Yo iba por un centro de la Obra, con un grupo de amigas. Iba a un colegio de la Obra. Mi padre era supernumerario. Y es verdad que siempre vivía lo del tema del Opus Dei como para otras personas, pero no como para mí. Y entonces, pues lo empecé a pensar, me lo llevaba a la oración, lo hablaba con un sacerdote. No sabría explicar exactamente cuál fue el punto en que yo decidí que sí, pero sí es verdad que dije: “Le doy a Dios una hoja en blanco y mi vida es para Ti”. Y: “Si tú me pides algo, yo te voy a dar hasta más”.
Siempre he sido una mujer muy impulsiva, y ahí me dijeron: frena. En ese sentido creo que la Obra, en la toma de decisiones, ha sido siempre muy madre. “No te precipites”, “Vamos a esperar una semana”, “eres un poco adolescente”… Vi que esa decisión me daba tranquilidad y veía que era para algo bueno, seguro. Y ha sucedido más adelante, que es en lo que estoy ahora, que al final no era lo que Dios tenía pensado para mí.
Siempre he sido una mujer súper jovial, súper contenta, súper alegre y, aunque me hacía la jovial e inteligente, estaba triste. Y curiosamente me ponía muy triste delante del Sagrario. Justo tuve un momento de transición, porque me volvía a trabajar a Valencia, y me vine con esa inquietud: “Estoy como triste o como apagada. Primero tengo que aclarar qué me pasa”. En ese momento no pensé en una crisis vocacional, pero yo estaba muy inquieta con que si uno está contento con su vida tiene que estar bien. Uno tiene que vivir la vocación disfrutando.
Empecé a ver que no era para mí o que igual había sido una decisión precipitada, porque en el fondo yo necesitaba otra cosa. Pero me daba mucha tristeza pensar en dejar la Obra, porque para mí la Obra es, ¡era como mi casa! Es como si te dicen: para estar bien contigo misma tienes que separarte de tu familia. Y tú decías: WHAT?, ¡no me da la gana! Las quiero mucho, estoy en un sitio en el que han tenido muchos detalles conmigo, he vivido en tres ciudades distintas y en todas me he sentido arropada, me lo he pasado bomba y todo lo que se pueda decir. Y cuando estoy mal me acompañan ellas, lloro con ellas.
"La Obra para mí ha sido y es un lugar en el que estoy profundamente agradecida, en el que he aprendido a conocerme a mí misma. He aprendido a darme a los demás. ¿Cómo vas a estar triste con eso, si hay tanto bueno que sacas?"
Pero luego ha sido una inquietud que ha salido de mí. Obviamente, trabajando unos temas de psicología y de psiquiatría, me reconectaban conmigo misma porque estaba viviendo una vida un poco aparente, sin profundizar. Cuando empecé a rezar con el Señor: “¿Por qué me lanzas esto ahora que yo ya llevo 20 años dedicándome en exclusiva a ti sin buscar un novio?”. Y dices: “Jolín, y yo que he estado cuidándote, ahora me planteas que igual no…, ¿de qué vas?”
A la vez para mí fue súper bonito darme cuenta de que todo era parte de esa entrega. Me siento afortunada porque en la Obra me he encontrado con gente muy buena que me ha ayudado y me ha acompañado en ese proceso que viví como un duelo fuerte, porque yo me hice de la Obra para estar en la Obra para toda mi vida. Obviamente te pones a llorar porque te da pena hacer una cierta separación y para tú resetear con tu vida, al final dicen: “Esta decisión la tienes que tomar tú solita. Eres tú la que vas a decidir sobre tu vida, porque eres tú la que tienes tu vida”. Y al final es una cosa entre Dios y yo.
La realidad es que, al bajar esa guardia…, he estado mejor. Y, aunque fue una decisión muy dolorosa, he estado muy acompañada y, por supuesto, ha sido muy libre. Qué bonito es pensar que cada vocación tiene una misión que es más trascendente que el reloj.
Hay gente que dice: “Jolín, ¡pues qué pena! Has perdido el tiempo de tu vida”. O: “Podrías haber encontrado un chico antes”. Actualmente tengo novio y nos vamos a casar. Y podía haberme casado a los 25 o si no hubiese sido de la Obra. Si uno cree en Dios sabe que eso está por encima de uno mismo, y que Dios tiene un plan mejor del que uno planeaba, y entonces eso me llena de paz. Me ayuda muchísimo y me da una alegría inmensa pensar que mis años de la Obra han sido años que han servido para muchas cosas buenas. Y lo que veo siempre es que soy muy de la Obra. Dejé de ser agregada y pasé a ser cooperadora a la semana.
Pienso que mirar para atrás con arrepentimiento es una pena, porque la Obra para mí ha sido y es un lugar en el que estoy profundamente agradecida, en el que he aprendido a conocerme a mí misma. He aprendido a darme a los demás. ¿Cómo vas a estar triste con eso, si hay tanto bueno que sacas?