“La aventura del matrimonio” (II): Los peligros del viaje

Los defectos del otro pueden convertirse en un obstáculo para la convivencia. Se pelea por todo. ¿Cómo conocer y superar los peligros del viaje?

Series monográficas

A continuación, te proponemos preguntas y textos para reflexionar. Pueden servir para aprovechar este video personalmente, en reuniones con tus amigos, en tu escuela o en tu parroquia.

Preguntas para el diálogo

— ¿Por qué Sole dice que “la convivencia es el primer hondazo a la realidad”? ¿Qué ejemplos concretos da cada uno de los desafíos de la vida de recién casados?

— Según Juampi, Sole da importancia a las cosas pequeñas y ella se queja de que él lo piensa todo mucho… ¿son sólo diferencias de carácter o pueden ser signos de diferencias psicológicas entre el varón y la mujer?¿Funciona la idea de “lo voy a cambiar”?

— La llegada de los hijos trae abundante felicidad y, a la vez, muchos cambios en la vida familiar, ¿Cómo se sintieron ellos? ¿Cuáles fueron sus reacciones?

— Ante las dificultades, ¿cómo influye el entorno en su vínculo?

— Ante la crisis, ¿qué actitudes asumen uno y otro? Esas actitudes, ¿contribuyen a superar las dificultades?

Propuestas de acción

— Buscar con empeño momentos de diálogo de forma que haya un espacio cotidiano, no solo para ponerse al tanto de lo acontecido a cada uno o a los hijos, sino para compartir lo que piensa cada uno, lo que espera cada uno del otro, lo que molesta, lo que gusta. Aprender a identificar “los peligros del viaje”.

— Dejar los chicos al cuidado de alguien una vez por semana o cada 15 días y salir solos un rato. Convertir esa salida en hábito.

— Buscar apoyo enmatrimonios o amigos que puedan ayudar en cada etapa y aprender a discernir cuando los amigos “están en otra”.

— Preguntarse a menudo qué hemos hecho recientemente para demostrar a nuestro cónyuge agradecimiento por lo que hace por la familia.

Meditar con la Sagrada Escritura

— Manzanas de oro con guirnaldas de plata es la palabra dicha a su tiempo. (Proverbios 25,11).

— Sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Pero la paciencia ha de ejercitarse hasta el final, para que seáis perfectos e íntegros... (Santiago 1, 3-5).

— Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira… (Santiago 1,19).

— El amor es paciente, es servicial, el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra en la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo espera, todo lo soporta. (1 Corintios 13, 4-7).

— Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. (2 Corintios 3:17).

Meditar con el Papa Francisco

— En el noviazgo y en los primeros años del matrimonio la esperanza es la que lleva la fuerza de la levadura, la que hace mirar más allá de las contradicciones, de los conflictos, de las coyunturas, la que siempre hace ver más allá. Es la que pone en marcha toda inquietud para mantenerse en un camino de crecimiento. La misma esperanza nos invita a vivir a pleno el presente, poniendo el corazón en la familia, porque la mejor forma de preparar y consolidar el futuro es vivir bien el presente. (Amoris Laetitia, 219).

— La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios. La experiencia nos lo enseña: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no se da, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación —en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe— los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer. (Audiencia 15 de abril de 2015).

— Una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal. Cuando se descubre la realidad, más limitada y desafiante que lo que se había soñado, la solución no es pensar rápida e irresponsablemente en la separación, sino asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno de los cónyuges es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro. Es posible el cambio, el crecimiento, el desarrollo de las potencialidades buenas que cada uno lleva en sí. (Amoris Laetitia, 221).

— El camino implica pasar por distintas etapas que convocan a donarse con generosidad: del impacto inicial, caracterizado por una atracción marcadamente sensible, se pasa a la necesidad del otro percibido como parte de la propia vida. De allí se pasa al gusto de la pertenencia mutua, luego a la comprensión de la vida entera como un proyecto de los dos, a la capacidad de poner la felicidad del otro por encima de las propias necesidades, y al gozo de ver el propio matrimonio como un bien para la sociedad. La maduración del amor implica también aprender a negociar. No es una actitud interesada o un juego de tipo comercial, sino en definitiva un ejercicio del amor mutuo, porque esta negociación es un entrelazado de recíprocas ofrendas y renuncias para el bien de la familia. En cada nueva etapa de la vida matrimonial hay que sentarse a volver a negociar los acuerdos, de manera que no haya ganadores y perdedores sino que los dos ganen. (Amoris Laetitia, 220).

Meditar con San Josemaría

— Da muy buenos resultados emprender las cosas serias con espíritu deportivo... ¿He perdido varias jugadas? —Bien, pero —si persevero— al fin ganaré. (Surco, 169).

— No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el trabajo de su profesión; la fatiga —ojalá no sea el aburrimiento— de la esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias que los hombres, si os lo proponéis.
Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces. (Homilía “El Matrimonio, vocación cristiana” en Es Cristo que pasa, 23).

Textos y enlaces para seguir reflexionando

Los primeros años de vida matrimonial

Fortalecer el amor: el valor de las dificultades