Residencia Altovalle: Crecer en libertad, amistad y fe

Lucas Wong estudió en el colegio Alpamayo en Lima y continuó sus estudios universitarios en México. En Guadalajara pidió plaza en Altovalle y nos cuenta su experiencia de vivir en una residencia universitaria.

En una excusión con residentes a las afueras de Guadalajara

Llegar a la universidad suele coincidir con una etapa de muchos cambios. En mi caso, significó también salir del Perú y venir a México para estudiar en el Tecnológico de Monterrey, sede Guadalajara, la carrera de Ingeniería en Tecnologías Computacionales.

Antes de llegar a Guadalajara, tuve la oportunidad de conocer al director de la residencia Altovalle y de entender que no se trataba solo de un lugar dónde vivir, sino de un espacio pensado para acompañar al universitario en todos los aspectos de su vida. Eso fue clave para tomar la decisión con tranquilidad.



un ambiente profundamente humano, donde cada persona era valorada por quién era y respetada en su libertad

Compañerismo

Viví tres años en la residencia Altovalle, en Guadalajara, una residencia universitaria con una larga trayectoria y un ambiente muy diverso. Durante mi estancia coincidí con compañeros de cuatro nacionalidades distintas y desde el primer día me encontré con algo que marcaría toda la experiencia: un ambiente profundamente humano, donde cada persona era valorada por quién era y respetada en su libertad.

La vida cotidiana en la residencia tenía un ritmo muy natural. Nadie imponía nada, pero todo invitaba a vivir mejor. Recuerdo que, sin necesidad de reglas estrictas, a ciertas horas el ambiente se transformaba y la casa entera se llenaba de silencio y concentración. Uno terminaba estudiando no por obligación, sino porque el ejemplo de los demás contagiaba.

Ese equilibrio entre libertad y responsabilidad fue uno de los mayores aprendizajes que me llevé de los años vividos en la residencia Altovalle.

Ese equilibrio entre libertad y responsabilidad fue uno de los mayores aprendizajes que me llevé de los años vividos en la residencia Altovalle.

El compañerismo fue otro gran regalo. Vivir con personas tan distintas —en intereses, carácter y creencias— me enseñó a convivir de verdad. No todos eran católicos ni todos participaban en las actividades de formación cristiana y, sin embargo, eso nunca fue un problema. Al contrario, el respeto era absoluto. La amistad se construía en lo cotidiano: una conversación después de cenar, una ayuda antes de un examen o simplemente compartir el cansancio de la semana.

Con mis compañeros de promoción en la residencia

Ayuda a los más necesitados

Una de las experiencias que más me marcó fueron las actividades de servicio social con personas necesitadas. Salir de la rutina universitaria para encontrarse con realidades muy distintas ayudaba a poner los pies en la tierra. No era solo “ayudar”, sino aprender a mirar al otro con más empatía y a valorar lo que uno tiene.

Una de las experiencias que más me marcó fueron las actividades de servicio social con personas necesitadas. Salir de la rutina universitaria para encontrarse con realidades muy distintas ayudaba a poner los pies en la tierra. No era solo “ayudar”, sino aprender a mirar al otro con más empatía y a valorar lo que uno tiene. Esas experiencias, vividas junto a otros residentes, fortalecían mucho los lazos de amistad y dejaban una huella profunda.

También recuerdo con especial cariño los retiros espirituales, en los que alternábamos con naturalidad universitarios con personas de mayor edad. Esa mezcla generacional era muy enriquecedora: escuchar experiencias de vida, aprender de su fe y compartir inquietudes, ayudaba a ampliar la mirada. Eran espacios de silencio, reflexión y oración que ayudaban a ordenar la vida interior y a tomar mejores decisiones en medio del ritmo universitario.

Una labor silenciosa: crear hogar para vivir mejor

El estudio ocupaba un lugar central en la residencia. Había una preocupación real por crear un ambiente adecuado para trabajar bien, y eso influyó directamente en mi desempeño académico.

En este aspecto fue fundamental la labor de las numerarias auxiliares, responsables del cuidado de la casa y de transformarla en un lugar acogedor con verdadero calor de hogar. Su trabajo discreto y constante, siempre atento a los detalles, hacía que todo funcionara y que cada uno de los estudiantes pudiéramos centrarnos en lo importante.

Aquí soy el segundo empezando desde la izquierda, me acompañan Patricio, Gabriel y Rafael

Gracias a ese entorno, el estudio y el trabajo se vivían como medios de crecimiento personal y, para quien lo iba descubriendo, también como un camino de encuentro con Dios en lo ordinario.

Mirando hacia atrás, puedo decir con convicción que vivir en una residencia universitaria como Altovalle, ¡vale profundamente la pena! No es solo un lugar donde dormir o estudiar, sino un espacio donde se aprende a convivir, a ser responsable, a servir a los demás y a descubrir que la vida diaria —el estudio, el trabajo, la amistad— puede tener un sentido más profundo.

Con Chema, director de la residencia

La experiencia en Altovalle durante mi etapa universitaria ha sido fundamental y me ha dejado una huella para toda la vida. Estoy seguro de que quienes, como yo, en los 5 continentes, tuvieron la oportunidad de vivir en una residencia universitaria, guardan los mejores recuerdos de ese tiempo donde, al estar alejados de nuestros hogares, encontramos la compañía y amistad de personas que se convirtieron en nuestra familia en un momento clave de la vida; y, ese ambiente tan cálido, nos ayudó a crecer como persona en todos los sentidos.

No me cansaré de recomendar la vida en una residencia universitaria y, en mi caso, de agradecer por todo lo recibido y aprendido durante la época de estudiante universitario en la inolvidable Altovalle.

Lucas Wong