Evangelio del jueves: siempre alegres

Comentario del jueves de la 6° semana de Pascua. “Pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Jesús resucitado sigue diciendo a los cristianos de hoy: ya no hay motivos para estar tristes. Alegres siempre en la esperanza.

Opus Dei - Evangelio del jueves: siempre alegres

Evangelio (Jn 16,16-20)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver.

Sus discípulos se decían unos a otros:

— ¿Qué es esto que dice: “Dentro de un poco”? No sabemos a qué se refiere.

Jesús conoció que se lo querían preguntar y les dijo:

— Intentáis averiguar entre vosotros lo que he dicho: “Dentro de un poco no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”. En verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.


Comentario

Como en otras ocasiones, cuando se trata del misterio pascual de Jesús, los discípulos no entienden las palabras del Maestro, y tienen reparo en preguntarle abiertamente. Así se comportan en los anuncios explícitos de la pasión: “Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle” (Marcos 9,32). Más aún si las mismas palabras tienen ya algo de enigmático: “Dentro de un poco ya no veréis”. En verdad, los discípulos no quieren separarse del Maestro, ni se sienten preparados para esa ausencia; y se quedan inquietos y temerosos. Podrían gritar con el salmista: “Pero Tú, Señor, no te alejes. Fuerza mía, date prisa en socorrerme” (Salmo 22,20).

Pero Jesús, como siempre, se hace cargo de la debilidad de sus discípulos, que se manifestará en llanto, profunda tristeza, y lo que es peor, en ser blanco del desprecio. Hasta el mismo día de la resurrección, los discípulos, incrédulos ante el testimonio de las mujeres, permanecían encerrados, atenazados por el miedo. Por fin, “al ver al Señor, los discípulos se alegraron” (Juan 20,20). Se hace realidad en ellos, y de modo grandioso, lo que habían dicho muchas veces mientras rezaban con los salmos: “Has cambiado mi llanto en danza, has desatado mi saco y me has vestido de alegría” (Salmo 30,12). Una alegría que estará llena de valentía cuando reciban la fuerza del Espíritu Santo. Entonces serán capaces, incluso, de gloriarse en las tribulaciones (cf. Romanos 5,3), de alegrarse por sufrir ultrajes por causa del nombre de Jesús (cf. Hechos de los Apóstoles 5,41).

La resurrección del Señor es un hecho histórico que no ha perdido novedad. Somos los cristianos de hoy herederos de aquella primera alegría, de aquel primer impulso, y portadores de esa gran noticia. En nuestra vida corriente, aunque notemos a menudo el peso de las dificultades, tengamos siempre en nuestro horizonte la presencia viva del Hijo de Dios, que nos mantiene alegres en la esperanza. Como nos exhorta San Josemaría, “la alegría de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho...; en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos [1].


[1]. San Josemaría, Surco, n. 60.