Meditaciones: jueves de la 33.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el lunes de la semana treinta y tres del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: Jesús llora por Jerusalén; El engaño del pecado; Descubrir los dones de Dios.

- Jesús llora por Jerusalén.

- El engaño del pecado.

- Descubrir los dones de Dios.


A MITAD DE la ladera del Monte de los Olivos, al este de Jerusalén, se sitúa la iglesia conocida como Dominus flevit. Según la tradición, fue allí donde Jesús, «al ver la ciudad, lloró por ella», pues muchos no lo reconocieron como el Mesías. «Vendrán días sobre ti –dijo el Señor, profetizando la destrucción de Jerusalén– en que no solo te rodearán tus enemigos con vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti» (Lc 19,43-44). Como todo judío piadoso, el Señor amaba Jerusalén. Desde su presentación en el Templo, esa ciudad sería un lugar destacado para su misión. Allí acudía a rezar, a predicar, a realizar milagros… Por eso, no permanece indiferente ante la suerte que va a correr.

Pero lo que más preocupa a Jesús son aquellos hombres y mujeres que no han querido acogerlo como Mesías. Su reacción es la de cualquier persona cuando ve sufrir a alguien a quien quiere: llora por el otro. El Señor, como sucedió aquel día al divisar Jerusalén, sufre por el mal que nos causamos a nosotros mismos por el pecado. «¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor!»[1], canta un himno litúrgico. Hemos merecido no solo las lágrimas de Dios, sino hasta la última gota de su sangre. El Señor «no puede mirar a la gente y no sentir compasión»[2]. Sus lágrimas por Jerusalén nos muestran cómo es el corazón de Dios y cómo reacciona cuando nos alejamos de él. Podemos pedirle que también nuestro corazón sea más sensible ante el drama del pecado para, abriéndonos a su gracia, traer consuelo a quienes nos rodean.


EL SEÑOR llora por Jerusalén porque no han reconocido a Dios, y eso solo puede causar sufrimiento. Es el drama que recorre la historia de la humanidad: el del amor fiel de Dios que nos busca para establecer una alianza de amor, y las infidelidades en el corazón del hombre por el pecado. «A la luz de toda la Biblia, esta actitud de hostilidad, de ambigüedad o de superficialidad representa la de todo hombre y del mundo –en sentido espiritual–, cuando se cierra al misterio del Dios verdadero, que sale a nuestro encuentro con la desarmante mansedumbre del amor»[3].

Algunos autores de la antigüedad cristiana han considerado que «nosotros somos aquella Jerusalén sobre la que Jesús lloró»[4]. Cuando nos dejamos engañar por el pecado, es ese mismo mal que nos causamos a nosotros lo que, de alguna manera, aflige al Señor. El verdadero drama del mal no es tanto la desobediencia a una regla o una norma; es, sobre todo, «una expresión de rechazo a su amor, con la consecuencia de cerrarnos en nosotros mismos, iludiéndonos de encontrar mayor libertad»[5]. Todo pecado termina por mostrar su falsedad, al privarnos de la alegría y de la paz que nos ofrece Dios.

Por el contrario, la vida junto a Cristo nos lleva a abrirnos a los demás y a encontrar la verdadera libertad. No es una existencia marcada por la resignación a someternos a alguna regla exterior. Se trata, más bien, de una vida conducida por el amor que intenta descubrir la verdad y la belleza de todo lo que ha revelado Dios y de todas las actividades cotidianas. «Me gusta hablar de aventura de la libertad –decía san Josemaría–, porque así se desenvuelve vuestra vida y la mía. Libremente –como hijos, insisto, no como esclavos–, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios»[6].


ALREDEDOR DEL AÑO SETENTA, la ciudad santa fue cercada por las tropas romanas. Después de un largo asedio, el templo fue destruido y sus murallas completamente arrasadas. Se cumplió así la profecía del Señor: «No dejarán en ti piedra sobre piedra» (Lc 19,44). Jesús, lógicamente, no se alegra del desastre que más tarde se verificará, sino que llora por Jerusalén. Él no ha venido a condenar, sino a anunciar la paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos (cfr. Ef 2,17). Por eso, mientras la contempla, se dirige al pueblo que allí habita de esta manera: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42). Estas palabras parecen un eco de las que escuchó la samaritana junto al pozo de Sicar: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10).

La vida cristiana empieza por descubrir el más grande «don de Dios»: que somos sus hijos. Día tras día él está a nuestro lado, nos espera en cada momento. Para amar al Señor «con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza» (Mc 12,33), no tenemos que hacer necesariamente cosas fuera de lo ordinario. Vivimos recibiendo ese don de Dios cuando nos damos cuenta de que hay una gracia –un regalo divino– esperándonos en cada momento y en cada persona que está a nuestro lado. Allí, en medio de las batallas de la vida ordinaria, podemos alcanzar la paz que tanto deseamos.

Santa María es reina de la paz. «No ceses de aclamarla con ese título: «Regina pacis, ora pro nobis!» –Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?... Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[7]. La Virgen nunca dejó pasar ningún don que Dios le ofreció y por eso pudo recibirlo en sus propias entrañas: podemos acudir a ella para que también nosotros nos abramos a la paz que nos ofrece su hijo en cada momento.


[1] Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia Pascual.

[2] Francisco, Homilía, 29-III-2020.

[3] Benedicto XVI, Ángelus, 6-I-2009.

[4] Orígenes, Homilía 38, sobre el evangelio de Lucas; PG 13, 1896-1898.

[5] Francisco, Audiencia, 30-IV-2016.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 35.

[7] San Josemaría, Surco, n. 874.

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