Evangelio del jueves: Las lágrimas de Jesús

Evangelio del jueves de la XXXIII semana del tiempo ordinario y comentario al evangelio.

Opus Dei - Evangelio del jueves: Las lágrimas de Jesús

Evangelio (Lc 19, 41-44)

En aquel tiempo, al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».


Comentario

Jesús ha llegado a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos. Será la última que la celebre en esta tierra. Son días de gran intensidad y de emoción contenida. Al acercarse desde Betania, se detiene en el Monte de los Olivos y contempla la majestuosidad del Templo y las murallas de la Ciudad Santa. Jesús llora. No puede contener su dolor por la incapacidad de sus habitantes para reconocerle.

Esto provoca dolor en el corazón de Jesús: la historia de la infidelidad de su pueblo. Jesús llora por la cerrazón del corazón de la ciudad elegida, del pueblo elegido. Porque no tenía tiempo para abrirle la puerta: estaba demasiado ocupada y satisfecha de sí misma.

Al entrar en Jerusalén, los peregrinos que van con Jesús se dejarán contagiar por el entusiasmo y le proclamarán “Hijo de David”.

Pocos días después, Jesucristo saldrá de aquella ciudad cargado con un madero. El Rey de reyes y Señor de señores coronado con espinas, “despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado” (Is 53,3).

Este es Jesús, el Dios hecho hombre que llora por cada uno de nosotros. Porque también nosotros somos incapaces de reconocerle como aquel que conduce a la paz. Porque nuestro corazón, muchas veces ocupado y satisfecho de sí mismo, se cierra al Amor.

Jesús llora para que aprendamos a llorar con Él. Da su vida, para que podamos vivir. Para que en su dolor podamos rehacernos cada día. Necesitamos, como nos aconsejaba san Josemaría, “Dolor de Amor. —Porque Él es bueno. —Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. —Porque todo lo bueno que tienes es suyo. —Porque le has ofendido tanto... Porque te ha perdonado... ¡El!... ¡¡a ti!! —Llora, hijo mío, de dolor de Amor” (Camino, 436).