Cuando se nos dice que como cristianos estamos obligados a hacer bien nuestro trabajo, probablemente pensemos en cosas como rendir, cumplir o alcanzar metas. Pero pocas veces nos preguntamos algo más profundo: ¿en qué sentido puede mi trabajo bien hecho ser un camino para acercarme a Dios?
Incluso habiendo oído muchas veces hablar de la santificación del trabajo profesional y el estudio, puede parecernos en la práctica que el mundo profesional y la vida espiritual son dos cosas separadas. Si se les combina, será al modo de unas cucharadas de aceite que se han colocado en un vaso con agua para luego revolverlas: por unos instantes se divisan las gotas amarillentas dispersas por el líquido transparente, pero muy pronto la naturaleza de cada elemento del compuesto conduce a que cada cual vuelva al lugar que le es natural. De un modo similar, nuestro concepto de “santificar el trabajo” puede ser simplemente colocar una imagen religiosa en el escritorio, e intercalar excursos piadosos en la tarea cada cierto rato. O quizá sencillamente pararnos a recitar avemarías cuando estamos muy nerviosos, pidiendo a Dios y los santos que nos ayuden a salir de un entuerto y concluir exitosamente un desafío académico o profesional. Y todo esto es sin duda un muy buen punto de partida, pero está lejos de llegar aún a constituir una verdadera santificación del trabajo. Esta es algo mucho más grande: consisten en hacer de nuestra labor cotidiana un lugar para encontrarnos con Dios y alcanzar intimidad con Él.
En este artículo presentaremos tres claves para entender cómo un cristiano puede hacer del trabajo y el estudio un camino para llegar a Dios. La primera, consiste en aprender a diferenciar el trabajo bien hecho del perfeccionismo. La segunda, es trabajar desde la caridad y el servicio a los demás. Por último, nos referiremos a la necesidad de cultivar una mirada contemplativa, que nos ayude a entender qué espera Dios de nosotros en medio de nuestras responsabilidades. Vivido de acuerdo con estas tres coordenadas, el trabajo deja de ser solo un conjunto de tareas y obligaciones humanas con las que hay que cumplir, y se transforma en un auténtico camino de santidad.
El trabajo bien hecho no es lo mismo que el perfeccionismo exitista
¿Qué significa “santificar el trabajo”? Un error frecuente es suponer que equivale únicamente a hacerlo con perfección y acabamiento técnicos, alcanzando resultados sean siempre sobresalientes. Sin embargo, la calidad sobrenatural de un trabajo no se mide según los parámetros humanos de éxito. Si no tenemos esto claro desde el comienzo, existe el peligro de convertir el trabajo profesional o el desempeño académico en una excusa para la autoafirmación o una medida del propio valor.
Un síntoma de que nuestro modo de trabajar puede estar contaminado por el “exitismo perfeccionista” es el miedo excesivo al error, a que se note que no lo hacemos todo bien. Debemos ser exigentes con nosotros mismos, pero siempre desde el realismo: tenemos límites, y nunca lograremos que las cosas queden tan bien como querríamos. La inseguridad nos tienta con el terreno conocido, nos quita fuerzas para probar otras tareas o áreas de estudio en las que nos sentimos menos hábiles, sólo porque tememos que nuestro desempeño quedará por debajo de los estándares que nos hemos propuesto para todo. En estos casos, conviene recordar que, a veces, concluir imperfectamente una tarea puede ser mejor que eludirla indefinidamente por miedo de fracasar.
También es posible que estas inseguridades nos lleven a poner excesiva atención a ciertos detalles menores que anticipamos serán observados por quien nos evalúa, mientras descuidamos otros aspectos que, en conciencia, sabemos que son mucho más relevantes, aunque sean menos notorios a ojos externos. En el ámbito del estudio, la forma más patológica de esta desviación es la deshonestidad académica, que procura alcanzar un buen resultado aunque éste no refleje la realidad de los conocimientos adquiridos.
En el extremo opuesto, está la tentación de correr riesgos innecesarios e imprudentes por la ambición de alcanzar resultados demasiado espectaculares. Detrás de esa actitud puede esconderse una sensación de que lo que se obtiene con responsabilidad es insuficiente. O quizá estemos tan enfrascados en el afán por conseguir un éxito inmediato, que ignoremos los efectos de largo plazo, asumiendo con cierta frivolidad que esos problemas se irán resolviendo en el camino. Entre unas cosas y otras, el hecho es que despreciamos los resultados del trabajo lento pero constante, y preferimos la adrenalina de conseguir un ascenso meteórico en el ámbito profesional.
Nada de esto es santificación del trabajo, por más que lo adornemos de prácticas piadosas que, quizá nos ayudan a lidiar mejor con el nerviosismo que produce trabajar de este modo, pero no nos acercan realmente a Dios. No mientras no comencemos por rectificar la intención.
Trabajar por amor y con amor
Lo más grave de las tentaciones que se han descrito, es que en ambos casos nuestro esfuerzo ha quedado desvinculado de la virtud de la caridad, ley suprema de la conducta cristiana que debiera sostener y animar toda labor. Al ser exitistas y obsesivos de la perfección, no estamos pensando en el bien que nuestra labor producirá finalmente, sino tan solo en el aplauso o las rentas cortoplacistas. Un síntoma claro de esto es que, en el camino, podemos estar maltratando a las demás personas o cometiendo injusticias.
San Juan Pablo II, en su encíclica Laborem exercens, nos enseñó que el valor más importante del trabajo humano reside no en los resultados objetivos que este produce, sino en el valor subjetivo que genera en los mismos trabajadores y en quienes están a su alrededor. Santificar el trabajo es, en ese sentido, algo indisociable de santificarnos al trabajar y contribuir a la santidad de los demás. En este sentido, lo prioritario no son las utilidades que generamos o las calificaciones que obtenemos, sino la manera en que ejercitamos las virtudes y contribuimos al bien común. Sólo así el trabajo y el estudio se convierten en ofrenda grata a Dios.
La manera cristiana de trabajar se caracteriza entonces por un marcado espíritu de servicio. A veces, el bien que hacemos con nuestro trabajo es menos evidente de lo que nos gustaría. Hay profesiones que aportan mucho, pero de un modo indirecto, que sólo lo comprende quien ha reflexionado mucho sobre el sentido exacto que tienen las labores que desempeña. Hacer cálculos en una planilla o repasar los pormenores del derecho tributario también puede tener, en el largo plazo, incidencias muy importantes en la vida de personas concretas.
En cualquier caso, este servicio concreto al que se orienta nuestro trabajo es algo sobre lo que estamos obligados a reflexionar con profundidad, sin asumir que todo aquello que genera cuantiosos ingresos o aplausos académicos es bueno. Tenemos que ser valientes y hacernos cuestionamientos incómodos. ¿Contribuyen nuestro trabajo y estudio a la instauración de una sociedad más conforme con el querer de Dios, o meramente son una oportunidad de obtener ganancias fáciles?
Estudiar y cultivar el espíritu contemplativo
Esto nos lleva a la última y más importante clave. Conviene que hagamos un ejercicio de examen para rectificar la intención y trabajar con vistas al servicio de Dios y de los demás. Esto sólo es posible cuando estamos dispuestos a hacer un estudio detenido de los desafíos que enfrenta nuestra sociedad, y meditar con Dios sobre la manera concreta en que Él nos pide actuar.
Muchas veces, las injusticias se producen sencillamente porque hemos sido poco reflexivos, poniendo atención sólo a las metas de corto plazo y desconociendo las dinámicas más complejas o de largo aliento que están involucradas en nuestra tarea. Ser buenos profesionales implica estar al día con todo lo que han ido descubriendo las ciencias humanas sobre nuestra actividad, comprender cómo funciona, qué consecuencias tiene desarrollarla de una u otra manera, o qué debates se están suscitando en torno a lo que hacemos.
Esto requiere estudiar: a fondo, con espíritu crítico y constantemente. Estudiar tanto lo que nos gusta como lo que nos incomoda. No ceder al puro pragmatismo de conformarnos con un conocimiento limitado, que se queda solo en optimizar las metas que nos propusimos. Tener un compromiso firme con la justicia es tener también un compromiso apasionado con la verdad, y explorar aquellas cosas que quizá parecen un desvío de nuestro foco inmediato, pero que, examinadas más a fondo, descubrimos que pueden estar íntimamente relacionadas con nuestro trabajo.
En todo caso, vale la pena aclarar que el estudio por sí mismo es insuficiente. Se requiere verdadero amor por la verdad, y eso implica capacidad de suspender las tareas urgentes y dedicar un tiempo a meditar sobre cosas aparentemente inútiles, pero quizá más importantes que todas las demás. Es entonces cuando descubrimos cómo la vida de oración incide directamente en nuestra tarea profesional. No como un ingrediente mágico que se agrega para acrecentar las probabilidades de éxito u obtener consuelo si las cosas no salieron como queríamos, sino como un espacio para oír la voz de Dios. Ponernos en presencia de Dios es la única manera de ordenar las prioridades y discernir con sabiduría cuál es la manera más cristiana de hacer el propio trabajo.
En la oración se enciende la llama de la caridad. Así, transfigurada por esa luz, nuestra visión descubre horizontes insospechados para eludir la mentalidad tecnocrática e inmediatista que nos presiona. Cuando Dios se hace presente en nuestra vida profesional, y sentimos de modo concreto su presencia a lo largo de toda la jornada, elevamos la mirada por encima de los resultados y comprendemos que nuestro trabajo o estudio no deben tener otra medida que la del amor sin medida.





