo se volvía duda en torno de nosotros, dirigió nuestros pasos, nos dio el calor de su corazón enamorado de Dios, nos consoló en las penas y llenó de alegría nuestro caminar, nos enseñó a querer, injertó nuestra debilidad en su fortaleza haciendo así posible nuestra lealtad. Por eso, porque de tal manera vivíamos de su misma vida y como a sus expensas, cuando el Señor le llamó a su definitiva presencia aquel 26 de junio, por un breve instante a más de uno pudo parecer que todo moría para nosotros»3. Solo un breve instante, lo que basta para darse cuenta de que Dios no abandona a los suyos.

Eliseo «recogió el manto de Elías, que se le había caído a este de encima. Volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. Tomó el manto de Elías y golpeó las aguas diciendo: “¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?” Entonces golpeó las aguas, que se retiraron a un lado y a otro, y Eliseo pasó. Cuando los discípulos de los profetas que estaban en frente, en Jericó, lo vieron, exclamaron: “El Espíritu de Elías reposa sobre Eliseo”» (2 Re 2, 13-15). Y Eliseo comenzó su actividad, en continuidad con aquella de su maestro.


LA ACTIVIDAD de Eliseo, aunque no fue tan espectacular como la de Elías, supuso igualmente la manifestación de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Se caracterizó por sus tonos peculiares, como una particular cercanía, especialmente hacia los más necesitados. Aunque Eliseo había pedido dos partes del espíritu de Elías, en realidad sencillamente sucede que el espíritu se manifiesta de manera diferente en cada persona. Como dijo Juan Bautista: Dios «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). «Hay, sí, diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo (...), que distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,4.11).

«Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar»4. El Señor nos empuja a asumir sin miedo nuestra personalísima misión en el mundo, impulsándonos en las vidas de los santos. «Se trata de una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»5.

Nosotros nos insertamos, por la misericordia de Dios, en esta cadena de gracia y generosidad que recorre la historia de la salvación. Podemos pedir, con san Josemaría, «que en cada uno esté el espíritu de María»6. Así iremos por el mundo sin miedo, viviendo nuestra personal aventura divina.


Benedicto XVI, Audiencia, 13-IV-2011.
Francisco, Gaudete et exsultate, nn. 6-9.
Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 1-VI-1976, n. 97.
Francisco, Christus vivit, n. 162.
Mons. Fernando Ocáriz, Mensaje, 7-VII-2017.
San Josemaría, Amigos de Dios, n. 281.