Acaba de llegar, a las librerías y plataformas de difusión digital, un texto que relata las vivencias, peripecias y sueños de las primeras mujeres del Opus Dei que llegaron a Zaire –hoy R.D. del Congo–el 15 de septiembre de 1982.
Josemaría Escrivá, fundador de la institución, que pronto celebrará su centenario, siempre imaginó que el traslado de sus hijas e hijos –los miembros de la Obra–, a otros países, sería como un trasplante en vivo, pues, afirmaba «nosotros no trasladamos nunca muchedumbres, como tampoco el campesino, cuando siembra, no entierra sacos enteros de trigo, sino que esparce la semilla por el campo».
Cuatro mujeres: levadura escondida
Hay que ser levadura escondida para fermentar toda la masa. Las primeras mujeres, que enviadas por Álvaro del Portillo, llegaron al Congo: Tita, Leti, Isabelle y María Dolores, eran mujeres con carreras universitarias prometedoras. Una enfermera, una matemática, una abogada y una médico. Siguen allí.
No buscaban éxitos profesionales, que en sus propios países seguro habrían obtenido. Marcharon al Congo para ejercer su profesión y con ella, sin precipitar las cosas, con alegría y entrega generosa, proponer a las mujeres congoleñas, de valiosos valores tradicionales –arraigados en la comunidad y la familia, como el respeto por los ancianos y la solidaridad– metas humanas y espirituales exigentes.
Siempre confiando en la generosidad y potencialidades de las mujeres congoleñas, que les permitieran, a ellas y por ende a sus familias, miras más altas en educación y servicios asistenciales y culturales, para alcanzar niveles de vida más elevados.
«Un cruz, una imagen de la Santísima Virgen y mi bendición de padre»
Las pioneras siempre marcharon con medios materiales mínimos, pues, Josemaría Escrivá, según testimonios de la época, siempre las despedía diciendo: «Siento no poder daros ayuda material, pero os doy lo mejor que tengo, una Cruz, una imagen de la Santísima Virgen y mi bendición de padre».
La fortaleza y el trabajo, escondido y silencioso, lo pusieron ellas, como lo evidencian los relatos que en Latidos de mujer en el corazón de África se recogen.
No son relatos de ficción, son vidas vividas cara a Dios. Las cuatro mujeres valientes que dejaron su vida –la siguen dejando pese a su edad–para que otras sigan un camino más humano y, si libremente lo quieren, más cristiano.

Son historias que nos cuenta una mujer, que vive la vida de las primeras, nos relata sus vidas entrelazadas con las de las nativas y sus familias, que van saliendo de situaciones de pobreza y dependencia y comienzan a sentir el calor de la libertad alcanzada social, económica y humanamente.
Han pasado cuarenta y tres años y la siembra ha dado sus frutos. Personales y anónimos, los más, e institucionales.
Olga Tauler, la autora, es la novena de una familia de diez hermanos. Es Graduada en Enfermería por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciada en Filosofía y Teología por la Universidad de la Santa Cruz (Roma). En el Institut Superieur en Sciences Infirmieres (Kinshasa) realizó se reconversión en Matrona y desempeñó el cargo de Secretaria Académica Adjunta.

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En la actualidad coordina, en ese centro, el Programa de Formación de Matronas y trabaja en la creación de una Unidad dedicada a la salud de la mujer en colaboración con el Centre Hospitalier Mere-Enfant Monkole, en Kinshasa. Posee un amplio currículum académico y profesional en campos como la neonatología, lactancia materna, fertilidad natural, bioética, fundamentos en ginecología y obstetricia.
Ha realizado un periodo de Formación en la Clínica Universitaria de Navarra y en la Maison de naissance de la l'Outaouaise et La Maison Bleu, en Canadá. Vive y trabaja en Kinshasa desde hace más de diez años.
El libro está prologado por Ernesto Juliá y ofrece un álbum fotográfico de la actividad de las pioneras y cinco anexos útiles para el lector interesado.
