Conocí el Opus Dei gracias a mis padres, Rodrigo y Juana. Ellos entraron en contacto con la Obra cuando vivíamos en Ecuador, debido al trabajo de mi papá. Mi hermano ingresó al colegio Intisana, en Quito —yo aún era muy pequeño y no iba al colegio—, y fue ahí donde conocimos de primera mano una forma de vida que resultó profundamente transformadora para nuestra familia: la santificación del trabajo ordinario y la búsqueda de la perfección humana por amor a Dios en las pequeñas cosas del día a día.
Aprender a valorar la formación humana y cristiana
Al regresar a Lima, continuamos nuestra educación en un colegio donde laboraban algunas personas de la Prelatura del Opus Dei. Durante esos años, mi hermano y yo frecuentábamos el club Costa, donde recibimos apoyo académico —especialmente en épocas de exámenes—, pero también una sólida formación humana y cristiana.
Fue allí donde aprendimos a hacer de los sacramentos, como la confesión y la Eucaristía, parte de nuestra vida, así como a cultivar una oración frecuente, sencilla, nada “extraordinaria”, sino más bien una conversación continua con Dios, integrándola naturalmente en nuestro día a día.
Las actividades complementarias en el club Costa como los partidos de fútbol después de la meditación, los viajes escolares y las labores de ayuda social, como la visita a enfermos y a personas de escasos recursos, me ayudaron a valorar desde muy pequeño, quien era yo, entendiendo que tenía una gran responsabilidad: ayudar a quienes menos tenían, a los que más sufrían y a los más indefensos.
En mi etapa universitaria
aprendí lo que significa comprometerse de verdad y a acercar a más personas a Dios, en la vida diaria, de forma sencilla y común.
Al terminar el colegio, ingresé a la Universidad de Piura, en Lima, donde me titulé como Ingeniero. Fueron años de estudio, pero también de formación humana en Tradiciones o el Sama. En ambos centros culturales forjé buenas amistades, muchas de las cuales conservo hasta hoy. Varios de quienes conocí los considero mis mentores, aprendí lo que significa comprometerse de verdad y a acercar a más personas a Dios, en la vida diaria, de forma sencilla y común.

Un nuevo desafío profesional en México
Tras concluir un posgrado y luego de trabajar una temporada en el Perú, la empresa donde laboro me ofreció hace dos años, como parte de mi desarrollo profesional, ir a radicar a la ciudad de Monterrey, al norte de México junto con mi esposa e hija.
Para muchos, un cambio de país representa un reto importante y una gran incertidumbre: una nueva ciudad, una nueva casa, un nuevo colegio para los hijos y la consiguiente distancia de la familia.

En esta nueva etapa de mi vida, he podido confirmar que el Opus Dei es un soporte y respaldo invaluable para mí y para mi familia. Gracias a un amigo peruano, quien me puso en contacto con Ricardo, fiel de la Obra en Monterrey, fui conociendo a más personas, quienes nos facilitaron a mi esposa y a mi, sentirnos como “en casa” desde el primer día, en el proceso natural de adaptación a un nuevo país, con el mismo idioma y costumbres parecidas a las nuestras, pero aun con todo eso, no es tu patria.
Sin embargo, esas nuevas amistades nos ayudaron en el proceso de admisión al colegio de mi hija —quien estudia en el Liceo Redwood, un colegio que recibe asistencia espiritual del Opus Dei—, y nos presentaron a varios padres de familia del colegio.
Ahora, tras casi dos años viviendo en México, puedo decir que el Opus Dei nos ha permitido sentirnos cada vez más en casa, a no considerarnos extranjeros, a pesar de no ser mexicanos, acompañándonos en lo que hemos necesitado, echando raíces como familia en una nueva patria, participando de la formación humana y cristiana que ofrece la Obra para cooperadores y amigos.
Amigos que nos han hecho sentir que, sin importar de dónde vengamos o a dónde vayamos, siempre vamos a encontrar una familia en la Obra: personas de distintas nacionalidades, profesiones e historias, unidas por una misma forma de vida: santificar el trabajo ordinario y, a través de él, acercar las almas a Dios.
Hoy tenemos grandes amistades en Monterrey, muchos de ellos son fieles del Opus Dei. Amigos que nos han hecho sentir que, sin importar de dónde vengamos o a dónde vayamos, siempre vamos a encontrar una familia en la Obra: personas de distintas nacionalidades, profesiones e historias, unidas por una misma forma de vida: santificar el trabajo ordinario y, a través de él, acercar las almas a Dios.

