Meditaciones: martes de la 11a semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el martes de la undécima semana de tiempo ordinario. Los temas propuestos son: el valor de reconocer el mal cometido; buscar la justicia de Dios; la alegría de toda conversión.

«APENAS SUPO Ajab de la muerte de Nabot, se levantó para bajar a la viña y apropiarse de ella» (1 Re 21,16). Entonces Dios envió al profeta Elías, para que hiciese ver al rey la gravedad de su delito: «¡Has asesinado y además has robado! Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también la tuya”. Ajab respondió a Elías: “Enemigo mío, me has descubierto”» (1 Re 21,19-20). En un primer momento, Ajab apenas reacciona, y considera la denuncia de aquel profeta como una cuestión personal. Pero Elías pone enseguida las cosas en su verdadero plano: «Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor». Y ese mal que tú y tu mujer habéis cometido, traerá la desgracia sobre vosotros y sobre todos los de vuestra casa (cf. 1 Re 21, 21-24).

Ajab reconoció la voz del Señor en estas palabras del profeta, así que «rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido» (1 Re 21,27). ¡Qué distinta esta tristeza, de aquella que, antes, le había llevado a hacer el mal! Es el suyo un dolor bueno, que manifiesta arrepentimiento, buena voluntad, que agrada a Dios y le permite volcar su misericordia: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días» (1 Re 21,29).

Conmueve ver la paciencia con la que Dios interviene en la vida de este rey, llena de encuentros y desencuentros. Vemos cómo Dios respeta la libertad de los hombres, y cómo nuestras acciones repercuten, para bien o para mal, en la manera en la cual moldeamos nuestra vida, en las personas que nos rodean y en el mundo. «El juicio de la conciencia lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios»1.


«HABÉIS OÍDO que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,43-45). Jesús nos anima a aprender de la misericordia de Dios, que descubrimos en el episodio de la viña de Nabot y en tantos otros pasajes de la Escritura. Dios nunca se olvida del hombre, por grande que sea su culpa; busca siempre la conversión de quien yerra, que es la mejor manera de restablecer una justicia más alta. Además, nos anima a cooperar con él en esta tarea que, muchas veces, requiere un cambio de mentalidad por nuestra parte.

«Pienso en quienes están encerrados en la cárcel. Jesús no se ha olvidado de ellos. Poniendo la visita a los encarcelados entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, ante todo, a no erigirnos jueces de nadie. Un cristiano está llamado a hacerse cargo de la otra persona, para que quien se haya equivocado comprenda el mal hecho y vuelva en sí mismo (...). Todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto caer por las mejillas de reclusos que quizás jamás habían llorado en su vida; y esto solo porque se sintieron acogidos y amados»2.

Estamos llamados a ver a Cristo también en quienes han sido considerados deudores según la justicia humana. San Josemaría, al considerar ese mandato del Señor de encontrarlo en los hambrientos, en los sedientos y en los encarcelados, comentaba que mientras eso no suceda «vives muy lejos de Dios con tu falsa piedad, aunque mucho reces»3. Alcanzar esa justicia más alta de Dios, que ansía la conversión de todos porque ama a todos, tiene su inicio en nuestra propia conversión. Es en nuestro interior en donde, empujados por la gracia, podemos dar inicio a esa gran reconciliación.


ESTE DESEAR, con nuestro Padre Dios, la conversión de quien yerra, no se opone al deseo de que se haga justicia. Queremos que desaparezca el mal, y que se anulen sus consecuencias, para que sea restablecida la justicia, pero sin destruir a la persona que lo ha cometido. Seguimos la lógica de Dios, que no quiere «la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11). Movidos por este ejemplo, «hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien»4.

No es contrario a la misericordia el castigo del mal cometido, que favorece la conversión del que se equivoca. Lo que se opone propiamente a la misericordia es la envidia, esa tristeza por el bien ajeno que revela la mezquindad del corazón5. Dios quiere que nos alegremos por la conversión del pecador, como se alegra el pastor que encuentra la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7), o el padre por el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31). ¡Qué maravilla compartir la alegría de Dios por cada pequeño gesto de conversión nuestro o de quienes nos rodean! «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse» (Lc 15, 31).

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice Jesús hoy en el evangelio. María, que es Espejo de justicia y Madre de misericordia, nos ayudará a tener siempre un corazón grande, capaz de compadecer y de curar, para que se asemeje cada vez más a la perfección del corazón de Dios.


San Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 61.
Francisco, Audiencia, 9-XI-2016.
San Josemaría, Surco, n. 744.
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.
Cfr. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 30, a. 3, ad 2.