Meditaciones: domingo 3º de Adviento

Reflexión para meditar el domingo de la tercera semana de Adviento. Los temas propuestos son: ​la alegría del cristiano nace de la cercanía del Señor; los frutos de la alegría en el alma; como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios.

La alegría del cristiano nace de la cercanía del Señor

Los frutos de la alegría en el alma

Como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios


«JERUSALÉN, alégrate con una gran alegría, porque vendrá tu Salvador»[1]. La Iglesia anticipa hoy el gozo de la Navidad y recuerda insistentemente la recomendación de san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Estas palabras, dirigidas a la iglesia de Filipos, son como un resumen de la liturgia de este tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete por ser la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica: «Gaudete», ¡alegraos! La palabra de Dios y los textos propios de hoy están perfumados con la alegría que brota de la cercanía de nuestro Salvador. En la oración colecta de la Misa, le pedimos al Señor que nos mire y nos conceda «un corazón nuevo y una inmensa alegría»[2]. Además, por este motivo y siempre que sea posible, el color litúrgico correspondiente a este día es el rosado.

En Filipos existía una comunidad cristiana de la cual san Pablo se sentía muy orgulloso, ya que destacaba por una gran fidelidad al Señor. Se dirige a ellos con palabras afectuosas y llenas de esperanza. Es verdaderamente admirable, si se tiene en cuenta que san Pablo les escribe desde la cárcel, encadenado por su amor a Jesucristo. «El Señor está cerca» (Flp 4,5), les anima. Ciertamente, las circunstancias en las que vivimos, aunque alguna vez puedan ser difíciles o dolorosas, no son un obstáculo insalvable para la verdadera alegría. El Señor está siempre a nuestro lado con su providencia amorosa. Aquellos primeros cristianos, frente al ambiente adverso en el que se movían, aprendieron a poner su esperanza en la vida de Jesucristo. «Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios –dice San Cipriano–: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor»[3].

La alegría a la que nos invita la palabra de Dios no es un optimismo dulzón. Es algo más sólido, con cimientos profundos. Se trata de una alegría que se edifica sobre la certeza de que, mientras aguardamos su venida, el Señor está aquí, a nuestro lado, cuidando amorosamente de su pueblo. Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y está dispuesto a pelear a nuestro lado. Jesús viene una vez más, por tanto, «ya no tengáis miedo» (Is 35, 4).


«REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia» (Is 61,10). El profeta Isaías, en la primera lectura de la Misa, nos recuerda que la alegría del creyente proviene principalmente de lo que Dios hace por nosotros. La raíz del gozo interior no es fruto del esfuerzo personal por hacer las cosas bien, aunque esto sin duda también nos otorgue alegría. Más en profundidad, «la alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge y nos perdona siempre»[4]. Nace así en el corazón una esperanza que alumbra nuestro caminar, porque confiamos en el poder del Señor. Sabemos que el Salvador está a punto de llegar, no nos va ni a faltar ni a fallar.

«Lo mismo que la tierra echa sus brotes, y el huerto hace germinar sus semillas, así el Señor Dios hace germinar la justicia y la alabanza» (Is 61,11). La alegría nace de una vida fecundada por el amor de Dios que conduce a un sano olvido de sí, nos facilita una entrega delicada al Señor y a nuestros hermanos. Todo ello deja en nuestra vida un surco de paz. «Hijos míos: que estéis contentos –nos animaba san Josemaría–. Yo lo estoy, aunque no lo debiera estar mirando mi pobre vida. Pero estoy contento, porque veo que el Señor nos busca una vez más, que el Señor sigue siendo nuestro Padre; porque sé que vosotros y yo veremos qué cosas hay que arrancar, y decididamente las arrancaremos; qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[5].

Fruto de la presencia y acción del Espíritu Santo en el alma, gozaremos de esta alegría habitualmente en nuestra vida. «¡Cuántas contrariedades desaparecen cuando interiormente nos colocamos bien próximos a ese Dios nuestro, que nunca abandona! Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz»[6].


«SURGIÓ UN HOMBRE enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1,6-7). Retirado en el desierto, Juan predica junto al Jordán. Impresiona al pueblo por sus palabras y por su estilo de vida, hasta el punto de suscitar la pregunta de si era él acaso el Mesías esperado (cfr. Lc 3,15-17). Juan responde negativamente y manifiesta su misión: «Yo soy la voz que grita en el desierto: enderezad el camino del Señor, como anunció el profeta Isaías». Sus palabras y su vida transformada son un signo luminoso de la llegada del Salvador.

Nos podemos preguntar: «¿De dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia»[7]. Al hilo del mensaje del Bautista, nos damos cuenta que también nosotros podemos mostrar, con el ejemplo de nuestra vida con sabor a Evangelio, la cercanía de la venida del Señor. Somos así voz que anuncia a Jesús en nuestro entorno, en nuestra familia, en nuestro trabajo. Podemos ser, como Juan el Bautista, precursores de la gracia de Dios.

La Virgen Santísima es causa nostrae laetitiae, siempre nos trae alegría. Le pedimos que nos ayude a allanar los caminos del Señor. Con ella «hemos de llenar de luz el mundo, porque el nuestro ha de ser un servicio hecho con alegría. Que donde haya un hijo de Dios en su Obra no falte ese buen humor, que es fruto de la paz interior. De la paz interior y de la entrega: el darse al servicio de los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de gozo espiritual»[8].


[1] Liturgia de las Horas, Vísperas del III Domingo de Adviento, antífona 1.

[2] Oración colecta del III Domingo de Adviento.

[3] San Cipriano, De mortalitate, 13.

[4] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-XI-1961.

[5] San Josemaría, Carta 24-III-1931, n. 62.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 249.

[7] Benedicto XVI, Audiencia general, 29-VIII-2012.

[8] San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 22.