Carmela Aspíllaga Pazos fue la primera persona del Opus Dei que conocí en octubre de 1971. Una señora me había hablado de ella y me dio la dirección donde encontrarla: Av. José Pardo 298, Miraflores, en el que funcionaba el Centro Cultural Miralba y que hoy es la sede del Centro Cultural de la Universidad de Piura, conocida como “la Casona Pardo”.
Cursaba el segundo año de Estudios Generales en la PUCP y estaba desconcertada, al igual que algunos otros compañeros, porque en varias asignaturas se ridiculizaba las prácticas religiosas y se nos imponía, como pensamiento único el marxismo leninismo. Carmela, que en ese año trabajaba como periodista en el diario “La Prensa” se ofreció a ayudarme a clarificar mis ideas, facilitando la consulta de documentos del magisterio de la Iglesia, para que adquiriera un sano espíritu crítico.
Quería mucho a la gente y se interesaba por sus cosas, de modo personal, cultivando una auténtica amistad, en particular con sus alumnos, pero también con compañeros de trabajo.
Su amistad significó para mí, como para muchas otras personas que luego he conocido, un referente sobre la lealtad y firmeza para defender las propias convicciones. Quería mucho a la gente y se interesaba por sus cosas, de modo personal, cultivando una auténtica amistad, en particular con sus alumnos, pero también con compañeros de trabajo.

Una de las pioneras en la Universidad de Piura
Pocos años después, ella se fue a vivir a Piura, para trabajar en la aventura de sacar adelante una universidad en el desierto: la Universidad de Piura. El rigor académico de la enseñanza universitaria exige obtener el doctorado en la disciplina que se pretenda impartir.
Carmela nunca se arredró ante las dificultades para conseguir algo que consideraba valioso. Sé que había estudiado en el colegio Villa María que cuando ella cursó sus estudios, hace más de 70 años, no tenía reconocimiento oficial.

Por lo que decidió rendir examen de todas las asignaturas que había cursado, ante un Jurado formado por tres docentes, en un colegio del Estado, en muy poco tiempo, incluyendo Educación Física, a una edad en la que pocas personas se hubieran aventurado. Obtuvo muy buenas calificaciones, ya que destacaba por su excelente memoria y facilidad de palabra, pues era muy culta. Y luego obtuvo no sólo dos licenciaturas sino dos doctorados: en Comunicación y en Educación.
En las Facultades de Comunicación y Educación de la UDEP
En la Universidad de Piura trabajó para impulsar las facultades de Comunicación y Educación, dejando en sus alumnos una huella honda por su lenguaje claro, ameno, comprometido con la verdad y los valores cristianos.
Cuando regresó a vivir a la ciudad de Lima, ambas facultades gozaban de reconocido prestigio en los medios universitarios. A la vez, hacía compatible su trabajo en la universidad, con la atención de las personas que acudían a los centros del Opus Dei para mejorar su formación humana y espiritual. Y no sólo lo hizo en los centros de la ciudad de Piura, sino que durante un buen número de años viajó semanalmente a Chiclayo para colaborar en la labor apostólica de la Prelatura en esta ciudad.

Colaborando en la labor del Opus Dei en Chiclayo
admirábamos su profundo sentido de la filiación divina, que la llevaba a enfrentar las dificultades con optimismo y naturalidad, buscando soluciones.
Carmela tenía el grato don de contar las dificultades que había vivido, por la escasez de medios económicos para sacar adelante las diversas labores apostólicas que le habían encomendado en el Opus Dei, de tal modo, que quienes le escuchábamos nos reíamos y disfrutábamos, a la vez, que admirábamos su profundo sentido de la filiación divina, que la llevaba a enfrentar las dificultades con optimismo y naturalidad, buscando soluciones.
Recuerdo, por ejemplo, cómo contaba el derrumbamiento de la pared de su habitación, porque el inmueble en el que se alojaba en Chiclayo, era del siglo XIX, que le había permitido conocer a sus vecinos sin necesidad de presentación y de “un solo golpe”.

Con la ayuda del beato Álvaro en el colegio Montealto
Ya de regreso en Lima colaboró con Margarita Monforte, durante varios años en la dirección del colegio Salcantay. Y algunos años después, cuando otras personas piensan en la jubilación, Carmela aceptó el reto de asumir la dirección del colegio Montealto, que en esos momentos atravesaba por dificultades económicas. Carmela había conocido al beato Alvaro del Portillo, el sacerdote que sucedió a San Josemaría en la dirección del Opus Dei y le tenía gran devoción. Confiaba en su intercesión para muchas cosas, en particular, para las cuestiones económicas. Y con gran fe en Dios y audacia, puso en marcha proyectos que han logrado que, a la fecha, Montealto sea uno de los colegios más prestigiosos de Lima.
En la convivencia y la vida ordinaria
Quienes han convivido con ella coinciden en destacar su profundo compromiso vocacional, su valentía para afrontar retos por amor a Dios y a los demás, su espíritu de servicio, el cuidado de los objetos de culto, que transparentaban su profunda fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
Se involucraba en las necesidades de la casa en la que vivía, para lograr un ambiente grato de hogar, también en los aspectos materiales. Se entusiasmaba y entusiasmaba a otras personas para conseguir mejorar, por ejemplo, unas instalaciones que ya no eran funcionales. Quienes se relacionaban con ella eran arrastradas por su empuje, por su seguridad y claridad para enfrentar las dificultades, sin admitir desánimos.

Ya superados los 80 años siguió siendo un firme punto de apoyo para los demás, por sus iniciativas y generosidad. Este año habría cumplido 88 años. Su salud se fue deteriorando en los últimos meses, esta situación no la llevó al desaliento o tristeza, al contrario: quiso aprovechar cada día para crecer en un verdadero sentido de conversión, con esperanza y paz, pensando en la meta a la que siempre había aspirado: la unión con la Trinidad en el cielo.
Quiso siempre mucho a sus padres, hermanos y demás familiares. Le sobreviven dos de sus hermanos: Ántero, médico cirujano, por quien sentía particular orgullo por el trabajo que había desarrollado en la clínica Maison de Sante y sus publicaciones Y su hermana María Teresa, a quien acompañaba de cerca y velaba por su salud.
En su velorio y el día de su entierro, las muestras de cariño de innumerables personas se materializaron en mensajes, arreglos florales y en su presencia, rezando por su alma, con agradecimiento profundo. Mientras el féretro era introducido en la carroza funeraria, quienes estaban allí, exclamaron, con fuerza, sin haberse puesto de acuerdo: ¡Gracias Carmela! Un gracias que yo no pude decir con los labios, pero sí con el corazón.

