Desde pequeña, mi corazón siempre tuvo una inclinación natural: ayudar a los demás. Crecí en una comunidad donde la fe no era un concepto abstracto, sino una vivencia compartida. Gracias a la catequesis y a la guía de nuestro párroco, Ignacio a quien conocemos familiarmente como “Nachito” Córdova, aprendí que el amor a Dios se manifiesta en el servicio.
Años más tarde, junto a mi esposo, buscamos esas mismas enseñanzas para nuestros hijos, y las encontramos en el Colegio Los Álamos, en Jesús María, en Lima. Fue allí donde san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, salió a nuestro encuentro para acogernos y enseñarnos que la fe también se construye de diferentes maneras, una de ellas colaborando en iniciativas sociales.
Sin embargo, a pesar de esa felicidad, sentía un vacío. Una pregunta constante me rondaba el alma: “Señor, ¿qué esperas de mí?”. Yo quería hacer más que "ayudar"; buscaba una misión que le diera un sentido total a mi existencia.

El desafío: aprender del apóstol Pedro
La respuesta llegó de la forma más inesperada: a través de la dificultad. En mi entorno laboral, empezamos a atravesar situaciones complejas y momentos de tensión. Sentí que era el momento de hablar de san Josemaría y de su propuesta: la llamada universal a la santidad. Quería explicar a mis compañeros que nuestro trabajo ordinario podía ser un camino hacia Dios.
Me faltó fuerza para defender en lo que creía, las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta y me sentí débil ante el juicio ajeno.
Pero la primera reacción fue de rechazo. Las sombras de las noticias y los prejuicios externos nublaban la imagen del Opus Dei para mis amigos. En ese momento, confieso que me sentí como el apóstol Pedro. Me faltó fuerza para defender en lo que creía, las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta y me sentí débil ante el juicio ajeno.
La estrategia del amor es santificar lo pequeño
vivir la santidad en lo cotidiano
Tras unos días de reflexión, comprendí que no se trataba de discutir, sino de irradiar. Decidí centrarme exclusivamente en la esencia de la misión: vivir la santidad en lo cotidiano.
Empecé a proponer que cada tarea, por más "vulgar" o rutinaria que pareciera, podía ser una oración continua si se hacía con amor y perfección. Hablé a mis compañeros del heroísmo en lo pequeño, de ese esfuerzo por "acabar bien" las cosas, de convertir la "prosa" de un reporte o una reunión en "poesía heroica" para Dios.
El milagro de lo ordinario
Lo que sucedió después, fue un regalo del Cielo. El ambiente empezó a cambiar. Poco a poco, la canción "Gracias san Josemaría" se convirtió en nuestra banda sonora en el trabajo y no exagero; mis compañeros me pedían que la pusiera. Me permitieron obsequiar estampas y, en un gesto de ternura y modernidad, creamos un sticker de WhatsApp que decía: "Gracias san Josemaría".
El trabajo empezó a fluir. Logramos consolidar un equipo maravilloso, un nido de colaboración y excelencia que llamó la atención de otras áreas de la empresa. Cuando me preguntaban: “¿Quién es él?”, yo simplemente les contaba mi historia. Hoy, san Josemaría está presente en muchos escritorios de mi oficina, recordándonos que Dios nos espera en cada tarea.

Mi verdadero llamado
Hoy entiendo que el llamado que tanto esperé no estaba en un lugar lejano. Dios deseaba que fuera una mensajera de la fe en el presente, que enseñara con el ejemplo que la santificación ocurre hoy, entre correos electrónicos y reuniones.
"Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo".
San Josemaría me dio los ojos para ver a Dios en medio de lo ordinario, recordándome sus palabras en la homilía “Amar al mundo apasionadamente”: "Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo".
Dios no nos pide cosas imposibles; nos pide que hagamos las cosas de siempre con un amor nuevo. Ese es mi compromiso, ese es mi llamado, y esa es la mayor de mis alegrías.

