Meditaciones: 2º domingo de san José

Segunda reflexión para meditar durante los siete domingos de san José. Los temas propuestos son: san José, padre amado; modelo de padre; patrono de la familia.

- San José, padre amado

- Modelo de padre

- Patrono de la familia


EN LA ORACIÓN pronunciada por Cristo en Getsemaní se manifiesta la cercanía y el poder de Dios: «¡Abbá, Padre, para ti todo es posible!» (Mc 14,35). Podemos pensar que Jesús, años antes, se dirigió muchas veces con esa misma exclamación a José, su padre en la tierra: abbá, papá. Por eso el patriarca, en su humanidad igual a la nuestra, es en cierto sentido un icono de la paternidad de Dios. Así lo ha entendido a lo largo de los siglos la piedad popular y lo han hecho también los artistas, representando a san José con un rostro idéntico al del Padre.

San Josemaría notaba que Dios es el primero que ama de modo especialísimo a san José. Dios, al preparar un padre terrenal para Jesús, de manera similar a como lo había hecho con María, eligió a un hombre especial, justo, cuya santidad atraía a los demás y llenaba de paz su entorno. «La Sagrada Escritura cuenta muy poco de san José. Parece que tenía un empeño muy grande de pasar oculto, y el Señor le ha concedido esa virtud tan hermosa (...). Inmediatamente después de la Virgen, estoy seguro de que en santidad viene José. Y san José ha tratado tanto a la Virgen y al Niño Dios que hasta la liturgia se pone –¿cómo diría yo?– afectuosa… San José está adornado de virtudes admirables. Sería encantador, y tendría además un carácter lleno de fortaleza, de reciedumbre y de suavidad a la vez»[1].

Es muy significativo que, en la genealogía de Jesucristo que nos detalla el evangelio de san Mateo, el hilo de unión entre generaciones sea la paternidad: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc. Pero, al llegar al último eslabón, el evangelista rompe la secuencia anotando: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo» (Mt 1,16). La paternidad le toca a san José no por haber engendrado a Jesús sino por ser el esposo de la Virgen María. San José es un «padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano»[2] justamente por ser el esposo amado de nuestra Madre. Es la belleza y grandeza del matrimonio lo que funda su paternidad. Y aquel padre y esposo, querido por tantos fieles, nos puede preguntar: «¿Confías en mis desvelos por ti? ¿Confías en el deseo que tengo de acercarte al amor de Dios?».


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,20). En estas breves palabras del evangelista podemos descubrir tres cosas: primero, el carácter personal de la elección divina –que se manifiesta en el uso de los nombres propios «José» y «María»–; después, la relación que los unirá –«tu esposa»–; y, en tercer lugar, la responsabilidad que Dios confiere al patriarca –tú «le pondrás por nombre»–. En la vida de María y de José todo está en relación con Jesús, todo está ordenado hacia él. Ese amor matrimonial se traduce en un mirar juntos a su hijo para, así, como padre y madre, participar en la obra de la redención. La mayor parte de los cristianos viven su fe precisamente así, dentro del matrimonio, ya que se trata de una vocación, un camino para mirar e ir hacia Jesucristo.

En una ocasión, una madre de familia que había quedado viuda preguntó a san Josemaría cómo llenar el vacío dejado por su esposo: «Sé muy devota de san José –respondió el fundador del Opus Dei–. San José llevó adelante la familia de Nazaret, y llevará adelante también la tuya. Adquiere una imagencita de san José, tenle devoción, enciéndele piadosamente una luz de cuando en cuando, como nuestras madres, como nuestras abuelas: todas las viejas devociones son actuales, no hay ni una que no sea actual»[3]. Ya santa Teresa, siglos atrás, animaba a todas las almas a confiar sin reservas en san José: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios»[4].

El santo patriarca, al haber recibido la misión de educar al Hijo de Dios, de tomarlo de la mano para acompañarlo en sus primeros pasos en tantos ámbitos de la vida, puede ser un apoyo para todas las familias y para todo apóstol. San José educó al Niño Jesús en cómo relacionarse con las demás personas, en el trabajo, en la escucha de la Sagrada Escritura llevándolo los sábados a la sinagoga... «La misión de san José es ciertamente única e irrepetible, porque absolutamente único es Jesús. Y, sin embargo, al custodiar a Jesús, educándolo en el crecimiento en edad, sabiduría y gracia, él es modelo para todo educador, en especial para todo padre»[5].


SAN JOSÉ tiene un papel propio e insustituible en la configuración de la Sagrada Familia. «La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María»[6]. El patriarca, por aquella particular llamada a constituir la familia de Jesús, aprende a ser padre, colabora en la preparación del Hijo para el cumplimiento de su misión. Y, al mismo tiempo, se encuentra permanentemente al lado de su esposa, sosteniéndola en su tarea de ser madre de Dios. Por eso san José es patrono también del nacimiento y del desarrollo de nuestras familias.

«La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento»[7]. San Juan Pablo II señalaba que el futuro de la humanidad pasa por la familia porque allí, generalmente, desarrollamos los fundamentos más importantes para tener una vida feliz, aunque Dios también pueda tener otros caminos, ya que cada persona es única. Por eso acudimos especialmente a san José, patrono de la familia, para que nos ayude a vivir y a mostrar su belleza, según el modelo de Nazaret.

«No tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su madre María. Los cristianos, cuando se casan “en el Señor”, se transforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan sólo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad»[8]. A san José, esposo de la bienaventurada Virgen María, le imploramos diariamente con esta súplica: Dios te hizo padre y señor de toda su casa, así que ¡ruega por nosotros!


[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-VII-1974.

[2] Francisco, carta apostólica Patris corde, n. 1.

[3] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-VI-1974.

[4] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 6, 7.

[5] Francisco, Audiencia general, 19-III-2014.

[6] Francisco, ex. ap. Amoris laetitia, n. 65.

[7] Benedicto XVI, Ángelus, 28-XII-2008.

[8] Francisco, Audiencia general, 29-IV-2015.