Se celebró la fiesta del beato Álvaro del Portillo

En Montevideo, en la iglesia parroquial de María Auxiliadora. También se celebraron misas en varias ciudades del Interior.

De Uruguay
Opus Dei - Se celebró la fiesta del beato Álvaro del Portillo

Unas 600 personas se reunieron en la iglesia parroquial de María Auxiliadora (Talleres Don Bosco) en la fiesta del Beato Álvaro del Portillo. La Solemne Celebración Eucarística fue presidida por el Obispo de Minas, Mons. Jaime Fuentes.

Al término de la celebración unas reliquias del beato fueron puestas a disposición de los presentes para su veneración.

A continuación transcribimos la homilía pronunciada por Mons. Jaime Fuentes y también enlaces para descargarla en PDF o Epub.

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Quisiera invitarlos a ir con la imaginación a Roma, a la cripta de la Iglesia prelaticia del Opus Dei, que está dedicada a Santa María de la Paz. Allí se encuentra la tumba en la que descansan los restos del Beato Álvaro del Portillo. Sobre la losa, una inscripción, EL PADRE, y una pequeña inscripción en bronce recuerda que en esa tumba primero estuvo depositado el cuerpo de san Josemaría, que después de su canonización fue llevado a su lugar definitivo, debajo del altar de la Iglesia prelaticia.

Don Álvaro fue el Padre, el Buen Pastor de la Obra, que dio la vida para que todas sus hijas y sus hijos fuéramos muy fieles al espíritu del fundador del Opus Dei. Y lo hizo con perfección, desapareciendo, olvidado de sí mismo…

En 1998, coincidí en La Habana con un seminarista, que al saber que yo pertenecía al Opus Dei, me dijo: - ¿Usted no cree que Monseñor Álvaro del Portillo debe ser tanto o más santo que el Beato Josemaría?... Porque un hombre con su inteligencia, con los encargos que recibió de la Santa Sede, con los estudios que tiene, que haya estado siempre en silencio, a la sombra del fundador… ¿No cree que para vivir así es necesario ser muy humilde, muy santo?...

Cuando llegó el momento de ser el Padre en el Opus Dei, Don Álvaro solamente se propuso seguir las huellas de san Josemaría con completa fidelidad. En este sentido, un aspecto esencial del espíritu de la Obra es el AMOR A LA LIBERTAD, que san Josemaría nos dejó como herencia invalorable. Como consecuencia de ese amor a la libertad, nos repitió innumerables veces que cada uno tiene su propio modo de vivir la única vocación a la santidad que hemos recibido de Dios. Sin embargo, que yo recuerde, hacía una excepción cuando nos decía: “si en algo quiero que me imitéis, es en el amor que le tengo a la Santísima Virgen”.

Don Álvaro lo imitó hasta tal punto y fomentó en todos este amor, que llegó a proponernos como una especie de lema par siempre: METER A LA VIRGEN EN TODO Y PARA TODO.

La historia nos recuerda que decidió proclamar un Año mariano para el Opus Dei en 1978, cuando se iban a cumplir 50 años de su fundación.Sólo en los tres primeros meses de 1978, fue a venerar a la Virgen e implorar su protección a más de 25 iglesias o santuarios.

Después, de octubre a noviembre de 1978 volvió a visitar muchos santuarios marianos de Europa, pidiendo por el nuevo Papa, san Juan Pablo II, y por las necesidades de la Iglesia. En Austria, fue a rezar en los santuarios deMaria Zell, Maria Pötsch y Kahlemberg; en Alemania, en los de Altötting, Maria Laach, Neviges, Mailander Madonna y Kevelaer; en Holanda, Haarlem, Perpetuo Socorro y Stella Maris; en Bélgica, Tongerem, Santa Catalina, Regina Pacis, Alsemberg, Notre Dame de Halle; en Francia, estuvo rezando en Chartres, Notre Dame de Versailles, La Medalla Milagrosa (Rue du Bac), Notre Dame de París; en la Virgen de Loreto, en Lugano (Suiza).

Estas no son más que unas pocas referencias históricas que hablan por sí mismas de la confianza de Don Álvaro en la intercesión materna de Santa María. Pero hay mucho más.

Valorando la herencia de amor a la Virgen legada por san Josemaría, él profundizó hondamente en las raíces marianas del espíritu del Opus Dei. Les decía que estuvimos celebrando con Don Álvaro los 50 años de la fundación de la Obra. Con motivo de ese aniversario, escribió tres cartas: el 9 de enero de 1978, el 2 de febrero de 1979 y el 9 de enero de 1980, inaugurando un Año Mariano y prolongándolo dos veces.

En esas y en otras cartas es donde se descubre el alcance del METER A LA VIRGEN EN TODO Y PARA TODO. En ellas siempre está latiendo una importante cuestión: la urgencia de recristianizar este mundo nuestro. Para el Papa y los obispos es la primera preocupación, se estudia, se habla, se escribe… En el pensamiento de Don Álvaro, Obispo, la luz renovadora de la fe, la recristianización debía pasar a través de una meditación profunda acerca del misterio de la Santísima Virgen en el misterio de Cristo y de la Iglesia, y del combate filial de los cristianos junto a Ella: somos hijos de esta Madre celestial.

Escribía: «Cuando toda una civilización se tambalea y se debilitan los resortes espirituales y morales de enteros estratos sociales, Dios sale a la búsqueda de los hombres para indicarles el camino que han de seguir. Y lo hace ahora del modo más delicado y afectuoso posible: poniendo delante de nuestros ojos la figura excelsa y amabilísima de Santa María, para que una vez más nos recuerde la necesidad de buscar a Cristo, y nos lleve a imitarle y a amarle, y así alcanzar el único fin de nuestra vida, colocando a Dios en el centro de toda la existencia cotidiana».

En otra de sus cartas: debemos «penetrar con más profundidad en el papel que, por designio de Dios, correspondió a la Virgen Santísima en la obra de nuestra Redención y de nuestra santificación», y contemplar «de qué modo ha respondido a su singular vocación».

Y también: «en la gran epopeya de la Redención, la vida corriente de trabajo, de oración, de servicio, todo el quehacer cotidiano, y hasta lo que parece pequeño, o incluso insignificante, lo asume Dios, para atribuirle un puesto preeminente en el plan divino de la Salvación y de la santificación. La claridad de esta estrella, María, nos revela con tonos nuevos el valor colosal de lo poco, de lo oculto ofrecido con fe y con amor».

METER A LA VIRGEN EN TODO Y PARA TODOLos fieles cristianos estamos llamados «a participar (...) en la misma lucha en la que la Virgen Santísima (...) está empeñada, a través de la santificación del trabajo, de la unión con Dios en lo cotidiano, del reconocimiento de nuestra bajeza. Todo en nuestra vida adquirirá calidad de instrumento —o de estorbo, si no lo rectificamos— por su relación con este combate al que somos llamados.

Lucha, combate, pelea…, son términos permanentes en los escritos de Don Álvaro, que tenía una personalidad esculpida, envuelta en una sonrisa inalterable, que inspiraba auténtica paz. Con piedad de niño, con el Rosario en la mano y MIRANDO con amor a Santa María, sintiéndonos protegidos por Ella, nos animaba:

«Nuestro paso por la tierra (…), se convierte en tiempo de lucha sin tregua, en tiempo de pelea santa, corredentora, encomendada al linaje de Dios, a las hijas y a los hijos de Santa María. (...) Todos nos hemos de sentir beligerantes en esta conflagración. (...) Dios ha suscitado, para regenerar los aspectos caducos del mundo en que vivimos, una estirpe de mujeres y de hombres, fuertes y decididos, conscientes de sus miserias personales, pero totalmente confiados y entregados a la fuerza transformadora de la gracia».

METER A LA VIRGEN EN TODO Y PARA TODO, quiere decir buscar a nuestra Madre en las prácticas de piedad marianas, en el Rosario, en el Angelus, en las jaculatorias… Y entronizando a la Virgen en el hogar, y celebrando sus fiestas; y en el trabajo, y en la amistad… Quiere decir también recurrir a la Virgen para superar cansancios y las lógicas dificultades; miedos o respetos humanos; para perseverar en las iniciativas apostólicas y para empezar nuevas…

Quisiera animarlos, en definitiva, a seguir las huellas del Beato Álvaro, teniéndolo como intercesor: que él nos enseñe a METER A LA VIRGEN EN TODO Y PARA TODO.

Cuando Don Álvaro era chico, su madre le enseñó estos versos marianos, que repitió a lo largo de toda su vida: “Dulce Madre, no te alejes // tu vida de mí no apartes // ven conmigo a todas partes // y sólo nunca me dejes. // Ya que me proteges tanto // como verdadera Madre // haz que me bendiga el Padre // el Hijo y el Espíritu Santo”. Amén.