La santidad, más que un estado de perfección ideal, suele ser la respuesta sencilla que damos a las circunstancias que nos toca vivir. San Josemaría, en una de sus homilías de Es Cristo que pasa, sugería que su labor como sacerdote era simplemente poner a cada uno frente a las exigencias de su propia vida, ayudándole a descubrir lo que Dios le pide en cada momento (cfr. n. 99).
Esta idea de la "bendita responsabilidad" personal cobra un sentido muy humano al observar la historia de Eduardo Ortíz de Landázuri y Laura Busca, quienes no tuvieron una vida libre de dificultades, sino que aprendieron a gestionar una realidad familiar especialmente compleja: la enfermedad de su tercer hijo, Eduardito.
Eduardito nació en Granada[1] el 29 de noviembre de 1949 en un entorno de cambios para la familia. Desde muy pequeño, tras un parto que ya fue complicado, empezaron a manifestarse dificultades en el habla y en la movilidad. El diagnóstico de una epilepsia idiopática con grave compromiso mental[2] marcó un antes y un después en la dinámica del hogar.
Sin embargo, en lugar de vivirlo como una tragedia que lo paralizara todo, Eduardo y Laura trataron de integrarlo en la normalidad de una familia numerosa. Al ver que no podía seguir el ritmo escolar de otros niños, su madre buscó alternativas para que se sintiera útil y entretenido, descubriendo que se le daban bien la pintura y la costura, aficiones que lo acompañarían siempre.
También desde el punto de vista de su formación religiosa, Eduardo y Laura nunca se dieron por vencidos. Carlos, otro hijo, recuerda cómo “Eduardito, después de haber recibido la primera comunión [en Granada] con gran entusiasmo, siguió confesándose y comulgando con cierta frecuencia durante todo el tiempo que convivió con mis padres, con una gran espontaneidad y naturalidad”[3].
La convivencia, por supuesto, no estaba exenta de roces y de cansancio. Los ataques de Eduardito eran frecuentes y lo dejaban agotado, lo que alteraba el ritmo de descanso de toda la familia. Recuerda Guadalupe, que era ocho años menor, “que había momentos en que no era fácil convivir con Eduardito, aunque todos lo queríamos muchísimo” [4].
Ya desde su etapa en Granada, y siguiendo el consejo de los médicos en Pamplona, se decidió que nunca durmiera solo para poder reaccionar a tiempo ante sus crisis. Había que estar pendientes para evitar que se cayera de la cama, se golpeara o se mordiera la lengua, y avisar rápidamente a Eduardo si la situación se complicaba. Los hermanos aprendieron a turnarse en esta vigilancia nocturna, una tarea que, aunque lógicamente costosa, acabó convirtiéndose en una forma natural de quererse y cuidarse unos a otros.
En ocasiones, la tensión en casa subía de tono; Eduardito podía tener reacciones bruscas o momentos de frustración difíciles de controlar. En esos episodios, como aquel en el que rompió la vajilla en la cocina, la respuesta de Laura no era el drama ni el reproche, sino una paciencia silenciosa y mucho cariño. Simplemente lo acompañaba a su cuarto y esperaba a que se calmara, intentando que el resto de la familia viera aquellas situaciones con naturalidad y sin guardar rencor.
Con el paso de los años, el desgaste físico y emocional fue haciendo mella, especialmente en la madre. Eduardito requería una atención casi exclusiva y, a veces, sus arrebatos se volvían más difíciles de gestionar, llegando a situaciones de riesgo que preocupaban seriamente a Eduardo.
No era una situación idílica; había momentos de verdadera angustia y dudas sobre cómo actuar. En un momento dado, la madre de Eduardo, la abuela Eulogia se trasladó a vivir a la casa de la familia. La convivencia entre la abuela y Eduardito creaba mucha tensión, se enojaban y tenían celos el uno del otro, cosa comprensible dadas sus respectivas circunstancias; los dos requerían muchísimas atenciones [5].
Recuerda María Luisa: “Mi padre rezaba mucho por Eduardito y afrontaba todas las situaciones que su enfermedad causaba con mucha confianza en Dios y serenidad”.
Finalmente, en 1969, Eduardo, luego de hablarlo con personas expertas y con su esposa, tomó la difícil decisión de internar a su hijo en el Centro Psiquiátrico de Pamplona ya que la enfermedad se manifestaba con ataques epilépticos cada vez más frecuentes y reacciones de mayor violencia.
María Luisa recuerda un episodio especialmente complejo que marcó un punto de inflexión: en un momento de frustración, Eduardito tuvo una reacción brusca con un cuchillo de cocina. Al intentar calmarlo, Laura sufrió una lesión en la espalda que, aunque ella intentó restarle importancia, hizo ver a Eduardo que la situación superaba ya las posibilidades de cuidado en casa y que debían buscar una solución externa por el bien de todos [6].
Eduardo habló con sus hijos, les explicó la situación con sinceridad y, aunque a Laura le costó mucho aceptarlo, entendieron que era el paso necesario para el bien de todos. Fue un gesto doloroso, acompañado de mucha oración y hecho desde la convicción de que era la decisión más responsable en ese momento.
Recuerda Carlos, otro de los hijos, “lo acompañamos la mayoría de los hermanos. Vimos con gran asombro cómo Eduardito no opuso la menor resistencia, aceptando con todas sus consecuencias su nueva situación [...] Después mi padre quiso que volviéramos todos a casa para decirle a mi madre que había ido todo bien. Mi madre estaba contenta con todo lo que le decíamos, pero lógicamente fue un paso muy sufrido para ella”[7].
Incluso tras el internamiento, Laura demostró una gran entereza al aceptar las recomendaciones médicas de espaciar las visitas para no alterar la estabilidad del chico. No se trataba de una falta de afecto, sino de un ejercicio de fortaleza para buscar lo mejor para Eduardito, aunque eso significara estar lejos de él.
Años más tarde, 29 de agosto de 1981, el beato Álvaro del Portillo les comentaría que “Eduardito les ha hecho tanto bien, y aunque parezca imposible, los ha unido más, y se han ayudado mutuamente. A veces no podemos entender, pero Dios no se equivoca”[8]. Eduardito falleció el 18 noviembre de 2019 [9].
En el fondo, la santidad consiste en aceptar lo que la vida nos trae y vivirlo como una llamada de Dios a amar. Y es precisamente la aceptación llena de amor y de esperanza la que transforma las dificultades y los dolores en la Cruz de Jesús, en un acontecimiento de redención.
Así recordamos las palabras de san Josemaría: “¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?” (Via crucis, san Josemaría, estación II).
1 Casados en 1941, Laura y Edoardo vivieron en Madrid hasta 1949. Luego, Edoardo obtuvo la cátedra en Granada en 1949 y se trasladaron allí. En 1958 se mudaron a Pamplona.
2 MENDO, Hilario, La fortaleza de una mujer fiel. Laura Busca Otaegui, Ed. Palabra, Madrid 2009, p. 29.
3 La casa del médico: una semblanza de la familia Ortiz de Landázuri Busca, libro inédito de Carlos, hijo de Eduardo y Laura.
4 MENDO, Hilario, Distintos y unidos, Palabra, Madrid 2023. p. 110. Como se ha mencionado, Eduardito tenía seis hermanos: Manolo y Laura, mayores que él 4 y 2 años; Carlos, José María, María Luisa y Guadalupe (llamada Upe), menores que él 1, 4, 6 y 8 años.
5 MENDO, Hilario, Distintos y unidos, Palabra, Madrid 2023. p. 184
6 ibíd.
7 MENDO, Hilario, Distintos y unidos, Palabra, Madrid 2023. p. 186
8 MENDO, Hilario, Distintos y unidos, Palabra, Madrid 2023. p. 235
9 MENDO, Hilario, Distintos y unidos, Palabra, Madrid 2023. p. 189.

