La amistad

Jesucristo, imagen del rostro misericordioso del Padre y modelo de los cristianos, constituye la mejor definición de lo que es un amigo.

Virtudes cristianas
Opus Dei - La amistad

Ofrecemos a continuación un extracto del capítulo Amistad I del libro de F. FERNÁNDEZ CARVAJAL, Pasó haciendo el bien, Madrid, Palabra 2016.


Jesucristo, imagen del rostro misericordioso del Padre y modelo de los cristianos, constituye la mejor definición de lo que es un amigo. Basta abrir el evangelio de san Juan, en la escena de la última cena, y escuchar las afirmaciones del Señor: «Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15, 12-14). El llanto por la muerte de su amigo Lázaro, la tristeza ante la deserción del joven rico, el diálogo con Judas en el huerto de los olivos, son sin duda muestras de la amistad de Jesús, de la intimidad con sus amigos.

1. Su precio es incalculable

Un amigo es aquel que llega cuando todo el mundo se ha marchado. Es quien está cerca especialmente en los momentos de necesidad. Más cercano cuanto mayor es la ayuda que se necesita. El amigo no abandona al amigo en circunstancias que le comprometen. ¡Cómo se nota esta presencia del amigo!

La amistad crea fuertes vínculos de confianza y lealtad. Para el pensamiento clásico, la amistad es la relación humana natural por excelencia, pues en ella se dan las condiciones para un trato libre y recíproco Por esta razón, es considerada una condición sine qua non para la vida feliz. Según Aristóteles, la amistad es lo más necesario para la vida; de modo que, “el hombre feliz necesita amigos”[2]. Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita sobre la base de la amistad: “es propio del amigo hacer el bien”[3].

La amistad requiere fortaleza, decisión, un espíritu sacrificado, generosidad, tiempo

La buena comunicación y el tiempo, los afanes compartidos, las mutuas confidencias, el aprecio creciente, la admiración y respeto por ambas partes crean poco a poco lazos fuertes que no rompen ni la distancia ni el silencio ni el tiempo. Siempre está presente la disposición de acudir para acompañar, ayudar, consolar al amigo. Y todo sin interés, por pura generosidad que no se detiene ante la dificultad: «alabamos a los que aman a sus amigos porque el aprecio que se dispensa a los amigos nos parece uno de los sentimientos más nobles que podemos abrigar»[4].

Antoine de Saint-Exupéry escribió en un momento importante de su vida: «tengo necesidad de tu amistad; tengo sed de un amigo que, por encima de los litigios de la razón, respete en mí al peregrino… Puedo entrar en tu casa sin ataviarme con el uniforme, sin someterme al recitado de ningún Corán, sin renunciar a lo que pertenece a mi patria interior. A tu lado no tengo que disculparme, no tengo que defenderme, no tengo que probar, encuentro la paz… Yo veo en ti la voluntad de aceptarme tal como soy… Amigo, tengo necesidad de ti como de una cima en la que respirar… Tengo necesidad de ayudarte a vivir»[5].

La amistad requiere fortaleza, decisión, un espíritu sacrificado, generosidad, tiempo. Son muchos los modos de la lealtad entre amigos.

  • La defensa del otro cuando las circunstancias lo requieran y aunque signifique para mí la pérdida de algo importante.
  • Mantener interés siempre por los asuntos del amigo.
  • Acompañarle en apuros y desgracias.
  • Responder a sus solicitudes.
  • Hablarle con sinceridad sobre las cosas que hace mal y ayudarle a ser mejor.
  • Compartir con él preocupaciones, penas, alegrías, fiestas.
  • Respetar su intimidad y guardar en secreto sus confidencias.
  • Cumplir las promesas.

La amistad necesita paciencia por ambas partes: con los defectos del amigo, con sus obsesiones y obstinaciones, unas veces con sus largos silencios, otras con sus enfados, desaciertos, ofensas si estas nos alcanzan, sus pequeñeces, en fin.

La envidia está esencialmente reñida con la amistad; también los celos, causantes de tanta ruina. Porque el bien del amigo no puede entristecerme. El aprecio de mi amigo hacia otras personas no resta nada a la confianza que tiene en mí cuando es verdaderamente amigo.

La amabilidad, la simpatía, el humor, la benevolencia, la flexibilidad, el buen corazón, la comprensión, la generosidad, la alegría, el perdón, el cariño, la compasión y más cosas buenas deben estar presentes en el trato entre amigos, y en esa amistad tan particular y única entre marido y mujer. Todos estos ingredientes ponen a salvo la amistad cuando surgen conflictos.

Probablemente no seré amigo del barrendero al que veo algún día fugazmente mientras recoge las hojas muertas y yo cruzo la calle. Sin embargo, puedo tratarle con amabilidad y cordialidad y desearle un buen día. Quizá no volveré a ver a la persona que en la calle me pregunta por una dirección, pero mi respuesta debe brotar de situarme en su lugar y ser afable. Si alguien llama por teléfono, interrumpiendo mi trabajo, para hacer una consulta, podría responderle con poca cordialidad; no obstante, puedo hacerme cargo de su situación, y contener mi malestar y ser amable. Y con aquel que se ha equivocado de teléfono y me llama, cuando en realidad quería hablar con el frutero de la esquina.

Esta familiaridad y cercanía con quien solicita mi atención sin conocerme, reconforta, saca de apuros; y si la persona recibe una buena respuesta –quizá acompañada también de una sonrisa y una mirada amigable–, agradece, piensa así que no está sola y que la vida no es tan cruel, y se alegra. Reconoce en esta voz, en este rostro que seguramente olvidará, la parte buena de la humanidad. Y, quizá, vuelve a confiar en la vida.

Se puede considerar el compañerismo como una forma menor de amistad. Es un vínculo y una relación que surge entre personas que comparten una tarea; les une el trabajo, un proyecto, los estudios. Y de este objetivo común que les reúne día tras día y del compartir dificultades y logros surgen lazos de simpatía y afecto que pueden llevar a la amistad. Nos sentimos también solidarios de alguien que espera en la misma fila ante la taquilla para adquirir una entrada.

La caridad fortalece y enriquece la amistad, nos vuelve más humanos, con más capacidad de comprensión, más abiertos a todos

Es oportuno recordar aquí que el trato dentro de un grupo o de un equipo debe mantener las características de la amistad: aprecio, lealtad, servicio, apoyo, interés de unos por otros, espíritu de cooperación.

Un filósofo francés del siglo XX lo expresaba así: «Es necesario instalarse en el corazón de los otros, ponerse en su lugar. Es necesario estar en el prójimo como en casa, hablar a cada uno en su lenguaje. Sócrates y Juana de Arco se dejaban ver de cerca»[6]. Ver de cerca y no desde la lejanía infinita, propia de quienes no tienen ningún interés en conocer y tratar.

«En la adversidad se prueban los amigos verdaderos, pues en la prosperidad todos parecen fieles»[7]. Un antiguo refrán dice con sabiduría que las buenas fuentes se conocen en los momentos de sequía, la amistad sincera se manifiesta en la dificultad.

La caridad fortalece y enriquece la amistad, nos vuelve más humanos, con más capacidad de comprensión, más abiertos a todos. Si Cristo es el mejor amigo, aprenderemos de Él a fortalecer una relación que quizá estaba ya deteriorada, a quitar un obstáculo, a superar el egoísmo y la comodidad de quedarnos en nosotros mismos.

2. Los amigos verdaderos

La amistad verdadera es desinteresada, pues consiste más en dar que en recibir; no busca el provecho propio, sino el del amigo; ha de ser leal y sincera; exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero.

Para que haya verdadera amistad es necesario que exista correspondencia, es preciso que el afecto y la benevolencia sean mutuos. La amistad tiende siempre a hacerse más fuerte: no se deja corromper por la envidia, no se enfría por las sospechas, crece en la dificultad. Entonces se comparten con naturalidad las alegrías y las penas.

La amistad es un gran bien humano y, a su vez, ocasión para desarrollar otras muchas virtudes naturales.

El buen amigo no abandona en las dificultades, no traiciona; nunca habla mal de su amigo ni permite que, ausente, sea criticado, porque sale en su defensa. Amistad es sinceridad, confianza, compartir penas y alegrías, animar, consolar, ayudar.

Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee

Alec Guinness, actor inglés importante en su tiempo, converso al catolicismo, termina sus memorias con estas grandes palabras: «Dejar amigos atrás debe ser triste y amargo, incluso cuando sabemos que muchos se nos han adelantado triunfalmente, aunque, de alguna forma misteriosa, seguimos en contacto con ellos. Si de algo puedo ufanarme en esta vida es de esto: no creo haber perdido jamás a un amigo»[8].

Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee. Nuestro más alto valor, sin comparación posible, es el haber encontrado al Señor. No tendríamos verdadera amistad si no quisiéramos transmitir el inmenso don de la fe cristiana. Nuestros amigos deben encontrar en nosotros apoyo y fortaleza, y un sentido sobrenatural para su vida.

La seguridad de encontrar comprensión, interés, atención, les moverá a la confianza, con la seguridad de que se les aprecia, de que se está dispuesto a ayudarles. Y esto, mientras realizamos nuestras tareas normales de todos los días, procurando ser ejemplares en la profesión o en el estudio, estando abiertos al trato y al afecto con todos, impulsados por la caridad.

3. La amistad protege de la soledad

La soledad, en cierto modo, es parte de la condición humana y solo uno mismo puede sostener su existencia. Pero es difícil conducirse a uno mismo a través de las vicisitudes, no solo en medio de las cosas que ocurren, sino interiormente también, porque la fragilidad se nota por dentro, como el dolor, la incertidumbre, la espera.

Muchos hombres se encuentran con una soledad que parece irremediable. Quizá, han perdido la capacidad de escucha y de diálogo con Dios. Se encuentran peligrosamente solos y sin norte.

Probablemente, en ninguna época como en la nuestra se ha hablado tanto de soledad, de «muchedumbres solitarias», llamándose precisamente a nuestro tiempo la «era de las comunicaciones». Nos podemos comunicar con celeridad en cualquier parte del mundo con un gesto mínimo.

el hombre está hecho para la donación de sí mismo, y cuando no se entrega, muere

El mal terrible de la soledad solo se supera, en primer lugar, con la compañía de Aquel que nunca abandona y, como complemento, quizá inseparable y necesario, en la apertura generosa a los demás, que posibilita la amistad. Un viejo proverbio dice con gran sabiduría que «quien no tiene amigos solo vive a medias».

Esto es así porque la persona –cada uno, único en el mundo y para toda la eternidad– ha sido creada por Dios para cosas grandes y tiene sobre sí la tarea de llevarlas a cabo. Es más, el hombre está hecho para la donación de sí mismo, y cuando no se entrega, muere. Primero se empobrece y luego muere.

Sería formidable que pudiéramos llamar amigos a las personas con las que trabajamos o estudiamos, con las que convivimos, con aquellos que nos relacionamos más frecuentemente. Amigos, y no solo compañeros o colegas o vecinos. Esto significaría que nos hemos esforzado en las virtudes que fomentan y hacen posible la amistad.

La amistad protege de la soledad porque los amigos son los únicos que pueden entrar en esa esfera personal donde la vida pesa y donde duelen las cosas que nos ocurren. La comunicación que permite la amistad abre esa puerta, casi siempre cerrada, y deja pasar a los amigos al espacio interior donde existimos. Los amigos pueden entrar: les dejamos entrar. Necesitamos que entren para que rompan la soledad: esta soledad que es compatible con la atención a los demás, con nuestro interés por los otros y con las responsabilidades que hemos adoptado.

Cuentan de Alejandro Magno que, estando próximo a morir, sus parientes más cercanos le repetían insistentemente: «Alejandro, ¿dónde tienes tus tesoros?». «¿Mis tesoros? –respondió Alejandro–. En el bolsillo de mis amigos». Al final de nuestra vida también nuestros amigos deberían decir que les dimos a compartir siempre lo mejor que tuvimos.

4. Recuperar amistades

Es posible recuperar amigos perdidos, amistades que se rompieron por alguna causa que, quizá, no era para tanto.

Las personas pueden cambiar, y, además, ¿qué sabemos nosotros de lo que ocurre en su corazón?

San Bernardo, para recomponer lazos rotos o que están a punto de romperse, aconseja: «cuando veas algo malo en tu amigo, no quieras juzgarlo al instante; por el contrario procura excusarle en tu corazón; excusa la intención, piensa que lo ha hecho por ignorancia, por sorpresa o por desgracia. Si el error es tan claro que no puedes disimularlo, piensa que la tentación habrá sido muy fuerte»[9].

Conservar amigos es gran virtud, y mayor aún la de restablecer amistades que se han debilitado o roto.

El Señor nos quiere como somos, también con nuestros defectos, y para cambiarnos cuenta con la gracia y con el tiempo. Ante los defectos de nuestros amigos no debe faltar nunca la caridad, que mueve a la comprensión y a la ayuda.

La sencillez permite dejar a un lado los posibles agravios que no eran intencionados.



[1] Ofrecemos a continuación un extracto del capítulo Amistad I del libro de F. FERNÁNDEZ CARVAJAL, Pasó haciendo el bien, Madrid, Palabra 2016.

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1170 b 15-19.

[3] Aristóteles, Ibídem, IX, 1171 b 14-25.

[4] Aristóteles, ibídem.

[5] A. de Saint-Exupéry, Carta a un rehén, Obras completas, pp. 496-497.

[6] J. Guitton, Aprender a vivir y a pensar, pp. 64-65.

[7] San Ambrosio, Sobre el oficio de los ministros, III, 127.

[8] A. Guinness, Memorias, p. 307.

[9] San Bernardo, Sermón sobre el Cantar de los Cantares, 40.