¿Qué leer? (I): Nuestro mapa del mundo

Leer, como escuchar, es un valor esencial para ensanchar nuestro horizonte, de por sí limitado; para madurar nuestras perspectivas; para comprender la complejidad y, a la vez, la simplicidad de lo real. Leer para crecer, sin ahogarse en la marea de los libros: se aborda este reto en un editorial, en dos entregas.

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Opus Dei - ¿Qué leer? (I): Nuestro mapa del mundo

Cuando la humanidad comenzó a poner por escrito las máximas de sus sabios, los códigos que recogían las costumbres y las leyes, los relatos de los acontecimientos en los que se había forjado cada pueblo… nació la lectura. Hasta entonces la cultura –cultivo del alma– solo se escuchaba: únicamente lo que los hombres y las mujeres retenían en la memoria se transmitía a las siguientes generaciones, como un valioso mapa del mundo, como una antorcha en medio de la oscuridad.

Escuchar sigue siendo hoy fundamental en nuestra vida: encauza nuestro primer acceso al lenguaje, le da forma mientras vivimos, y, sobre todo, hace posible el diálogo, que es una de las fibras del tejido mismo de la vida. A la vez, para escuchar y dialogar de verdad, se hace necesario leer. La lectura ocupa por eso un lugar irreemplazable en la cultura: la memoria de la humanidad es hoy también, en una medida importante, palabra escrita, letra que espera el diálogo con un lector.

Prestar atención

Escuchar y leer son hábitos esenciales para ensanchar nuestro horizonte, de por sí limitado; para madurar nuestras perspectivas; para comprender la complejidad y, a la vez, la simplicidad de lo real… Suponen, uno y otro, capacidad de prestar atención. Los medios de comunicación, las redes sociales, los operadores telefónicos, se disputan precisamente nuestra atención, como su capital más preciado. Es fácil que la abundancia de reclamos la fragmenten, como sucede a alguien que está siendo constantemente interrumpido. Esa atención fragmentada no deja de ser útil para los beneficios del Big Data, para los gigantes de la comunicación; pero a nosotros nos empobrece quizá, porque tiende a volcarnos hacia afuera: nos puede dejar sin dentro. Frente a esa dinámica de dispersión, la capacidad de prestar atención a una cosa, a un libro, a una conversación, encierra un gran potencial.

Ser verdaderamente capaz de leer es más que saber poner voz a las letras: es ser capaz de recogerse, de habitar dentro de sí mismo, de leer en las situaciones y las personas.

La atención genuina es mucho más que un esfuerzo puntual para retener datos: permite que la realidad, las personas, los acontecimientos… nos golpeen, nos sorprendan, y que las relaciones que nacen con esos encuentros se mantengan vivas dentro de nosotros. La escucha y la lectura, como formas de atención, hacen posible la vida espiritual. Y, por eso, humanizan el mundo, y contribuyen a reconciliarlo con Dios. Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive, gracias a un proceso de interiorización, análogo al que se dio cuando Natán, a través de una parábola, llevó al rey David a hacer penitencia[1].

Legere significa, originariamente, recoger, reunir. Ser verdaderamente capaz de leer es más que saber poner voz a las letras: es ser capaz de recogerse, de habitar dentro de sí mismo, de leer en las situaciones y las personas. El gran diálogo que es la cultura humana se nutre de estas aptitudes. Y sin embargo, incluso para una persona con una mediana cultura, la aceleración de la vida entraña el riesgo de no leer; de que, arrastrados por la multiplicación contemporánea de los frentes de atención, se nos pasaran las semanas y los meses sin que encontráramos tiempo para sentarnos con un libro entre las manos. Nuestro mapa del mundo, entonces, pudiendo tener tres dimensiones, se limitaría a unas precarias curvas de nivel. Y nuestro diálogo con los demás, pudiendo percibir la gran escala de matices de la realidad personal y social, se quedaría en cuatro colores elementales, con los que sería difícil aportar, ayudar a mejorar el mundo.

San Josemaría siempre animó, a quienes se acercaron a su vera, a tener una mirada amplia, y a cultivarla; porque un cristiano es alguien capaz de asombrarse, dispuesto a pensar, a revisar las propias opiniones, para llevar el Evangelio a todas partes. La lectura bien elegida –non legere, sed eligere, dice un adagio clásico– es una de las llaves maestras de esta actitud apostólica. «Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características: –amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica; –afán recto y sano –nunca frivolidad– de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia…; –una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; –y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[2].

El hábito de leer

Pedagogos y especialistas en educación de la gente joven señalan que es difícil alcanzar hábitos de lectura si no se han adquirido desde la infancia. También se constatan con frecuencia diferencias significativas entre los chicos que leen y los que no lo hacen casi nunca: quienes leen suelen tener mayor facilidad para expresarse, mayor capacidad comprensiva, un mejor conocimiento propio; quienes, en cambio, se focalizan en otras formas de entretenimiento, suelen tener más dificultades para madurar. Quizá no el uso, pero sí el abuso de los videojuegos, por ejemplo, hace que la gente joven sea a veces menos imaginativa: su mundo interior se desertifica, y se vuelve dependiente de los estímulos, excesivamente básicos, de esas formas de diversión. Con todo, es obvio que no se logra fomentar la lectura a base de demonizar la televisión o los videojuegos, o presentándola como un deber moral; más bien es necesario remover el fondo del alma, despertar la fascinación por las historias, la belleza, la chispa de la inteligencia y de la sensibilidad.

Para fomentar la lectura, más que demonizar la televisión o los videojuegos, es necesario remover el fondo del alma, despertar la fascinación por las historias, la belleza, la chispa de la inteligencia y de la sensibilidad.

Es bueno descubrir en cada familia quien puede ejercer ese papel: el padre, la madre, un hermano mayor, un abuelo… y apoyarse también en la labor de profesores, monitores del club juvenil, etc. Al atender a la sensibilidad del joven lector, él mismo descubre su itinerario, que incluye grandes hitos de la literatura universal –cada uno a su tiempo–, y otros títulos que corresponderán a su peculiar personalidad. Esta tarea, que no requiere mucho tiempo, pero sí un poco de cabeza y constancia, es decisiva. A veces, habrá que ayudarles –también con el ejemplo– a encontrar momentos para leer, de modo que experimenten el placer de la lectura, sin caer en el egoísmo de preferirla siempre a la conversación y la convivencia. Probablemente muchos recordamos los primeros libros que nos regalaron o que leímos, las historias que nos contaban en la infancia, las ediciones de obras clásicas o de textos de historia sagrada adaptados para los niños; quizá nos quedó grabada la personalidad de aquel profesor que nos descubrió la poesía, o nos contagió el entusiasmo por un determinado autor.

Cuando empieza la labor profesional y la vida se acelera, aun quien percibe los beneficios de la lectura se encuentra quizá con que el tiempo que puede dedicarle es demasiado breve. De ahí la importancia de saber defender un rato para leer: quizá no sea mucho lo que se consiga cada día, pero es cuestión de prioridades, de orden, de quitar minutos a actividades menos importantes. En parte «no es tiempo lo que nos falta, sino concentración»[3]. A la vez, uno disfruta cuando sabe aprovechar situaciones recurrentes: viajes en tren, en avión, en medios públicos; esperas, y, por supuesto, momentos de descanso. Quien tiene siempre consigo un libro –cosa que ahora resulta más fácil de lograr con los lectores digitales, tablets, etc.– puede aprovechar minutos preciosos, a veces imprevistos. Aunque la suma de pocos ratos a veces parecerá un riego gota a gota, pasan los días y los meses, y crece la vegetación.

Las tecnologías digitales también han facilitado la proliferación de audiolibros y audios de artículos de revistas, e incluso la lectura automática de casi cualquier texto: recursos muy útiles para quien tiene que pasar, por ejemplo, muchas horas al volante, o caminando, o realizando trabajos domésticos. Los audiolibros, sobre todo cuando se trata de buenas grabaciones, muestran que leer es otra forma de escuchar, y nos devuelven en cierto modo a aquella época en la que en torno a un lector se reunía un grupo de oyentes que gozaban de un don del que carecían: ¡poder leer!

Ante la marea de libros

Cada año se editan en el mundo miles de libros, sin contar la ingente literatura científica, cada vez más especializada. Además, internet da acceso, muchas veces gratuitamente, a infinidad de medios de comunicación y servicios de información y de opinión. Ante tantas posibilidades, y con la evidente limitación de tiempo de cada uno, resulta más actual que nunca esa consideración que hacía, retrospectivamente, san Juan Pablo II. «Siempre he tenido un dilema: ¿Qué leo? Intentaba escoger lo más esencial. ¡La producción editorial es tan amplia! No todo es valioso y útil. Hay que saber elegir y pedir consejo sobre lo que se ha de leer»[4].

La lectura puede ser un buen entretenimiento para momentos de descanso: hay abundancia de libros en ese sentido. Ciertamente, otra cosa es la lectura –quizá más serena y espaciada– de obras que ensanchan el espíritu. Existe una larga tradición de libros que educan y a la vez deleitan, pero aun así puede suceder que una persona dedique casi exclusivamente su tiempo de lectura a los libros de evasión. No se trata, por tanto, de la materialidad de «leer mucho», sino de leer –en consonancia con la capacidad y las circunstancias de cada uno– también obras de calidad filosófica, teológica, literaria, histórica, científica, artística, etc., para que se enriquezca nuestra visión del mundo. Son tantas las historias, los enfoques, los campos del saber que pueden hacernos crecer por dentro que, con un poco de paciencia, siempre se puede dar con libros de altura que vayan con uno.

A la hora de elegir, es importante tener en cuenta que no pocas empresas de comunicación controlan negocios editoriales y, lógicamente, al informar, dan prioridad a las publicaciones de su grupo, en detrimento de otros libros quizá más valiosos, pero editados por empresas quizá más pequeñas o con menos presencia en la prensa, la radio, la televisión. Por eso conviene evitar la valoración exagerada de lo último publicado, o de lo más vendido, como si eso fuera garantía de calidad. «Hay libros de los cuales los lomos y la cubierta son, con diferencia, lo mejor»[5], escribía, irónicamente, Charles Dickens. Querer estar siempre a la última podría hacer que se nos escaparan otros títulos más divertidos, inteligentes o creativos, olvidados en las estanterías de las bibliotecas o de nuestra casa. Si no se dispone de mucho tiempo y existen tantos buenos libros, vale la pena elegir cuidadosamente lo que se lee y no dejarse llevar por simples reclamos publicitarios.

Cuando uno ha visto una película mediocre puede lamentarse por haber perdido dos horas de su vida. Sin embargo, cuando llegamos al final de un libro quizá bueno, pero que nunca llegó a interesarnos realmente, podemos haber perdido mucho más tiempo. Si un libro no logra ganársenos, y no hay especiales motivos para leerlo, quizá no vale la pena proseguir con la lectura: nos esperan muchos otros libros que quizá aportarán más. El zapping con los libros puede encubrir impaciencia o falta de fijeza, pero no pocas veces permite dar con los títulos que hacen disfrutar y crecer a cada uno.

«Hay libros de los cuales los lomos y la cubierta son, con diferencia, lo mejor» (Charles Dickens).

El lector que se asoma a un libro no cierra ningún contrato con el autor, por el que se le impida leer en diagonal, o adquiera el compromiso de llegar hasta el final. Hay quien tiene la costumbre de abrir los libros por una página determinada: si esa página se los gana, leen el libro; si no, lo dejan. Es bueno, sin duda, dar al autor la oportunidad de ganarse nuestra atención; pero a la vez ¿para qué dedicar tiempo a uno con el que no nos entendemos? Por supuesto, como puede suceder con los grandes clásicos, la falta de sintonía a veces se debe a una carencia en la formación literaria. Quizá una obra deberá descansar un tiempo en la estantería; se la podrá retomar a la vuelta de los meses o de los años, o daremos por el camino con otro buen libro. Toda una vida no bastaría, en cualquier caso, para leer los libros que hoy se consideran como clásicos. También entre ellos, de Aristóteles a Shakespeare, de Cicerón a Molière, Dostoievski o Chesterton, se aprende a elegir, como entre las amistades: «Es cualquier libro discreto / que si cansa, de hablar deja / un amigo que aconseja / y reprehende en secreto»[6].

Texto: Luis Ramoneda - Carlos Ayxelà

Fotos: ITU pictures / Kat Northern Lights Man (cc)


[1] Cfr. 2 Sam 12, 1-19.

[2] San Josemaría, Surco, 428.

[3] A. Zagajewski, En la belleza ajena, Valencia, Pre-textos 2003, 165.

[4] San Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos! Plaza & Janés, Barcelona 2004, 89.

[5] C. Dickens, Oliver Twist, Alba, Barcelona 2004, 130.

[6] Lope de Vega, La viuda valenciana, Castalia, Barcelona 2001, 104.