Evangelio del viernes: la sencillez del leproso

Comentario del viernes de la 12° semana del tiempo ordinario. “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Estas palabras, quizá tantas veces escuchadas, encierran una gran lección de humildad. El leproso del evangelio nos muestra la sencillez con que tenemos que presentar al Señor nuestras miserias y debilidades, abandonando y dejando en sus manos el resultado de lo que pedimos.

Opus Dei - Evangelio del viernes: la sencillez del leproso

Evangelio (Mt 8, 1- 4)

Al bajar del monte le seguía una gran multitud.

En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: -Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: -Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra.

Entonces le dijo Jesús: -Mira, no lo digas a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.


Comentario

El evangelio de hoy nos sitúa en el momento inmediatamente posterior al sermón de la montaña. Al bajar el Señor del monte “le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso” (vv. 1-2). Sabemos que la lepra era una enfermedad que obligaba al que la padecía a apartarse de la sociedad y era considerada por muchos como un castigo divino (Lev 13-14). A pesar de los obstáculos, este hombre consigue acercarse a Jesús, y pide con total sencillez ser curado de su mal.

Además del rechazo social, el leproso debió superar también la vergüenza de mostrarse vulnerable y necesitado de ayuda. Muchas veces, esto es lo que más cuesta cuando se trata de abrir el alma a alguien que nos pueda ayudar. Tememos ser rechazados o mal comprendidos y que al final la herida sea más profunda que al inicio. A veces, nos falta la sencillez del leproso y preferimos conservar en secreto nuestras miserias y pecados.

El leproso del evangelio de hoy nos enseña como tenemos que actuar cuando notamos nuestros límites y flaquezas. Nos indica que el camino más simple es arrodillarnos delante de Jesús, decir sin afectación cuál es nuestro problema y pedir humilde y confiadamente la ayuda de Dios, sabiendo ser muy respetuosos del misterio de la libertad de Dios, que sabe mejor que es lo que nos conviene: Señor, si quieres, puedes limpiarme (v. 2).

Esta actitud, que podremos poner por obra tantas veces en la intimidad de nuestra oración, es también la que se nos invita a tener en el sacramento de la confesión, ya que es ahí donde el Señor quiere seguir limpiando la suciedad de nuestros corazones. En el confesionario tenemos la oportunidad de imitar al leproso, arrodillándonos, confesando nuestra suciedad y esperando con alegría aquellas palabras de Jesús: Quiero, queda limpio (v. 3).