Meditaciones: domingo de la 3.ª semana tiempo ordinario (ciclo A)

Reflexión para meditar el 3.º domingo del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: confiar en la luz de Cristo; fijarse en lo que une; Jesús ilumina nuestra vida.


EL PROFETA Isaías habla de un pueblo que caminaba en tinieblas y que llegó a ver «una gran luz» (Is 9,1). Sus habitantes, acostumbrados a morar entre sombras, se llenan de gozo, pues la oscuridad que los envuelve se disipa. Esta profecía anuncia lo que supone la llegada de Jesús al mundo: él es esa «gran luz» que da sentido a la vida de los hombres y que libera de la oscuridad del pecado.

La razón de nuestra alegría no es otra que sabernos salvados por Cristo. «El Señor es mi luz y mi salvación –exclama el salmista–: ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). Él nos ofrece una paz que no depende de las circunstancias externas o de nuestro estado de ánimo, sino de algo mucho más seguro: la certeza de que Dios se ha hecho hombre, nos ha salvado de nuestros pecados y está siempre con nosotros. Por eso podemos repetir también con el salmista: «El Señor es el refugio de mi vida: ¿de quién tendré miedo?» (Sal 27,1). El cristiano no teme a nada, pues sabe que Jesús siempre le acompaña. «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rm 8,31).

Ciertamente, todas las personas atravesamos situaciones difíciles. Algunas serán más ordinarias –una incomprensión, un cambio de planes, un dolor físico–, y otras más extraordinarias –una enfermedad grave, la pérdida de empleo, un problema familiar–. Pretender que todo esto no nos afecte puede resultar ingenuo. Al mismo tiempo, esas circunstancias nos llevan precisamente a anclarnos en lo que es importante para nosotros: Jesús, que nos ofrece consuelo y sentido. «El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero os pide que confiéis en él»[1].


SAN PABLO había oído hablar de las divisiones producidas en la comunidad cristiana de Corinto. Al parecer, se habían formado diversos grupos alrededor de personajes importantes que les llevaba a decir: «“Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, Yo, de Cefas”». El apóstol acaba su enumeración con una expresión que podría ser interpretada como irónica: «Yo, de Cristo» (1 Co 1,12). Es como si dijera: Vosotros sois de todos ellos, pero yo soy de Jesús. De este modo, san Pablo ponía de manifiesto lo absurdo que resultaban estos grupos, pues lo único que cuenta es pertenecer al Señor.

Es normal que en las relaciones con los demás experimentemos que unos y otros somos muy distintos. A veces podemos llegar a creer que esas diferencias son insalvables, que no hay modo de conciliar ese carácter o modo de pensar con el nuestro. Y aunque allí pueda existir algo de verdad, en realidad es mucho más decisivo lo que nos une que lo que nos separa. Sabernos hermanos en Cristo nos llevará a relativizar lo que nos distancia de los demás y a valorar ese común origen, buscando –con paciencia y esperanza– los modos posibles de ir ganando en conocimiento y comprensión mutua. Así, podríamos decir con el apóstol: Nosotros, a pesar de ser distintos o de pensar de manera diversa, somos de Jesús.

A veces basta escoger un buen punto de vista para valorar de manera diferente y mejor las acciones de los demás, hasta acercarnos un poco más al modo de ver de Dios. En este sentido, san Josemaría procuraba mirar a las personas con los ojos con los que lo haría su propia madre. Esta experiencia le llevó a escribir aquel punto de Camino: «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[2].


CUANDO Jesús se enteró de que Juan había sido encarcelado, se fue a vivir a Galilea. El evangelista señala que se cumplía así la profecía de Isaías sobre el pueblo que vivía en tinieblas, pero veía «una gran luz» (Is 9,1). Cristo comenzaría entonces a predicar y a llamar a sus primeros discípulos: «Vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”» (Mt 4,18-19).

Jesús llama a la conversión a los habitantes de Galilea porque ya han recibido la luz. «Convertíos –les dice–, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mt 4,17). Este es el fundamento de esa invitación: el Señor les ha llamado. A veces puede parecer imposible «abandonar el camino del pecado porque el compromiso de conversión se centra solo en uno mismo y en las propias fuerzas, y no en Cristo y su Espíritu»[3]. Acoger esa llamada implica, ante todo, confiar en su palabra, dejarse curar por Dios y abrirnos a su compañía. De este modo, él actuará en nuestros buenos deseos y en nuestros esfuerzos por seguirle.

Los primeros discípulos supieron reconocer en Jesús esa gran luz que iluminaba sus vidas. Ese encuentro transformó su futuro. Por eso, «al momento dejaron las redes y le siguieron» (Mt 4,22). Aquello que había sido parte esencial de su día a día –la pesca– queda entonces integrado y supeditado a los planes que el Maestro les confiere. Ciertamente, el Señor no pide a todos los hombres que dejen las redes de esa manera. Sin embargo, toda vocación «es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada»[4]. Podemos pedir a María que sepamos acoger la luz de su Hijo para que nuestra vida pueda iluminar a las personas que nos rodean.


[1] San Juan Pablo II, Discurso, 25-VII-2002.

[2] San Josemaría, Camino, n. 442.

[3] Francisco, Ángelus, 6-I-2020.

[4] San Josemaría, Carta 3, n. 9.