Anita, siempre con una sonrisa

Anita Quiroga, la primera numeraria auxiliar de Colombia, murió el pasado 7 de junio, con la serenidad y confianza en Dios que siempre la caracterizó.

Anita

Nació el 4 de junio de 1936, en Jesús María, un municipio del departamento de Santander, al nororiente de Colombia, en el seno de una familia creyente, donde aprendió a cultivar la fe con profunda piedad.

Anita siempre fue muy inquieta. Tenía deseos de aprender muchas cosas y conocer el mundo. Por eso, al cumplir la mayoría de edad se empeñó en conocer la capital colombiana. Al principio sus papás se resistieron, de hecho, tuvo que esperar un año, pero, ante su insistencia y confiando en María Dolores Caycedo, viuda del poeta, académico y escritor Víctor Eduardo Caro, le permitieron irse a Bogotá a trabajar en casa de ella.

Doña Dolores conocía la labor apostólica del Opus Dei y, aunque nunca hizo parte de la Obra, valoraba la formación, de manera que propuso a Anita y a su compañera Celsia que asistieran a unas clases dos días a la semana por la tarde. Ambas aceptaron la propuesta, Anita especialmente motivada por la posibilidad de aprender modistería.

Anita en compañía de su mamá

Asistieron al curso, no obstante, la profesora de costura no llegó a esa clase ni a ninguna. Celsia decepcionada, no quiso volver; en cambio, Anita quedó fascinada por el ambiente de alegría y de cariño, así como la formación cristiana que recibía. Allí conoció a Ma. Adela, una de las primeras que había venido a empezar la labor de mujeres del Opus Dei en Colombia. Anita siguió asistiendo y al poco tiempo, el 26 de octubre de 1956, pidió su ingreso al Opus Dei.

Pasados unos meses, pidió permiso a Ma. Dolores para ir a Jesús María a contarle a su familia. Habló con sus papás, les dijo que había conocido una Obra muy buena, que había aprendido que uno podía santificarse con el trabajo. Sus padres acogieron la noticia con visión cristiana: que si era lo que ella quería y Dios se lo pedía, que siguiera para adelante y le dieron su bendición.

Torreblanca

Luego de un tiempo de incorporarse a la vida en familia en un centro de la Obra y al saber que se abriría una casa en Medellín, con su deseo de conocer el mundo, preguntaba si ella podía irse para allá. Su deseo se cumplió y fue a trabajar en Urabá; más adelante vivió en El Alto, la Administración de Guaycoral, una casa de retiros en La Ceja Antioquia; y desde 1975 vivió en La Casona, la Administración de Torreblanca, en Silvania, Cundinamarca.

Asimismo, cumplió su sueño de viajar cuando fue a México a conocer a San Josemaría. Y a Italia, a la Beatificación del Fundador. Ambos viajes fueron para ella una ocasión para profundizar en su relación con Dios desde el agradecimiento.

Anita tenía muy buen humor, era afable, descomplicada, servicial. Estaba pendiente de los detalles: siempre estuvo atenta a las necesidades de su sobrina, con quien mantuvo una relación cercana y cariñosa. Siempre estaba pendiente de Paola, la persona que trabaja en la portería: la reemplazaba para cada vez que requería ayuda.

Concha Campa y Anita

Siempre disponible y dispuesta a todo, solía decir “a lo que vinimos”. Con recursividad se ingeniaba para hacer lo que tuviera, sembrando paz y alegría, preocupada por las demás. Cuando ya se pensionó, por gusto y por su deseo de ayudar en la casa, se dedicó a coser, zurcir o arreglar uniformes para el trabajo de la Administración, pues finalmente, por su genuino deseo, aprendió esta labor.

También era piadosa y apostólica. Llamaba a sus amigas con regularidad. Preparó a los hijos de una profesora de Icsef, una escuela hotelera, para la primera comunión. Cuando estaba en la portería, solía rezar rosarios o se dedicaba a aprender algo nuevo. Le gustaba ver televisión, procuraba no perderse el noticiero para estar pendiente de lo que pasaba en el mundo y rezar.

Según lo previsto para los fieles de la Obra, solía hacer 15 minutos de lectura de algún libro espiritual en compañía de otra de la casa. Le gustaba hacerla siempre en el oratorio y con detenimiento. Cuando terminaron de leer "Un hecho inesperado: Mujeres en el Opus Dei", que relata la historia del inicio de la sección femenina de la Obra, Anita propuso empezar de nuevo porque quería repasar y profundizar más los aspectos del espíritu de la Obra ahí explicados.

Anita y su gusto por la guitarra

Aprendió por su propia cuenta a tocar la guitarra y la organeta. Pasaba ratos largos en su habitación practicando canciones. Era muy bonito oírla cantando por los pasillos de la casa, animaba así el ambiente de familia. Además, a cada chica nueva que llegaba a estudiar o a trabajar a La Casona, la invitaba a clase de guitarra y se sentaba con ella para que aprendiera. Lo mismo, les enseñaba a rezar el rosario.

Para Navidad solía pedir una orquídea. Así durante muchos años. Lo mismo, por su cumpleaños, les decía a las niñas: “si me quieren dar algo, les recibo una orquídea”. Cuando se la daban, pedía a los jardineros que las subieran en las ramas altas de los árboles a la entrada de Atarraya. Y cuando habían florecido ellos le avisaban para que pudiera ir a verlas. Ahora, dichos árboles gozan de muchas hermosas orquídeas.

En navidad recibiendo su orquídea

Para poderla cuidar mejor, en su casa vieron oportuno cambiarla de habitación y que la cuidara una enfermera. Ella se resistía porque era muy sobria y no le gustaba tener un trato preferencial, pero manifestó que, si eso era lo que querían, ella lo haría, porque siempre había procurado obedecer. No obedecía por simpatía, sino por fidelidad, con la convicción de que esto es un querer de Dios.

Preparaba las conversaciones con las personas en la oración y con rosarios para acertar en lo que el Espíritu Santo quisiera que les transmitiera. En sus últimos 15 días estaba con el mínimo de fuerzas; aun así, pidió a otra de la casa que le escribiera en una hoja cuatro palabras: autodominio, autocontrol, autoestima y autodeterminación. Para poder explicárselo a una persona que ella veía que podía servirle.

Lorena, otra de las residentes de La Casona, que se bautizó a finales de mayo, le tocó, con la guitarra, la canción que Anita le había enseñado.

Oratorio Atarraya.

Murió serena, a pesar de que estaba muy débil y con dolores muy fuertes que no se calmaban con nada. No se quejaba, pero de pronto decía ¡Abuela! Y en las últimas semanas rezaba: “¡Trinidad, cúrame ya o llévame ya!”. Cuando ya se vislumbraba el comienzo del fin, las de su casa rezaron en silencio alrededor de su cama; la acompañaron durante toda la noche y hasta el momento de la muerte. Por la mañana pidió que la sacaran al balcón para mirar la naturaleza, y comentó: “las maravillas de Dios”.

Estuvo consciente hasta el final y pudo comulgar hasta el día antes de su partida. Se veía el cariño con que vivía las normas del plan de vida; después de comulgar se recogía en oración más profunda.

Podemos decir que murió como había vivido: con una sonrisa en los labios, con mucha paz en su corazón, con una mirada cariñosa para todas. Porque algo que caracterizó siempre a Anita fue su sonrisa afable, cariñosa y sus ojos achinaditos. Así la recordamos todos: ¡siempre alegre!