Fernando conoció el Opus Dei mientras estudiaba la preparatoria. Un amigo lo invitó a un centro de la Obra y ahí se sintió especialmente atraído por el ambiente en el que se encontró: «Todo era muy piadoso, muy de trabajo, muy de echar para adelante». Poco después, solicitó su admisión como numerario del Opus Dei.

Al salir de la universidad, Fernando comenzó a trabajar en una casa de bolsa. «¿Por qué soy casabolsero? Por amor a Dios». Fernando veía en su trabajo el entorno natural en el que compartir con los demás un sentido de vida cristiano. Muchos de sus compañeros de trabajo después formaron familias y hogares cristianos, «no gracias a mí, sino gracias a la Obra. ¿Por qué se acercaron? Porque veían el ejemplo de un financiero entregado a Dios». Durante esos once años en el Opus Dei, Fernando poco a poco fue descubriendo la ilusión de ser santo, de ganarse el Cielo, también en medio de las dificultades y de las cruces.

Un día, Fernando recibió la indicación de dejar la Obra. «Fue una cosa extraña. Me dicen que me habían puesto una tarjeta amarilla, llamada admonición». La razón que recibió fue que no había seguido el protocolo establecido al hablar con personas de la jerarquía eclesiástica. Luego, le dijeron que, además, tenía una segunda admonición y que lo mejor era que dejara la Obra. «Entonces —recuerda Fernando— viene una gran desilusión para mí». Sin embargo, gracias en gran parte a su esposa —con la que se casó algunos años después de dejar la Obra—, Fernando siguió cerca de Dios.

Tiempo después, Fernando se fue a vivir a Miami. Allí, se sorprendió al reencontrarse con Víctor, aquel amigo que lo había invitado por primera vez a un centro del Opus Dei. Y cuál no sería su sorpresa al saber que Víctor se había ordenado sacerdote algunos años antes. «La amistad mueve montañas», dice Fernando. Gracias a la auténtica amistad que le unía con Víctor, «empecé a encontrarme con Dios otra vez, a recomenzar con la Obra otra vez, a enamorarme de la Obra otra vez». 

«Empecé a encontrarme con Dios otra vez, a recomenzar con la Obra otra vez, a enamorarme de la Obra otra vez»

Fernando recuerda que eran muy buenos amigos: «Nos contábamos todo», y si las personas escuchaban risas desde el confesionario, era porque Fernando se estaba confesando con su amigo. «Empecé a hacer apostolado de nuevo y me volví a enamorar de la Obra, como siempre». Fernando dice que, aunque se había nublado un poco por el sufrimiento que había implicado lo vivido, «ahí seguían el amor al apostolado, el amor a la oración y el amor a la dirección espiritual, que sin esas cosas no puedo vivir».

Después de siete años en Miami, Fernando regresó a México. «Pero gracias a que encontré a ese amigo de la Obra y que le conté lo que había pasado», recuerda Fernando, «él mandó a hacer un poquito de investigación, de qué fue lo que pasó conmigo». Poco después, un director de la Obra en México buscó a Fernando para hablar con él, para pedirle perdón institucional. «El director de la Obra que me pidió perdón me dijo que habían investigado, analizado, más bien, mi caso y que, pues, estaban muy apenados por haber hecho lo que hicieron conmigo», dice Fernando. «Y yo lo agradezco, lo agradezco de veras».

Ahora, Fernando vive con su familia en la Ciudad de México y sigue participando en actividades de formación organizadas por la Obra. «Desde que entré al Opus Dei, la verdad, me apasioné por el espíritu de la Obra», cuenta Fernando. «A la fecha, sigo apasionado por el espíritu de la Obra, después de tantos años».