Los Juegos Florales desarrollaron los siguientes géneros: expresión oral (declamación, exposición y oratoria) y escrita (afiche, poesía, cuento o historieta). Tuvo una emocionante fase final el 24 de septiembre, ante un jurado integrado por profesores del colegio e invitados especiales.
Tanto la producción gráfica como la eminentemente literaria reflejaron el ingenio y esfuerzo de los alumnos por transmitir el mensaje legado por San Josemaría, de encontrar la santidad en la vida ordinaria.
Con acertada visión, los alumnos participantes situaron los hechos en su contexto histórico y los expresaron llenos de vitalidad y sentido. Al tiempo de revelar una creatividad imaginativa, se notó que los chicos procuraron adentrarse en la vida del nuevo santo y hacer vida propia los valores que aparecen en los relatos.
Algunos fragmentos de los poemas ganadores:
Una oración para un amigo,
sacerdote, alegre y bueno:
“Quiero que estés siempre conmigo
alumbrando mi camino”.
(Héctor Chang, 10 años)
“Hay que ser alegres”
nos dijo Josemaría
“La alegría en los corazones
hay que tener,
y a la tristeza vencer”.
(Giancarlo Guerra, 10 años)
Y una gran lección nos enseñó:
se puede llegar a ser santo
con el trabajo bien hecho,
y esto es un hecho.
Así es que tú, niño, estudia mucho,
tú madre, dale amor a tus hijos,
tú peón, haz bien tu construcción,
tú, maestro, enseña con pasión,
y tú, gran economista, sé honrado
y ayuda a la gente de al lado.
(Mauricio Guerra, 12 años)
Joven disciplinado y
Obediente.
Supiste seguir el camino de
Él.
Muchas veces la muerte te quería
Apenas a un paso, pero
Rompiste ese miedo
Intenso que tenías porque
Aprendiste a amar a María
(Álvaro Soto, 14 años)
Un día frío caminaba
por una calle desolada
y vio que un hombre descalzo andaba.
Dios así le hizo entender
que él algo especial tenía que hacer
y sacerdote quiso ser.
(Nicolás Le Bienvenu, 15 años)
“Soy Rodrigo, tengo 43 años y trabajo mucho con un solo objetivo: comprar una máquina del tiempo para conocer y acompañar al Beato Josemaría, que ahora es Santo. Ahora tengo la máquina del tiempo programada para Barbastro y me dirijo hacia allá. Acabo de llegar y estoy viendo cómo contempla las huellas del carmelita que están en la nieve y se pregunta:
- ¿Por qué si otros hacían tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, por qué yo no sería capaz de ofrecerle algo también?
Me presento:
- Hola, mi nombre es Rodrigo, soy arqueólogo y me gustaría ser tu amigo.
(…). Me traslado a Roma en 1975 y lo veo en su oficina, pero acaba de caer al suelo. Yo, muy asustado, corro y llamo a sus amigos que están cerca y les digo que traigan pronto una ambulancia porque el Padre Josemaría acaba de desmayarse, y mientras se lo llevan al hospital le doy un beso en la frente, lloro y me despido de él temiendo que esté muerto…”
(Rodrigo Ñáñez, 11 años)