Evangelio del domingo: el pan de Dios

Comentario del domingo de la 18° semana del tiempo ordinario. “Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (v. 29). Dios quiere obrar milagros en nosotros; sobre todo el milagro de nuestra divinización. Para eso necesita nuestra fe, nuestra confianza, que se traducen, entre otras cosas, en valorar más los bienes espirituales que los materiales, la salud y el bienestar de nuestras almas antes que el de nuestros cuerpos.

Opus Dei - Evangelio del domingo: el pan de Dios

Evangelio (Jn 6,24-35)

Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la orilla opuesta del mar, le preguntaron:

—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?

Jesús les respondió:

—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.

Ellos le preguntaron:

—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?

Jesús les respondió:

—Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.

Le dijeron:

—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.

Les respondió Jesús:

—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.

Jesús les respondió:

—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.


Comentario

El evangelio de este domingo recoge un fragmento del llamado discurso del pan de vida pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. El reciente milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, le sirve al Maestro de marco y ocasión para exponer verdades muy profundas sobre el misterio de la Eucaristía y sobre la necesidad de la fe. Hoy vamos a detenernos brevemente en este segundo aspecto.

Podría llamarnos la atención la poca capacidad de los oyentes de Jesús para comprender el anuncio de la Eucaristía que estaba realizando. Ellos se quedaban torpemente en el plano material; deseaban recibir de Jesús más alimentos; pensaban que el poder del maestro de Galilea era una atractiva y fácil solución a sus problemas materiales y diarios. Y además le pedían más intervenciones suyas claras, si quería que confiaran en Él.

Pero Jesús les anima a ser más sobrenaturales, a obrar “no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello” (v. 27).

Esa poca capacidad de aquellas gentes para comprender el lenguaje de Jesús podemos sufrirla nosotros también, casi sin darnos cuenta. Nos sucede cuando en nuestras peticiones a Dios nos centramos en los bienes materiales, como la salud física, el trabajo, diversos logros, aprobar exámenes, etc., pero nos olvidamos quizá de dar prioridad a la petición habitual por los bienes espirituales: la conversión, el estado de gracia, la vuelta a los sacramentos y a la amistad con Dios, la generosidad para entregarse a Él totalmente, etc.

Esta jerarquía sobrenatural de nuestras peticiones a Dios, dando prioridad a los bienes espirituales, sin dejar por eso de pedir los demás, transforma nuestra manera de pensar y de actuar: “obrad por el alimento que perdura hasta la vida eterna”, nos dice Jesús. Si obramos así, tendremos cada vez más vida de fe.

A este respecto, escribía san Josemaría en una ocasión: “Se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? (…) Hemos de creer con fe firme en quien nos salva, en este Médico divino que ha sido enviado precisamente para sanarnos. Creer con tanta más fuerza cuanta mayor o más desesperada sea la enfermedad que padezcamos. Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria”[1].

Jesús les dice a sus oyentes: “Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado” (v. 29). Dios quiere obrar milagros en nosotros; sobre todo el milagro de nuestra divinización. Para eso necesita nuestra fe, nuestra confianza, que se traducen, entre otras cosas, en valorar más los bienes espirituales que los materiales, la salud y el bienestar de nuestras almas antes que el de nuestros cuerpos.



[1] San Josemaría, Amigos de Dios, nn. 190-194.