Evangelio del viernes: amigos de todos

Comentario del viernes de la 5° semana de Pascua. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto”. Jesús, al llamarnos, nos ha amado primero, para que llevemos el amor divino a nuestros iguales.

Evangelio (Jn 15,12-17)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.


Comentario

Hace años se preguntaba Benedicto XVI en su primera encíclica: “¿Se puede mandar el amor?”[1]. Tantos lo consideran hoy un sentimiento, quizá el más noble, pero sujeto al fin y al cabo a los vaivenes del corazón humano. Pero podemos considerar ese amor primero en Dios hacia nosotros: “En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente”[2]. En verdad, Jesús se ha manifestado como nuestro mejor amigo. Él encarna el oráculo del profeta: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31,3).

En Jesús el amor no es frágil ni efímero. Es eterno, más fuerte que la muerte (cf. Cantar de los cantares 8,6). La amistad que Él nos ha manifestado, además de ser el mismo Amor increado, es también humana, un ejemplo que, con la gracia de Dios, es capaz de arrastrarnos para lanzarnos también nosotros a dar la vida por los demás, en multitud de detalles: escuchar, servir, aconsejar, perdonar, cuidar, etc., “especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6,10). Pero también “a todos” (ibid.), porque, con el amor de Cristo, todos pueden llegar a ser amigos: no solo aquellos con quienes más congeniamos; también quienes piensan de modo distinto, o actúan no conforme a nuestras expectativas. Cuando Judas entregó al Maestro con un beso, este le respondió: “Amigo, haz lo que has venido a hacer” (Mateo 26,50).

El Amor es prerrogativa de Dios, podríamos decir que Él tiene la “patente”: “No hay más amor que el Amor”, escribe San Josemaría[3]. El discípulo de Cristo, elegido por Dios con vocación divina, tiene esta hermosa carga: mientras va transformando su corazón a la medida del corazón del Maestro, aprende a querer a los demás y va produciendo los frutos sabrosos y duraderos del Amor de Dios en los demás.


[1] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 16.

[2] Ibid, n. 17.

[3] San Josemaría, Camino, n. 417.

Josep Boira / Photo: Ben Wicks - Unsplash