Todo comenzó con una conversación aparentemente insignificante. Germán era un joven al que le gustaba el fútbol, estar con sus amigos y disfrutar de la vida. Un día, un numerario del Opus Dei le lanzó una pregunta que se le quedó grabada: «¿Por qué un día no te tomas las cosas en serio?».

Decidió probar. Durante una semana se propuso estar de verdad en cada cosa que hacía. Y ocurrió algo inesperado: disfrutó más del fútbol, del estudio y de sus amigos. «Esa semana me encantó», recuerda. Aquel pequeño consejo se convirtió en el comienzo de una transformación.

Poco a poco, entre conversaciones, nuevos propósitos y su amistad con Pedro, descubrió que mejorar como persona también le acercaba a Dios. Pero todavía quedaban muchas preguntas.

La respuesta llegó en primero de carrera, precisamente un Blue Monday. Germán estaba leyendo Mero cristianismo, de C. S. Lewis, cuando encontró una imagen que le cambió la perspectiva: Dios no quiere limitarse a reparar las tuberías de nuestra casa; quiere transformarla en un palacio.

«Yo dije: quiero ese palacio». Aunque comprendió que construirlo implicaba renunciar a ciertas seguridades, decidió confiar: «Señor, confío en ti, me abandono y construyamos el palacio».

«Desde que me tomo realmente en serio mi vocación, me di cuenta de que soy realmente feliz»

No fue una decisión precipitada. Cuando manifestó su deseo de incorporarse al Opus Dei, le animaron a pensarlo, rezarlo y madurarlo. Descubrió que la vocación no consiste en un único sí, sino en elegir libremente ese camino cada día.

Mientras tanto, la universidad le regaló otra experiencia decisiva. Su amigo Raúl le propuso crear un voluntariado diferente: ayudar sin complicaciones, sin esperar grandes ocasiones. Comenzaron visitando residencias de ancianos y aquella iniciativa llegó a reunir a cientos de voluntarios.

Allí Germán descubrió algo esencial: «Realmente está hecho para eso, ¿no? Para amar».

También entendió que compartir un almuerzo, escuchar a un amigo o acompañar a quien lo necesita puede ser una forma de acercar a otros a Dios.

Un año y medio después de aquel Blue Monday, dio el paso de hacerse supernumerario del Opus Dei.

Hoy, al mirar atrás, reconoce que su vocación no le ha apartado de lo que le gusta. Al contrario, le ha enseñado a disfrutarlo más y a descubrir quién quiere ser.

«Para mí el Opus Dei es ese sitio donde consigo ser yo mismo».

Y aquel palacio que soñaba construir sigue levantándose, día a día, entre amigos, trabajo, fútbol y pequeños actos de amor.