Meditaciones: ​​domingo 1º de Adviento

Reflexión para meditar en el primer domingo de adviento. Los temas propuestos son: recomenzar cada día; Apoyados en la gracia Dios; Convertirnos confiados en su ayuda.

Recomenzar cada día

Apoyados en la gracia Dios

Convertirnos confiados en su ayuda


COMENZAMOS hoy el tiempo de Adviento, unos días de espera porque sabemos que la venida de Jesús está cerca. La liturgia de este domingo nos invita a considerar nuestra vida de cara a esta llegada del Señor: «Concede a tus fieles, Dios todopoderoso, el deseo de salir acompañados de buenas obras al encuentro de Cristo que viene, para que, colocados a su derecha, merezcan poseer el reino de los cielos»[1]. Toda nuestra existencia, con cada una de las jornadas que la componen, es un tiempo de espera hasta ese gran día en que Jesús vendrá para llevarnos junto a sí. Por eso, como preparación a ese encuentro, la sabiduría de la Iglesia nos hace suplicar a Dios un mayor deseo de hacer el bien.

En el evangelio de hoy, el Señor nos quiere dar una pista sobre el sentido de nuestra vida mediante una comparación: «Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase» (Mc 13,34). Como este hombre a sus criados, Dios nos dejó a cargo de su casa. Quiere que nos dediquemos a cuidar a los suyos, que nos esforcemos por sembrar el bien en nuestra vida y a nuestro alrededor. Algún día –no sabemos cuándo– volverá el Señor. ¡Qué alegría llevaremos al corazón de Cristo cuando ese día salgamos a su encuentro! Hasta que llegue ese momento deseamos estar vigilantes, porque no sabemos «a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada» (Mc 13,35).

Delante de Jesús que nos mira con cariño, podemos pensar qué confianza tiene Dios con nosotros al hacernos partícipes de su misión. Este Adviento puede ser una buena ocasión para considerar aquellas tareas que el Señor nos encomendó y ver cómo las estamos llevando adelante. Quizá, junto al agradecimiento por tantas alegrías, reconoceremos que hemos dejado de lado ciertos aspectos. Hoy podemos decidirnos a recomenzar en esos puntos, siguiendo el consejo que con frecuencia daba san Josemaría: «¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo –me imagino que tú también– recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo»[2].


«LO QUE A VOSOTROS os digo, a todos lo digo: ¡velad!» (Mc 13,37). Nos puede parecer que la exhortación del Señor tiene un tono demasiado urgente. Pero, ¿no es esta la verdad? La vida es breve, el tiempo pasa muy rápido y puede suceder que, por el ritmo frenético con el que muchas veces vivimos, queden en un segundo plano algunos aspectos centrales de nuestra existencia. El Señor desea estar con nosotros, desea que no le olvidemos, y por eso nos llama una y otra vez. La invitación a velar es expresión de ese querer de Dios; es un modo de despertarnos si estuviéramos algo adormecidos espiritualmente o distraídos en un sinfín de cosas inmediatas que parecen más importantes. Jesús nos invita a saborear nuevamente lo esencial.

«¡Velad!». El Señor nos llama amorosamente a renovar nuestros deseos de santidad, a convertir nuevamente hacia Dios lo que sea necesario. Y san Pablo, en la segunda lectura de la Misa, nos recuerda que esa obra de nuestra santidad no depende solo de nuestros esfuerzos, de nuestro empeño: «Doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús, porque en Él fuisteis enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, de modo que el testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros, y así no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1Cor 1,4-7).

La gracia de Dios nos ha sido concedida. Hemos sido enriquecidos con ella. Jesús nos llama a la comunión y, sorprendentemente, Él mismo se nos ofrece como don para alcanzar esa nueva vida. Mientras nos preparamos exteriormente e interiormente para el nacimiento del Niño Jesús, podemos considerar estas verdades. El Señor desea colmarnos de su gracia: de su amor, misericordia, ternura, humildad, fortaleza, ciencia… Este tiempo de Adviento, tiempo de espera, es una oportunidad para abrirnos a esa gracia, para acogerla de todo corazón. De este modo, saldrá a la luz nuestra mejor versión, el mejor yo de cada uno de nosotros. Podemos manifestar este deseo a Dios con las palabras del profeta Isaías: «Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero, y todos nosotros la obra de tus manos» (Is 64,7).


NUESTRA VIDA es un maravilloso don de Dios. Durante el Adviento, tiempo de una gracia especial, la Iglesia nos recuerda una y otra vez esta verdad: tu vida es una gran riqueza; el Señor te colma de dones y desea hacer de tu existencia algo muy hermoso; míralo, considéralo despacio: ¿no es cierto que vale la pena? ¿Verdad que has experimentado que Dios vale más que otras cosas que asfixian o reducen el amor, que duelen y disgustan?

«En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo»[3]. Alzar la mirada; redescubrir la auténtica dimensión de nuestra vida; dejar poso y ser fecundos en nuestro paso por esta tierra. Ese puede ser un buen programa para el Adviento. Deseando que se haga realidad en cada uno de nosotros, podemos pedir al Señor con las palabras del Salmo: «¡Oh Dios, conviértenos, haz que brille tu rostro y seremos salvos!» (Sal 80,4).

La conversión es ante todo una gracia: es luz para ver y fuerza para querer. Deseamos mirar el rostro de Dios para que nos salve. Sabemos que nuestras miserias y límites no nos determinan y que, en cambio, nuestro apoyo es la infinita fuerza de Dios. Señor, ponemos en ti nuestra confianza. Necesitamos decírselo, pues Dios es muy respetuoso de nuestra libertad y espera a que le dejemos participar en nuestra vida. Si se lo pedimos, si después escuchamos sus consejos e intentamos ponerlos en práctica, si dejamos en sus manos las tareas más difíciles y nos empeñamos en realizar aquellas que están a nuestro alcance, tenemos la certeza de que Él nos dará su luz y su fuerza. De este modo, cuando regrese el dueño de la casa, nos encontrará despiertos y atentos, trabajando en la tarea que nos confió al partir. Escucharemos entonces, referidas a nosotros, aquellas palabras que un día salieron de sus labios divinos: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23).

Conociendo quién es nuestro Señor y su consejo para que estemos en vela, queremos mantener esa disposición de amor, también cuando en ocasiones el cansancio está presente en nuestras jornadas. Contamos con la presencia de María: ella supo vivir en vigilante espera los meses de gestación del Señor y sabrá mantenernos despiertos y alegres, recomenzando cada vez que sea necesario, hasta la llegada de nuestro Jesús.


[1] Misal romano, I Domingo de Adviento, oración colecta.

[2] San Josemaría, En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, p.143.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, artículo “Luz para ver, fuerza para querer”, ABC, 18-IX-2018.