Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuamos con la catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la revelación divina. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, pues, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el que Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda. Esto es lo que sucedió en Jesucristo. El Documento dice que la verdad íntima tanto de Dios como de la salvación del hombre nos resplandece en Cristo, que es a la vez mediador y plenitud de toda la revelación (cf. DV, 2).
Jesús nos revela al Padre al involucrarnos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre «los hombres […] pueden presentarse ante el Padre en el Espíritu Santo y participan de la naturaleza divina» (ibíd.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios al entrar en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Así lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor: «En ese mismo momento, Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has decidido en tu benevolencia. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (Lc 10,21-22).
Gracias a Jesús conocemos a Dios tal como Él nos conoce (cf. Ga 4,9; 1 Cor 13,13). De hecho, en Cristo, Dios se nos ha comunicado a sí mismo y, al mismo tiempo, nos ha revelado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce nuestras necesidades» (cf. Mt 6,32). Jesucristo es el lugar en el que reconocemos la verdad de Dios Padre, al tiempo que nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San Pablo escribe: «Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, […] para que recibiéramos la adopción de hijos. Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba! ¡Padre!”» (Gál 4,4-6).
Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los hombres, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad: «Por eso él —dice el Concilio—, al verlo se ve al Padre (cf. Jn 14, 9), con toda su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, con sus signos y milagros, y sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad, completa y realiza la revelación» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).
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Lo que nos salva y nos convoca no es solo la muerte y resurrección de Jesús, sino su propia persona: el Señor que se encarna, nace, cura, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su propia manera de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y atravesarlo. Jesús mismo nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Mirad las aves del cielo —dice—: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros; y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?» (Mt 6,26).
Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros —escribe San Pablo—, ¿quién estará contra nosotros? Él, que no ha escatimado ni a su propio Hijo, […] ¿no nos dará todo junto con Él?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona con confianza a Él.
