Mujeres en el Opus Dei. Inicio del apostolado

Voz del «Diccionario de San Josemaría» sobre el periodo de inicio de la labor apostólica del Opus Dei con las mujeres.

Opus Dei - Mujeres en el Opus Dei. Inicio del apostolado

Sumario
1. El 14 de febrero de 1930
2. Dedicación de san Josemaría a este apostolado, de 1930 a 1936
3. El segundo intento en 1939- 1940
4. El Centro de la calle Jorge Manrique
5. Las primeras numerarias auxiliares

Los años 1930 a 1936, así como los que siguen a 1939 marcan de algún modo el periodo de inicio de la labor apostólica del Opus Dei con las mujeres. La primera de esas fechas, 1930, es la del año en el que san Josemaría entendió, mientras celebraba la Misa, que en el Opus Dei debían tener también cabida las mujeres. La segunda fecha, 1939, señala el momento en que el fundador pudo reiniciar esta labor .

1. El 14 de febrero de 1930

El 2 de octubre de 1928, san Josemaría recibió una “idea clara general” de su misión (Apuntes íntimos, n. 179, nt. 193: Aranda, 2000, p. 197). Enseguida se puso a “tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes” (ibidem, n. 306: CECH, p. 8). Sin embargo, en ningún momento pensó en buscar mujeres. De hecho, entre las instituciones sobre las que indagó, por si encontraba algo parecido a lo que Dios le pedía, estaba la Compañía de San Pablo, del cardenal Ferrari, pero descartó la idea porque, entre otras diferencias de más entidad, admitían mujeres (cfr. ibidem, n. 1870: AVP, I, p. 322).

En los meses que siguieron al 2 de octubre de 1928, san Josemaría no tuvo más inspiraciones acerca de la Obra. Por fin, en noviembre de 1929, anotó: “Empieza otra vez la ayuda especial, muy concreta, del Señor” (ibidem, n. 179, nt. 193: AVP, I, p. 298). Y en ese clima interior llegó el mes de febrero de 1930.

Por esa época, Escrivá de Balaguer acudía algunas veces a celebrar Misa a la capilla de la marquesa de Onteiro, Leónides García San Miguel y Zaldúa, viuda de Rodríguez Casanova. Le había hecho esa petición su hija, Luz Rodríguez Casanova, fundadora de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón, quien conoció a san Josemaría cuando éste vivía en la residencia sacerdotal de la calle Larra, 3, llevada también por las Damas Apostólicas. Rodríguez Casanova, viendo en él un sacerdote “joven, piadoso y abnegado” le había pedido, en 1927, que aceptara el cargo de capellán del Patronato de Enfermos (cfr. Sastre, 1989, p. 82), y después, cuando su madre se vio necesitada, solicitó que celebrara la Misa en su oratorio y la atendiera espiritualmente.

Escrivá de Balaguer celebraba la Eucaristía en Alcalá Galiano, 1 –domicilio de la citada marquesa–, cuando Dios intervino en su alma. “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei” (Catequesis en América, II, 1974, p. 343: AGP, Biblioteca, P05). El contenido de esa nueva moción fue, sustancialmente, no sólo que también las mujeres eran destinatarias del mensaje de santificación en la vida ordinaria, sino que podían formar parte del Opus Dei. Se trataba, pues, no de una luz diversa de aquella primera, no de una institución diferente, sino de completar lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928: el 14 de febrero de 1930 el Señor “se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra” (AGP, P02, 1992, p. 600). La luz que recibió Escrivá de Balaguer inicialmente fue, como él mismo dijo, “sobre toda la Obra”, pero no “sobre detalles de composición y estructura”, que tendría que ir desarrollando en el tiempo. Pudo, por eso, pensar que las mujeres no cabían. Al mismo tiempo, la nueva iluminación de 1930 ponía de manifiesto que también esta orientación era algo querido directamente por Dios, que le hizo advertir un nuevo aspecto del panorama abierto en 1928.

Ser la misma institución significa, por lo tanto, que en la visión general del 2 de octubre estaba implícito que es una misma llamada la que reciben mujeres y hombres para santificarse según el mismo espíritu, que tienen idéntica misión, que cuentan con los mismos medios ascéticos y modos apostólicos, que forman una misma familia, que unidos en la cabeza –a san Josemaría y sus sucesores– hay una separación de apostolados, motivo que expli ca que las mujeres constituyan una nueva rama de un único Opus Dei. “Para expresar esta realidad de unidad y distinción, [san Josemaría hablaba] en ocasiones, en los escritos primeros (...), de «dos Obras»; y también, y más frecuentemente, de «dos ramas de la Obra»; o de «dos Secciones de la Obra»” (IJC, p. 43) o, sencillamente, de un mismo fenómeno ascético y espiritual, con una distinción de apostolados entre los varones y las mujeres del Opus Dei. En resumen: uno y otro hechos fundacionales –2 de octubre de 1928, 14 de febrero de 1930– forman parte de un único carisma.

En todo momento, a partir del año 1930, el fundador vio la presencia de las mujeres en la Obra como un factor necesario para la integridad del Opus Dei. “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor (...) hubiera quedado manca” (AGP, P01, II-1955, p. 6). La existencia de mujeres en el Opus Dei es pieza fundamental para que la Obra se desarrolle en toda su plenitud y riqueza de matices .

2. Dedicación de san Josemaría a este apostolado, de 1930 a 1936

A partir del 14 de febrero de 1930, una vez recibido este nuevo encargo divino, san Josemaría empezó a moverse. Ante todo, recurrió a los medios sobrenaturales: oración y mortificación. Siguiendo su costumbre, solicitó también las oraciones de pobres y enfermos, de sacerdotes que encontraba por la calle…, confiando en que esas plegarias arrancarían de Dios gracias abundantes para su tarea.

Contemporáneamente, comenzó a buscar mujeres que pudieran entender el mensaje, y lo hizo sobre todo a través del confesonario de la iglesia de Santa Isabel de Madrid. Allí empezaron a acudir algunas jóvenes y, en la medida en que lo veía oportuno, les hablaba del Opus Dei. La comprensión por parte de estas personas fue escasa, pues el fenómeno de la llamada a la santidad en medio de los quehaceres ordinarios resultaba, en general, des conocido; y, más aún, entre mujeres que se movían en ambientes de espiritualidad religiosa. Aunque también confesaba en otros lugares –la Institución Teresiana de la calle Alameda, la Academia Veritas, y el Colegio de la Asunción–, allí no hablaba de la Obra, porque tenían su propia espiritualidad. La falta de tiempo derivada de su amplia labor sacerdotal le impidió llegar a otros ambientes donde pudiera encontrar personas con mentalidades más acordes a lo que se necesitaba. A todo esto se sumaba la circunstancia de que, por su condición de sacerdote, un presbítero joven, se conducía con especial prudencia, hablando siempre con ellas en el confesonario. Todo esto supuso un inevitable retraso en el desarrollo de la rama femenina en relación con la de los varones.

Habían pasado casi dos años cuando, el domingo 8 de noviembre de 1931, san Josemaría pudo anotar: “El viernes último creo que me deparó el Señor un alma, para comenzar, a su tiempo, la rama femenina de la O. de D.” (Apuntes íntimos, n. 381: AVP, I, p. 457). En efecto, esta persona –Carmen Cuervo–, ya profesional, después de unas semanas de trato y de meditación, pidió ser admitida en el Opus Dei. “Precisamente ayer catorce de febrero de 1932, día de la primera vocación femenina, hacía justamente los dos años que el Señor había pedido la obra de mujeres. ¡Qué bueno es Jesús!” (ibidem, n. 602: AVP, I, pp. 457- 458). No habían pasado dos meses de ese acontecimiento cuando María Ignacia García Escobar –una enferma de tuberculosis que había conocido el Opus Dei a través del sacerdote José María Somoano– pedía también la admisión. Era el 9 de abril de 1932. Tres días después se incorporaba Antonia Sierra, otra enferma, conocida de García Escobar.

El fundador sugirió a las mujeres que iban por Santa Isabel que acudieran a visitar a las dos enfermas; asimismo, fue dándoles otros encargos, como enseñar el Catecismo en barrios periféricos de Ma drid. Para poder exigirles más libremente en la dirección espiritual, les indicó que se confesaran con alguno de los sacerdotes que colaboraban con él.

Poco a poco fueron sumándose otras personas: una mujer que trabajaba en una empresa, una profesora, una enfermera…; llegaron a pasar de la docena. Sin embargo, la formación era muy lenta porque prácticamente se reducía a la que podía transmitirles cuando iban al confesonario y a través de alguna charla. Hay que tener en cuenta que, en la sociedad de aquella época, las jóvenes tenían poca libertad de movimientos y que san Josemaría no disponía de locales adecuados para atenderlas .

El 28 de abril de 1934 logró reunirlas por primera vez en Santa Isabel; para entonces, el grupo había decrecido: no llegaban a seis. García Escobar había empeorado progresivamente, falleciendo el 13 de septiembre de 1933; Cuervo, por distintas circunstancias –un traslado de ciudad y no haber entendido a fondo el espíritu que san Josemaría procuró transmitirle– se alejó definitivamente; Sierra estaba gravemente enferma... Contaba con Hermógenes García Ruiz, Modesta Cabeza, Natividad González Fortún, Felisa Alcolea y Ramona Sánchez-Elvira, pues otras que participaban en algunas actividades, no llegaron a vincularse al Opus Dei .

Mientras tanto, la labor apostólica iba en aumento y las actividades de formación requerían mucha dedicación del fundador. De otro lado, entre las mujeres no había ninguna que hubiera captado a fondo el mensaje de la Obra como para poder apoyarse en ella. Así, en Navidad de 1933 hizo un triduo al Espíritu Santo pidiendo vocaciones, especialmente “una de mujer para hacer cabeza de ellas (corazón, mejor)” (AVP, I, p. 562). Su oración tenía visos de urgencia: “¡A ver cuándo me envías, Dios mío, la mujer que pueda ponerse al frente de ellas al principio, dejándose formar!” (Apuntes íntimos, n. 1136: AVP, I, p. 459).

En un momento dado de 1934, viendo la imposibilidad de dedicar el tiempo necesario a esas jóvenes, porque ni siquiera llegaba a atender a los chicos –“no llego, no puedo abarcar más” (ibidem, n. 1732: AVP, I, p. 507)–, encargó a los sacerdotes Norberto Rodríguez y Lino Vea-Murguía que las atendiesen y fueran dándoles el espíritu del Opus Dei. Medidas necesarias, pero no sin inconvenientes, ya que estos sacerdotes, aunque unidos a san Josemaría, tenían arraigados algunos modos que no eran propios del espíritu de la Obra y esto influía en lo que iban transmitiendo.

Una última y decisiva circunstancia adversa para que ese primer grupo adquiriera la solidez adecuada a su llamada fue el estallido de la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936. San Josemaría hizo lo que pudo por mantener el contacto con aquellas mujeres; supo el paradero de algunas –como fue el caso de Hermógenes García Ruiz–; se ocupó de que los miembros de la Obra localizaran a Antonia Sierra, que había sido trasladada a un hospital de otra ciudad… Por su parte, algunas continuaron reuniéndose en casa de una o de otra. Otras se dispersaron y ya no volvieron a ponerse en contacto con Escrivá de Balaguer.

En abril de 1939, después de su regreso a Madrid, san Josemaría comprobó que las pocas mujeres con quienes contaba seguían un estilo de vida y una espiritualidad que tenía poco que ver con lo que requería la llamada al Opus Dei. Pensando en el bien de estas personas y en el futuro de la Obra, unos meses después, les aconsejó marchar por otros caminos, y ayudó a las que lo quisieron a entrar en congregaciones religiosas.

Mientras tanto, el 7 de julio de 1937 había solicitado formar parte del Opus Dei otra mujer: Dolores Fisac. Era ésta hermana de Miguel Fisac, un joven que había pedido la admisión en el Opus Dei y que durante la guerra permaneció escondido en casa de sus padres, situada en Daimiel (Ciudad Real). Para no despertar sospe chas, san Josemaría se carteaba con él a través de su hermana. Esta correspondencia permitió a san Josemaría descubrir y confirmar la llamada al Opus Dei de Dolores Fisac .

3. El segundo intento en 1939-1940

Mientras san Josemaría permaneció en Burgos, esperando regresar a Madrid cuando terminara la guerra, desarrolló allí su actividad apostólica. Dirigió espiritualmente a varias chicas, entre las que se encontraban Carmen Munárriz y Amparo Rodríguez Casado. También impartía un círculo de estudios, al que acudían siete jóvenes, a las que, además de darles formación espiritual y ascética, les encargó que confeccionasen ornamentos y lienzos litúrgicos, con vistas a los futuros Centros .

Poco después de regresar a Madrid, Escrivá de Balaguer se trasladó a Daimiel, donde el 20 de abril de 1939 mantuvo con Dolores Fisac una detenida conversación. Al terminar, le dio varios consejos: seguir el plan de vida espiritual; vivir la Comunión de los Santos; escribirle a Madrid cada ocho o diez días. Durante ese año, Dolores Fisac viajó en varias ocasiones a Madrid, y tuvo oportunidad de tratar a la madre y a la hermana de san Josemaría, apreciando el ambiente acogedor que creaban estas dos mujeres y su modo de llevar a cabo las faenas del hogar. En uno de los viajes conoció a Amparo Rodríguez Casado, que entretanto había llegado a Madrid y había pedido la admisión; san Josemaría les presentó el panorama apostólico que les esperaba. “Nos pareció sobrecogedor y precioso. Me asustó un poco” (Testimonio de Dolores Fisac: AGP, serie A-5, leg. 211, carp. 2, exp. 1). A partir de entonces, Fisac, que seguía viviendo en Daimiel, viajó a Madrid siempre que pudo.

Nuevas jóvenes empezaron a frecuentar los medios de formación, y algunas se incorporaron a la Obra. “La rama femenina –laus Deo!– va marchando” (Apuntes ínti mos, n. 1612: AVP, II, p. 456). En septiembre de 1940, estas mujeres –seis por entonces– comenzaron a llevar un diario. San Josemaría pensó en instalar un piso, de modo que se reforzara la unidad entre ellas y les resultara más fácil profundizar en el conocimiento del Opus Dei. Se encontró un local apropiado en la calle Castelló, y lo ocuparon en los últimos días de octubre. Escrivá de Balaguer bendijo la casa el 13 de noviembre.

Sin embargo, empezó a haber habladurías entre el vecindario, al ver que un sacerdote joven –san Josemaría contaba entonces treinta y ocho años– frecuentaba un piso en el que había sólo mujeres, también jóvenes. Considerando que, dada esa situación, no podría atenderlas convenientemente, y sabiendo además que algunas de ellas aún estaban poco imbuidas del espíritu que Dios le había inspirado, el 6 de diciembre comunicó a esas mujeres su decisión de quitar el piso. Como alternativa, sugirió que se reunieran en una zona independiente –con entrada por la calle Lagasca– de una residencia de varones que estaba a punto de abrir sus puertas, sita en Diego de León, 14, y a la que se habían trasladado poco antes él mismo, con su madre y sus hermanos. Así se hizo y, durante los meses siguientes, les dirigió meditaciones y dedicó otros momentos a explicarles detalles sobre el espíritu de la Obra; las animó a santificar sus estudios o su actividad profesional, y procuró afianzar sus deseos de entrega a Dios, preparándolas para que formalizaran su incorporación al Opus Dei. Con frecuencia estaban con ellas la madre y la hermana de san Josemaría, lo que resultaba beneficioso para su formación en el espíritu de hogar que debería impregnar las personas y los Centros de la Obra.

A pesar de los medios que puso san Josemaría, cinco de esas seis mujeres dejaron el Opus Dei, por motivos de salud, por no cuajar en ellas el espíritu específico del Opus Dei, o por otras razones. Cont inuó, en cambio, hasta el final de su vida, Dolores Fisac.

4. El Centro de la calle Jorge Manrique

Al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba en la capital madrileña, san Josemaría aprovechó sus desplazamientos a diversas ciudades para buscar otras mujeres. Así, como fruto de los viajes a Valencia durante el curso 1940-41, Encarnación Ortega y Enrica Botella participaron en unos días de retiro espiritual que él predicó en Valencia entre el 30 de marzo y el 5 de abril de 1941, y al final de esos días pidieron la admisión en la Obra. Para el fundador supuso una gran alegría, aunque pocos días después de un duro golpe: el 22 de abril fallecía inesperadamente su madre, en quien el fundador se apoyaba de manera especial para la formación de las mujeres. “Dios mío, Dios mío ¿qué has hecho? Me vas quitando todo (...). Yo pensaba que mi madre les hacía mucha falta a estas hijas mías, pero me dejas sin nada ¡sin nada!” (Testimonio de Dolores Fisac: AGP, serie A-5, leg. 211, carp. 2, exp. 1).

En julio de ese mismo año se incorporó al Opus Dei Narcisa (Nisa) González Guzmán. También ella conoció al fundador a raíz de un viaje de Escrivá de Balaguer, esta vez a la capital leonesa, en agosto de 1940. “Ya había oído hablar del Opus Dei, porque don Eliodoro Gil Rivera (...) en alguna ocasión me comentó la intensa labor apostólica que realizaba” (Testimonio de Narcisa González Guzmán: AGP, serie A-5, leg. 216, carp. 3. exp. 1). Después de una entrevista con san Josemaría, “noté que la llamada del Señor había sonado, aunque tardé un tiempo en responder” (ibidem). Pidió la admisión el 30 de abril de 1941.

Desde el primer momento, el fundador procuró que las de fuera de Madrid se escribieran con frecuencia, de manera que la correspondencia entre unas y otras mantuviera la vibración apostólica de todas, hasta que llegara el momento de poner en marcha un Centro. Del 3 al 10 de agosto de 1941 reunió a las que se habían incorporado al Opus Dei –excepción hecha de Enrica Botella, que no pudo acudir–, junto con otras que frecuentaban las actividades apostólicas y deseaban conocer más el espíritu de la Obra. Eran doce en total. Fueron días de formación intensiva, en los que san Josemaría “fue desentrañando el espíritu de la Obra: vida contemplativa en medio del mundo; santificación del trabajo; cosas pequeñas; espíritu de lucha; vida de familia; y las virtudes más importantes que exige nuestra vocación con sus características peculiares: pobreza; humildad colectiva y personal; obediencia, sinceridad y sencillez; pureza. El tono fue de una exigencia total, aunque planteaba la santidad como algo apasionante, que podíamos conseguir. Se nos pedía abandono pleno en Dios, que es nuestro Padre; paciencia y urgencia para hacer lo que nos pedía; una alegría desbordante como consecuencia de la fidelidad” (Testimonio de Encarnación Ortega: AGP, serie A-5, leg. 232, carp. 1, exp. 2).

En otoño de 1941, Escrivá de Balaguer vio llegado el momento de buscar una casa para las mujeres; de ese modo se fortalecerían en su camino y, a través de las iniciativas apostólicas que pondrían en marcha, se multiplicarían las vocaciones. Pidió a todas que rezaran por el futuro Centro; desde ese momento, en la correspondencia que mantenían entre sí menudearon las noticias sobre los enseres que iban consiguiendo, con vistas al traslado. Finalmente, en los últimos días de mayo de 1942 se dio con un hotelito en la calle Jorge Manrique, 19, de dos plantas, sótano y un pequeño jardín. Carmen Escrivá avisó a Dolores Fisac, y pronto las demás conocieron la noticia. Las necesarias obras de adaptación se prolongaron algunas semanas, y por fin, el 16 de julio de 1942 se trasladaron allí Narcisa González Guzmán y Encarnación Ortega, para estar al tanto de todo. Después llegarían las demás. San Josemaría acudió al Centro a primera hora de la tarde. Después de interesarse por sus padres y decirles que les escribieran enseguida, las impulsó a soñar con las innumerables mujeres que se incorporarían al Opus Dei con el pasar de los años. Recorrió la casa, y comentó que lo que más urgía era instalar el oratorio, para el que habían reservado la mejor habitación de la casa.

Aquella misma tarde, el fundador señaló que la directora de Jorge Manrique sería Nisa González Guzmán; explicó brevemente las funciones de cada miembro del Consejo Local –directora, subdirectora y secretaria–, y mencionó la unidad como fundamento del buen gobierno. Hizo después algunas consideraciones generales, como la importancia de vivir fielmente el plan de vida espiritual o sugerir un posible horario. Finalmente, las impulsó a rezar en el futuro oratorio, para urgir al Señor a que pronto las presidiera desde el sagrario.

Durante los meses que siguieron, el trabajo prioritario fue dejar la casa a punto para que en octubre de ese mismo año pudieran ponerse en marcha las actividades de formación. Lo primero que se terminó fue el oratorio: el 2 de agosto, san Josemaría celebró la Misa por primera vez ahí.

5. Las primeras numerarias auxiliares

El fundador del Opus Dei “consideró siempre providencial que su apostolado en Madrid, en los tiempos inmediatos a la fundación, se hubiera desarrollado de forma espontánea contando como punto de apoyo con el hogar de su propia familia, la casa que él mismo compartía con su madre y sus dos hermanos. Esto dio un tono familiar, sencillo, ordinario, a toda la labor de aquellos tiempos, y a partir de ahí al conjunto de la posterior labor del Opus Dei” (Illanes, “Iglesia en el mundo: la secularidad de los miembros del Opus Dei”, en OIG, p. 298). En efecto, desde el principio consideró el aire de familia como una característica basilar en la Obra. Y este ideal se fue progresivamente concretando.

Tiempo atrás –en octubre de 1934– y con el impulso del fundador, se había puesto en marcha una residencia para universitarios en la calle Ferraz, 50: la Academia-Residencia DYA. Para el desempeño de las tareas domésticas se contrataron dos mozos de servicio y un cocinero profesional. Después del primer curso académico, el personal pasó a estar constituido por una cocinera y un empleado que se ocuparía de servir la mesa y de hacer otro tipo de recados. La experiencia no fue buena: el orden y la limpieza dejaban que desear, hasta el punto de que, cuando los residentes salían, el fundador y el director del Centro se dedicaban a fregar, a barrer, a preparar la mesa y a poner orden en la casa. En ocasiones, cuando se presentaba algún problema doméstico san Josemaría acudía a su madre y a su hermana.

Cuando se restableció la paz en el país, Escrivá de Balaguer recomenzó las actividades apostólicas en Madrid, de modo que en julio de 1939 empezó a funcionar una nueva residencia en la calle Jenner, 6. Siendo todavía muy escasa la presencia de mujeres en el Opus Dei –y después de confrontar el proyecto con Álvaro del Portillo, su colaborador más cercano desde 1935– decidió solicitar temporalmente la colaboración de su madre y de su hermana. Concretamente, Carmen se ocupó –con algunas empleadas– de la marcha general de la casa, de la comida y de la limpieza; la madre se hacía cargo de la costura. El fundador quedó siempre agradecido a aquel servicio. “Veo como Providencia de Dios que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor quiso que fuera así” (Crónica, 1969, p. 402: AGP, Biblioteca, P01).

Algunas jóvenes del Opus Dei, o que frecuentaban las actividades de formación, echaron una mano en las tareas domésticas de los tres Centros de varones que ya había en la capital. San Josemaría les pidió que se ocuparan también de la formación humana de las empleadas, y les dieran clases de doctrina cristiana. No resulta ba fácil, porque esas mujeres trabajaban sólo algunas horas al día y sus carencias eran notables. En la España de entonces, las empleadas del hogar solían ser chicas buenas pero con poca formación escolar –a duras penas habían terminado los estudios básicos– y sin preparación profesional, ya que no era costumbre llevar a cabo ningún tipo de aprendizaje para adquirir y mejorar esos conocimientos, ni por entonces existían escuelas profesionales que los proporcionaran.

El curso académico 1943-44 se abrió la Residencia Universitaria Moncloa. De nuevo san Josemaría pidió a las mujeres del Opus Dei que se ocuparan de atender esa Administración. Narcisa González Guzmán, Encarnación Ortega y Amparo Rodríguez Casado se trasladaron allí. Contaban con varias empleadas domésticas que, sin embargo, no duraron mucho tiempo porque no se adaptaron. El fundador acudió entonces a las Hermanas del Servicio Doméstico. Era ésta una congregación fundada en 1876 por santa Vicenta María López y Vicuña, que surgió con el fin de prestar apoyo a las empleadas domésticas. Escrivá de Balaguer conocía a estas religiosas; habló con una de ellas, sor Carmen Barrasa, quien se aprestó a enviarles varias empleadas.

En Moncloa no se contaba con medios adecuados, y las que trabajaban allí no poseían experiencia de la organización del trabajo en un colectivo de dimensiones considerables; además, durante la primera época la casa estaba llena de obreros, que terminaban los trabajos de adaptación que había sido necesario hacer. Las mujeres del Opus Dei se empeñaron durante largos meses en un trabajo agotador, al tiempo que se dedicaron a mejorar la formación humana de las empleadas, a las que Encarnación Ortega daba semanalmente una clase de doctrina cristiana.

Contaban con el estímulo de san Josemaría, que acudía a verlas con frecuencia y las orientaba y serenaba. También las impulsaba a rezar para que prendiera entre las empleadas la llamada a la santificación en el trabajo profesional. Poder contar con mujeres del Opus Dei que se dedicaran profesionalmente a llevar adelante la administración doméstica de los Centros era algo muy importante, hasta el punto de que el fundador lo denominó el apostolado de los apostolados, espina dorsal de todo el Opus Dei: “Sin ese apostolado vuestro no se podrían poner en marcha los demás según nuestro espíritu” (Carta 29-VII-1965, n. 11: AGP, serie A.3, 94-4-1).

Al pensar en este apostolado san Josemaría, como fruto de su oración, consideró que, junto a las numerarias, podría haber otras mujeres de la Obra que hicieran de las tareas domésticas su profesión, se santificaran en ella y contribuyeran al ambiente de familia de todos los Centros. No se trataba de “una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad [Quienes recibieran esta llamada específica se formarían] con iguales medios, en una amable convivencia familiar (...) capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional” (Sastre, 1989, p. 306). Estas mujeres se denominarían más adelante numerarias auxiliares; teniendo las mismas características y “con idéntica disponibilidad que las demás Numerarias, se dedican principalmente a las labores del hogar en la sede de los Centros, asumiendo esas tareas como su propio trabajo profesional” (Statuta, n. 9).

San Josemaría iba al Centro de la Administración de Moncloa una vez por semana, y no dejaba de estar unos momentos con las empleadas; les impartía algunas clases; les explicaba la trascendencia de su trabajo, que requería conocimientos específicos en diversos campos, arte y sensibilidad. Las llevaba a sentirse orgullosas de ser empleadas del hogar. Y para conseguir todo eso, les hacía ver la necesidad de ser piadosas y, concretamente, profesar una gran devoción a la Madre de Dios. También las impulsaba a considerar la casa en la que trabajaban como la suya propia, cosa que supondría una gran ayuda para todos los que allí vivieran.

Aquellas enseñanzas, unidas a la convivencia con las mujeres del Opus Dei, fueron dando frutos; algunas empezaron a dar muestras de entender el espíritu que animaba la iniciativa apostólica en la que trabajaban. San Josemaría, viendo que también la marcha del trabajo en la Residencia se había regularizado, comunicó a Narcisa González Guzmán y a Encarnación Ortega que había llegado el momento de preparar a algunas empleadas para que, si esos eran los planes de Dios, pudieran recibir la llamada al Opus Dei como numerarias auxiliares, y les pidió que acompañaran esa tarea con oración y sacrificio, con horas de trabajo ofrecido a Dios por esa intención.

Concepción Andrés había empezado a trabajar por horas en Moncloa en septiembre de 1943. Tenía veintidós años. Pronto se sintió a gusto en la casa, por “el ambiente de trabajo, de cordialidad de familia que se respiraba. Me sentí atraída por algo que no sabía explicar qué era” (Testimonio de Concepción Andrés: AGP, serie A-5, leg. 193, carp. 1, exp. 4). Poco después que ella habían llegado Vicenta San Antonio y Salvadora (Dora) del Hoyo. Ésta última, ya con cierta madurez –contaba treinta años–, poseía una excelente preparación profesional, debida a sus trabajos anteriores; además, era serena y educada. Una tercera que asimiló lo que iba escuchando –esta vez en otro Centro, Molinoviejo, situado en Ortigosa del Monte (Segovia)– se llamaba Manuela Barragán y contaba unos treinta años.

Más adelante, se hizo necesario atender otras Administraciones: en septiembre de 1945 empezó la Residencia Abando, en Bilbao. Allí se trasladaron algunas numerarias y varias empleadas de Moncloa, quienes transmitieron sus experiencias del trabajo en una residencia a las empleadas que se sumaron; entre ellas se encontra ban Julia Bustillo, que había trabajado en otro Centro de varones del Opus Dei, y una joven burgalesa, Rosalía López. En los primeros meses de 1946 llegarían María Teresa Alonso y Gloria Gandiaga.

Dora del Hoyo y Concepción Andrés se contaban entre las que se habían trasladado a Bilbao. Durante los meses que siguieron, fueron madurando su decisión de formar parte del Opus Dei, y pidieron la admisión como numerarias auxiliares el 14 y el 15 de marzo de 1946 respectivamente. San Josemaría recibió la noticia con gran gozo, dejando traslucir al mismo tiempo que no era una sorpresa para él: no dudaba de que llegarían en abundancia, porque siempre habría personas, de cualquier extracción social, nacionalidad o raza, que se sentirían llamadas a santificarse en y a través de las tareas del hogar.

Pocas semanas después –el 25 de marzo de 1946– se incorporaba al Opus Dei Antonia Peñuela, que trabajaba en Los Rosales. Dentro del mismo año pidieron la admisión Julia Bustillo y Rosalía López; y, con continuidad, se les fueron sumando otras empleadas. En 1947, con el comienzo del Centro de Estudios para la formación de numerarias auxiliares, el Opus Dei podía continuar con mayor agilidad y eficacia su misión: trabajar en todos los ambientes, siendo fermento de vida cristiana en la masa de la sociedad.

María Isabel Montero Casado de Amez

Voz del Diccionario del «Diccionario de San Josemaría», Burgos-Roma, Monte Carmelo – Istituto Storico San Josemaría Escrivá, 2013, pp. 860-868.


Voces relacionadas: Botella Raduán, Enrica; Fisac Serna, María Dolores (Lola); García Escobar, María Ignacia; González Guzmán, Narcisa (Nisa); Hoyo Alonso, Salvadora (Dora) del; Jorge Manrique, Centro de; Los Rosales, Centro de formación y casa de retiros; Fieles del Opus Dei; Fundación del Opus Dei; Ortega Pardo, Encarnación (Encarnita).

Bibliografía: AVP, I y II, passim; Antonio Aranda, “El bullir de la Sangre de Cristo”. Estudio sobre el cristocentrismo del Beato Josemaría Escrivá, Pamplona, EUNSA, 2000; José Miguel Cejas, Vida del Beato Josemaría, Madrid, Rialp, 19922 ; Francisca R. Quiroga, “14 de febrero de 1930: la transmisión de un acontecimiento y un mensaje”, SetD, 1 (2007), pp. 163-189; Ana Sastre, Tiempo de caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid, Rialp, 1989.