De Tarragona a Barcelona, pasando por Malabo (I)

¡Eso, ahora mismo nos vamos al aeropuerto y cambiamos los billetes!, bromeaban mis padres. Y en un visto y no visto, nos plantamos en Guinea Ecuatorial...

Adios, Candy Candy

Entonces vivíamos en Tarragona. Yo debía tener unos ocho años cuando mis padres nos dijeron que empezáramos a recoger la casa porque nos íbamos de vacaciones. -“Qué bien”, pensé.

Empaquetaron los cuadros, luego los muebles, y poco a poco fueron desapareciendo las camas, los armarios y las cortinas. “Claro –pensaba yo- es que nos vamos de vacaciones”. Mis hermanas estaban contentísimas. Hasta que una tarde me quitaron el póster de Candy Candy del cuarto y aterricé en la realidad.

-¡Yo no me voy de Tarragona! –protesté-. ¡Yo me quedo en España con mis amigas!

-¡Eso, ahora mismo nos vamos al aeropuerto y cambiamos los billetes! -bromeaban mis padres. Y en un visto y no visto, nos plantamos en Guinea Ecuatorial. 

Mi abuelo

La verdad es que, a pesar de mis pataleos iniciales, África me encantó y me sirvió para comprenderme a mí misma. Allí descubrí mis raíces, y vi que era guineana de corazón, aunque hubiera nacido en un país lejano del sur de Europa. Aprendí nuevas costumbres, me enseñaron a bailar y me presentaron a muchas personas de mi familia que desconocía…

Entre todas ellas, la figura de mi abuelo ejerció sobre mí una influencia especialísima. Yo era muy pequeña, y ahora me doy cuenta de que él fue labrando y abonando la tierra donde creció mi vocación. Mis hermanas y yo nos poníamos a su lado, junto a sus rodillas, y comenzaba a hablarnos de Dios. “En esta vida lo primero es Dios –nos decía-; y luego vienen papá y mamá

-¡Cómo! –saltábamos nosotras- ¿Luego papa y mamá?

Sí; Dios es lo primero. Luego vienen ellos. Y después, vosotras. Siempre por este orden: Dios, papá y mamá, yo.

Y nos recordaba que cuando Dios llama hay que decirle que sí, con generosidad, porque somos simples administradores de lo que nos va dando durante nuestro paso por la tierra. Y así, día tras día, de una forma cariñosa y entrañable, fue sembrando en nuestras almas una actitud de docilidad, de disponibilidad y entrega plena a la Voluntad de Dios. Citaba mucho una frase de san Agustín: “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”…

Sus palabras iban cayendo sobre nosotras como una lluvia fina, suave, revitalizadora… Cierro los ojos y me parece escuchar su voz, diciéndonos, casi en un susurro: “No lo olvidéis nunca: lo único importante que hay que hacer en esta vida es cumplir la voluntad de Dios”. 

Mis padres

Mis padres trabajaban mucho para sacarnos adelante: mi padre es ingeniero y mi madre, enfermera. Y nos dejaban las cosas muy claras cuando era necesario. Recuerdo que un domingo, cuando era pequeña, me madre me decía: “Vamos, Inés, arréglate, que llegamos tarde a Misa”. Pero yo estaba jugando con no sé qué y me daba rabia tener que cortar… Volvió a insistirme y comencé a vestirme, enfadada, refunfuñando por dentro y por fuera.

Unos feligreses se disponen a asistir a la Misa

Entonces mi madre me dijo muy serena:

-Mira, Inés: el Señor no quiere que hagamos las cosas de mala manera. Así que tú decides: si quieres, te vienes conmigo a Misa; si no quieres, te quitas el vestido de fiesta y sigues jugando. Pero no tiene sentido que vayas con esa cara...

Y se fue.

Aquello me impactó, porque hasta aquel momento, yo iba a Misa todos los domingos sólo porque “tocaba”, y aquel día descubrí que la Misa era algo muy importante; no se trataba de ir sólo porque fueran mis padres. Mi fe no podía ser algo que dependiese de los demás. Era una opción personal. Era yo, y nadie más que yo –comprendí- la que debía aceptar o no esas convicciones religiosas que deseaban transmitirme.

El fuerte sentido de los guineanos me ayudó muchísimo. Vivían intensamente la Eucaristía, con una alegría exuberante. La Misa se celebraba con gran dignidad y se cantaba mucho, como es frecuente en África, al ritmo del tambor y de otros instrumentos; pero todo aquello no nos distraía, sino que, al contrario, nos ayudaba a rezar y a vivir el misterio con más profundidad. Las iglesias estaban abarrotadas y al final, salías verdaderamente reconfortado.

Dios estaba continuamente presente. Se hablaba de Dios en las reuniones familiares, al comprar en el mercado… No existía ese “silencio de Dios” que llena de tristeza tantos ambientes europeos. Desde luego, faltaba coherencia de vida en algunas personas, pero, por encima de las miserias humanas, había algo claro e indiscutible: Dios era la gran referencia para todos, y todos le aceptaban como el Único que podía colmar las aspiraciones del corazón humano, algo que la cultura materialista de Occidente parece haber olvidado.

La alegría de África

Aquellos tres años en África fueron decisivos en mi vida. Vi como los guineanos luchaban por salir adelante, a pesar de su pobreza, sin perder nunca la esperanza. Comprendí por qué Juan Pablo II decía que África es el continente de la esperanza. No es sólo por lo que pueda ser en el futuro; esa frase es, antes que nada, la constatación que los africanos saben vivir día tras día con esperanza y con una alegría –¡la alegría de África!- que les acompaña en todo momento.

Es curioso: aquí, en Europa, donde gozamos de tantos medios materiales, a veces superfluos, la vida cotidiana resulta a veces más triste, más opresiva, más agobiante.

Niños africanos

Yo estudiaba en el Colegio Español y para hacer una carrera en mi lengua sólo tenía una posibilidad: conseguir una de las cuatro becas que concedía el gobierno para estudiar en España. Eso significaba sacar muy buenas notas y yo, la verdad, iba bastante justilla, porque pensaba que con aprobar ya tenía bastante…

Hasta que un día mi padre y me dijo: “Mira Inés: nosotros no tenemos medios económicos para pagarte una carrera en el extranjero; así que si quieres estudiar en España tendrás que esforzarte mucho, especialmente con las matemáticas (que se me daban fatal). De todas formas, es tu futuro: tú eres la que decides”.

Aquel voto de confianza me ayudó mucho; y empecé a estudiar matemáticas con un tesón… Sin exagerar, fue un esfuerzo sobrehumano; el más grande que he hecho en toda mi vida. Y gracias a Dios, superé las Matemáticas, logré sacar una de las cuatro becas y me vine a Sigüenza, donde estuve estudiando el bachillerato.

Casualidades

Mi encuentro con el Opus Dei sucedió como “de casualidad”, aunque para Dios no existan las casualidades… Fue durante el verano. Estaba con mi madrina, pasando unos días en Tarragona, y un día me habló de una chica del Opus Dei que iba con una amiga suya a visitar a los ancianos de un asilo, para hacerles un rato de compañía. -“¿Te gustaría acompañarlas?” –“Claro que sí”, le dije; y me presentó a esa chica, que me dejó muy impresionada, especialmente por su sencillez.

Nos hicimos muy amigas y cuando volví a Sigüenza comenzamos a escribirnos con frecuencia. Le dije que quería estudiar Turismo y me propuso que me viniera a Barcelona para estudiar y trabajar en el Centro en el que vivía ella: estaba dirigido por mujeres del Opus Dei -me explicó- y allí podría compatibilizar mis estudios con un trabajo que me serviría para pagarme la estancia. No me lo pensé dos veces y me vine a Barcelona.

Entonces sucedió algo insospechado. Siempre he pensando que fue algo providencial. Por diversas razones mi amiga no pudo quedarse aquel año en el Centro y entonces –porque hasta aquel momento no me había llamado la atención- comencé a interesarme por el Opus Dei. Y empecé a preguntarme: ¿y si éste fuera el camino donde que me quiere Dios?

Mi vocación 

Jóvenes en Torreciudad

Es curioso como Dios dispone las cosas. En una ocasión fuimos al Santuario de Torreciudad y aquellos pocos días que pasé junto a la Virgen, fueron decisivos. Hasta aquel momento yo pensaba que vivir la vida cristiana con intensidad era sólo para los curas y las monjas, y no para gente corriente y moliente como yo… Y ver a tanta gente joven rezando me impresionó muchísimo. No había visto nunca nada parecido.

Comprendí con claridad que Dios me estaba pidiendo ser numeraria auxiliar. Tardé en decidirme, porque cada vez que me lo planteaba, lo rechazaba diciéndome: “no, no; esto no es lo mío”. Hasta que al final dije que sí.

Ahora, al recordar todo esto… ¡estoy tan agradecida a Dios por todo lo que me ha dado! Mis padres, mis hermanas –somos cinco-, mi familia… En la Obra he encontrado sustancialmente la concepción de la vida cristiana que me enseñaron en casa. Es la misma, sólo que me ayudan a vivirla con plenitud, con la ayuda de un espíritu específico, y me estimulan para que cultive ese conjunto de virtudes humanas y cristianas que aprendí desde pequeña. 

Mi trabajo

Pienso, por ejemplo, en mi trabajo. Es el trabajo propio de una madre y por eso me sirve mucho pensar en el ejemplo de la mía. He nacido en una familia numerosa, en la que hemos pasado muchos apuros económicos, como tantas familias, pero siempre con serenidad.

Esto me ha servido tanto en mi vocación como en mi trabajo como numeraria auxiliar, ya que en mi vida esos dos elementos -vocación y trabajo del hogar- están estrechamente unidos. Es algo que me estimula a planificar bien y a poner la cabeza en lo que hago, sopesando hasta dónde se puede llegar en un determinado gasto, para no estirar más el brazo que la manga…

El espíritu del Opus Dei me ayuda a trabajar mucho y a trabajar bien. Es algo que está al alcance de todos… si se pone esfuerzo, naturalmente. Además del esfuerzo hay que poner corazón, diligencia y cabeza; y a aprender a coordinarte en tu tarea con otras personas. Yo tiendo – y veo que a muchas personas les pasa lo mismo- a solucionar los problemas a mi manera: si por mí fuera, empezaría por acá, y pum, pum, pin, pan, acabaría por allá; y santas pascuas…

Pero cuando trabajas junto a otras personas vas aprendiendo y mejorando. Y vas puliendo aristas de carácter en el trato con los demás… Y vas ganando en comprensión, porque un mal día lo tiene cualquiera, y a veces… ¡tenemos muchos malos días!

Intento trabajar haciendo la vida agradable a los demás. No es que lo consiga siempre, desde luego, pero “estoy en ello”, como suele decirse. Porque lo contrario sería contradictorio: no tendría sentido hacer una serie de florituras en un trabajo, ofrecérselo a Dios y pasar olímpicamente de las personas que trabajan contigo.

Además, trabajar bien supone estar pendiente de los que trabajan a tu lado; ayudar a ésta, cuando la ves cansada; escuchar a la otra, cuando tiene ganas de desahogarse y hablar; y pasar por alto ese conjunto de menudencias en el trato que a veces agrandamos. Y eso, un día y otro, y otro, y otro… Eso lo que te ayuda a “santificar y a santificarte” realmente en el trabajo. El resto son teorías.

Pero de eso, si os parece, hablamos otro día.