La historia de Ximena Valdivia se entiende a partir de sus raíces en los centros de la Obra en Chiclayo. Fue en los clubes Farolillo y Sauces donde, durante su adolescencia, aprendió el valor de la amistad, el espíritu de servicio y, de manera especial, el amor al Romano Pontífice. Lo que comenzó como una formación juvenil se convirtió, con el tiempo, en el motor de su compromiso con la Iglesia.
Un encuentro con raíces peruanas
Ese amor al Papa se hizo muy concreto cuando empezó a colaborar durante la pandemia en la pastoral juvenil de su diócesis. Allí conoció a monseñor Robert Prevost, quien entonces era su obispo en Chiclayo. Ximena recuerda una relación marcada por la sencillez y la escucha: «Cada vez que requeríamos su apoyo para dirigir un mensaje al clero o respaldar alguna actividad, lo hacía sin dudar. Nunca se nos cerró una puerta».

Esa relación de confianza que había surgido en tierras peruanas dio un salto cualitativo cuando monseñor Prevost fue elegido Papa. En julio de 2025, Ximena viajó a Roma para el Jubileo de los Jóvenes, que además coincidía con las Fiestas Patrias de Perú, y tuvo la oportunidad de saludarlo nuevamente. «Le obsequié una imagen de la Virgen Nuestra Señora de la Paz de Chiclayo, confeccionada artesanalmente por una prima».

En aquella audiencia, el Santo Padre pidió a los peregrinos que todo lo aprendido lo transmitieran a quienes no habían podido viajar. «Nos animó a que esta experiencia no se reduzca a un recuerdo. Por el contrario, que sea siempre un impulso, para inundar las tierras del Perú con la alegría y la fuerza del Evangelio». Al finalizar, les dirigió un afectuoso «felices Fiestas Patrias» con una sonrisa que, en palabras de Ximena, «les abrazó el alma».

El trabajo consultivo en el Vaticano
Con el tiempo, su compromiso con la Iglesia dio un paso más al ser designada miembro del International Youth Advisory Body (IYAB), un equipo de veinte jóvenes de todo el mundo que asesora al Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida. En las reuniones de trabajo celebradas en Roma en octubre de 2025, Ximena pudo comprobar que esa sencillez que definía a su obispo en Chiclayo se mantenía intacta en el Santo Padre.
Mientras esperaba para entrar a una audiencia, surgió una conversación con otra joven del consejo sobre el punto de Camino 178.
Al compartir este detalle, ambas descubrieron que compartían la misma formación en países tan distantes como Perú y Dinamarca. Fue un momento de muchísima alegría, explica Ximena, al percibir cómo la fe y la labor de la Obra crean vínculos de amistad inmediata que superan cualquier frontera geográfica.

La misión de ser luz en la vida ordinaria
Hoy, Ximena compagina su labor en el Vaticano con su trabajo como analista de diseño e-learning. Siguiendo la invitación del Papa de ser sal de la tierra y luz del mundo, busca que su paso por la Universidad Internacional de Valencia y su vida profesional sean una prolongación de ese servicio que empezó de niña en Chiclayo. Su testimonio refleja cómo la formación recibida en la Obra es, en última instancia, una preparación para amar y servir a la Iglesia en el lugar donde cada uno se encuentre.
